• Revista Luciérnaga

Adiós al guionista total


Si tuviéramos que nombrar al guionista europeo con una trayectoria más amplia y reconocida, sin duda ese sería Jean-Claude Carrière. El escritor francés falleció en el día de ayer a los 89 años, dejando tras de sí una lista interminable de libretos a sus espaldas, algunos de ellos germen de películas inolvidables en colaboración con grandes realizadores.


Desde que debutara como guionista a principios de la década de los sesenta junto a Pierre Étaix —con quien compartió el Oscar al mejor cortometraje en 1963 por Heureux Anniversaire—, la carrera de Jean-Claude Carrière se ha extendido por más de 150 proyectos cinematográficos, que incluyen colaboraciones con directores tan importantes y diferentes entre sí como Milos Forman (Juventud sin esperanza, 1971, Valmont, 1989 o Los fantasmas de Goya, 2006), Andrzej Wajda (Danton, 1983 o Los poseídos, 1988), Nagisa Ôshima (Max, mi amor, 1986), o Jean-Luc Godard (Salve quien pueda, la vida, 1980), y más recientemente había participado en los guiones de Un hombre fiel (Louis Garrel, 2018) o Van Gogh, a las puertas de la eternidad (Julian Schnabel, 2018).


Además de sus propios guiones, Carrière también destacó por adaptar grandes clásicos de la literatura, como es el caso de El tambor de hojalata (Volker Schlöndorff, 1979), La insoportable levedad del ser (Philip Kaufman, 1988) o Cyrano de Bergerac (Jean-Paul Rappenau, 1990). Su colaboración con el cine español también fue muy prolífica, como lo demuestra su tándem con Rafael Azcona y Luis García Berlanga en Tamaño natural (1974) o con Fernando Trueba en El artista y la modelo (2012).


Pero si hay algún nombre con el que estará siempre asociada la figura del Jean-Claude Carrière guionista es indudablemente el de Luis Buñuel. Su colaboración con el cineasta aragonés se remonta a Diario de una camarera (1964), y se prolonga a lo largo de toda la última etapa como realizador de Buñuel, con películas como Belle de jour (1967), La vía láctea (1969), El fantasma de la libertad (1974), El discreto encanto de la burguesía (1972) o Ese oscuro objeto del deseo (1977). Con estas dos últimas ambos recibieron una nominación al Oscar, que Carrière obtendría de forma honorífica en 2015 en reconocimiento a toda su carrera.


Con Carrière se marcha un guionista todoterreno, uno de los últimos representantes de una estirpe de escritores de películas condenada a desaparecer en una industria que tiende a preferir los grandes equipos creativos o los proyectos personales de directores-autores. Sin duda, gran parte del cine europeo de la segunda mitad del siglo XX no podría entenderse sin la alargada sombra de este maestro.