• Héctor Gómez

Adieu, grand-mère



Chère Agnès,


Permite que empiece estas líneas tomándome la libertad de tutearte. Fíjate, no he tardado ni diez segundos en utilizar la palabra libertad. Eras tantas cosas que las palabras se amontonan en la yema de mis dedos, deseando salir como un torrente de emociones. Pero hoy quiero ser contenido. Quiero ser como tú, Agnès, tan sencillo como un río de aguas tranquilas que discurre con parsimonia en una tarde de verano. Tumbarme en una pequeña playa junto a su lecho, cerrar los ojos y pensar en ti mientras zumban las chicharras.


Me resisto a creer que ya no estás.


Tú no me conoces, y yo tampoco a ti. Durante un tiempo, hace no mucho, fantaseé con la posibilidad de escribirte, de plantarme en la puerta de tu casa y llamar con los nudillos. De decirte todo lo que me has hecho pensar y descubrir, en un francés tan torpe y atropellado que las palabras no serían necesarias. No hace falta ser muy inteligente para aprender a decir merci.


No nos hemos conocido, pero sin embargo siento tu muerte como propia. La noticia es como una nube gris y densa que tapa el cielo y se lleva consigo la alegría. Pero solo por un momento, porque si algo me enseñaste es que no vale la pena lamentarse, sino mirar hacia adelante, con la misma curiosidad de un niño. Tú sabes mejor que nadie qué significa el dolor. Nos lo dijiste enseñándonos tus playas, incluída aquella en la que Jacquot dijo adiós por última vez. Algo había en esa película de coqueteo con la muerte, de empezar a asumir lo inevitable. Casi por primera vez no mirabas tanto a tu alrededor como hacia el pasado. El relato no era tanto construcción, sino montaje. La nostalgia invadía cada plano, y nosotros te acompañamos en ese viaje con un nudo en la garganta. Ahora me da por pensar que en tus últimas películas había siempre una pequeña dosis de despedida.


Qué difícil, y qué sencillo en apariencia, es hacer cine como tú lo hiciste. Empezaste al mismo tiempo que aquellos que lo cambiaron todo subidos a una nueva ola. Ellos, hombres cargados de ego y testosterona, se llevaron todas las miradas y todo el mérito. Pero además de la mirada cínica y desencantada de François, de la sencillez y la naturalidad de Éric o de la intelectualidad y la provocación de Jean-Luc (al que odiaré el resto de mi vida por no haber querido reconciliarse contigo), estabas tú, Agnès. Esa chica morena, diminuta, de nariz respingona, mirada soñadora y peinado a lo tazón. Siempre con una cámara en la mano, siempre con un ojo puesto en el objetivo y el otro en el corazón de lo que filmabas.


Ha habido muchos genios en la historia del cine, pero con todos ellos me da la sensación de que se expresaban desde la atalaya que les proporcionaba su propio talento. Sus películas son increíbles, prodigiosas, pero a veces nos abruman por la propia carga de su gravedad. Las tuyas, sin embargo, parecen respirar. Nadie como tú supo hablar de sí mismo de la forma en que lo hiciste, sin dar nunca la sensación de egolatría o de narcisismo. Te filmaste a ti misma, con tus imperfecciones, con tus errores, con todo lo que te hacía ser la persona maravillosa que siempre fuiste. Tus personajes tienen dignidad, humanidad y profundidad. Nada en tus películas carece de importancia, porque siempre supiste hacer las preguntas correctas.


Todo tu cine destila honestidad, curiosidad y un amor inmenso por tu trabajo y por la vida. Encontraste la dignidad y la belleza en los rincones más insospechados, incluso en una patata con forma de corazón. Siempre fuiste irónica, divertida, a ratos ácida, apuesto a que también con mal genio a veces. Pero fuiste de esos cineastas que trascienden su propia obra, a los que amamos y admiramos no por sus películas, sino también por su calidad humana. Es imposible verte en la pantalla y no desear estar allí contigo, volver del colegio y tener la merienda preparada en tu casa. Cuando te veo quiero ser niño otra vez, quiero sentarme contigo junto a la chimenea y que me cuentes una de tus historias, con esa mezcla de fortaleza y melancolía que aún hoy me estremece.


Hoy has dejado este mundo para siempre, Agnès. Cuando me he enterado he sentido un vacío creciendo dentro de mí, la sensación de que se va algo irremplazable. No he querido ni saber qué te ha pasado, porque prefiero imaginarlo yo mismo. Quiero pensar que tu muerte, como tu vida, no es como ninguna otra. Quiero imaginarte haciéndote cada vez más pequeña, como encuadrada por una cámara que se aleja hacia el infinito. Tan pequeña que desapareces sin hacer ruido, tal y como viviste.


Tan pequeña que sea muy fácil llevarte conmigo allá dónde vaya.

La luz contra la pantalla

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