• Héctor Gómez

Morir, morir, morir... y saludar, y saludar y saludar


En una de las últimas escenas de Holy Motors (2012), el protagonista, Monsieur Oscar (Denis Lavant), se encuentra fortuitamente con un antiguo amor (Kylie Minogue). Ambos disponen de unos minutos antes de llevar a cabo su interpretación programada para esa noche. Ella será una azafata que se citará con su amante antes de poner fin a su romance de un modo trágico. Mientras ambos deambulan por un antiguo hotel abandonado, ella empieza a cantar una canción reflexionando sobre su antigua relación, y sobre lo que podrían haber llegado a alcanzar juntos. De repente, la música se detiene y deben separarse, porque la actuación debe tener lugar. Cuando él regresa a la calle, se encuentra a su antigua amada aplastada contra el suelo, cumpliendo el papel que estaba destinada a ejecutar. Es la sublimación final de la vida —y la muerte— entendida como una actuación y el mundo como un escenario donde todos somos personajes que dan cuerpo a una idea.


La beauté du geste

La belleza del gesto. Esta era la clave de bóveda que sustentaba la aparente anarquía y cripticidad de una película tan deliciosamente extraña como es Holy Motors, y que también puede ser la piedra Rosetta que desentrañe una película tan pantagruélica y colosal como Annette (2021). En esta última, la canción de la escena mencionada anteriormente se convierte en la razón de ser todo el filme, construido como un musical —o, más bien, como una ópera trágica— que condensa las obsesiones de la filmografía de Leos Carax, tan breve (seis largometrajes en casi cuarenta años) como intensa.


Pese a su indiscutible personalidad como autor, Leos Carax siempre ha sido deudor de toda una tradición de modernidad fílmica francesa que puede encontrar su origen (cómo no) en la nouvelle vague. Mala sangre (Mauvais sang, 1986) se podía leer en clave de homenaje a Jean-Luc Godard, y otras películas como Los amantes del Pont-Neuf (Les amants du Pont-Neuf, 1991) o Pola X (1999) reflejaban muchos de los tropos identificables de aquella (nueva) ola: el amor como motor y combustible de la trama, entendido casi siempre en su sentido extremo y trágico, en su imposibilidad de convivir con la estabilidad. Del mismo modo, las películas de Leos Carax son tremendamente masculinas, en el sentido de que sus personajes hombres personifican la acción y la potencia, mientras que los personajes femeninos tienden a representarse de una manera pasiva y contemplativa. Una tradición que hunde sus raíces en la propia historia del arte y la cultura, y que a mediados del siglo XX se sublimó a través de las respectivas olas de modernidad en toda Europa hasta configurar de forma indeleble el imaginario de las generaciones posteriores.



Este tipo de representación es muy evidente en Annette, donde el protagonista masculino, Henry McHenry (Adam Driver), es un cómico carismático que aprovecha su imponente presencia y su fisicidad para hacer suyo el escenario y el amor del público. Por su parte, su contrapartida femenina, Ann Defrasnoux (Marion Cotillard), es una cantante de ópera frágil y lánguida condenada a morir una y otra vez sobre las tablas para remarcar el sentido trágico de su existencia, y de paso para prefigurar el inevitable devenir de la propia trama de la película. Así, de la relación entre ambos se desprenden las dinámicas habituales en el cine de Leos Carax: un amor desenfrenado y sin límites que acaba por devorarse a sí mismo cumpliendo una especie de profecía autocumplida.


La chispa

Annette, claro está, no podría existir sin la (co)autoría de los hermanos Ron y Russell Mael. En las canciones compuestas por Sparks está el esqueleto que sustenta toda la película, lo que la convierte en una experiencia única e impactante. Sparks y Carax se entienden perfectamente, porque todos comparten la misma idea al respecto del arte: la performatividad como clave de todo. Esa performatividad era el espíritu de Holy Motors, que se abría con un prólogo surrealista en el que el propio Leos Carax se despertaba en su cama para descubrir que su habitación tiene una puerta secreta que conduce a un teatro repleto de personas inmóviles, remarcando esa condición de la vida como escenario de una representación. Annette, por su parte, se abre también con Carax como técnico de sonido en un estudio de grabación en el que están Sparks y los mismísmos actores de la película, que cantan una canción invitando al público a contemplar la función que está a punto de empezar (y que se completa con la escena tras los créditos). Así, en ambos casos encontramos la misma intención, la de dejar patente la artificialidad de la película, la condición del cine como espacio ajeno a la vida donde, sin embargo, tiene lugar la vida misma.