• rubigiraldezgonzal

El sueño de la nación produce monstruos


El cine de terror aún ha logrado hacerse un huequecillo en el precario ambiente comercial post pandemia. Por supuesto, no todo vale. Si eres la última entrega del Conjuringverse o la nueva correría sangrienta de un veterano psychokiller como Michael Myers, te asegurarás una mejor taquilla que apuestas originales y con más pretensiones que el sobresalto fácil al peso. También hay que contar que la mayor cantidad de películas remarcables de terror han acabado directamente en streaming o aún no nos han llegado por ninguna vía tras sus debuts en festivales de cine como el de Sitges. Así es como la mejor película de terror de 2021 resulta que tuvo un estreno velado en suelo estadounidense en 2019 hasta que su inclusión en la sección de Star de Disney+ la hizo llegar a más espectadores que en los míseros pases por salas que habrá sumado en total. El Hombre Vacío (The Empty Man, David Prior, 2020) sirve para presentar la otra última gran apuesta de terror autoral de gran estudio de la ya extinta 20th Century-Fox. Sin tratarse de un saldo que estuvo en un preocupante limbo desde su fin de producción en 2017 como la adaptación del cómic homónimo por parte de David Prior, sí que la pandemia postergó bastante su estreno. No llegando a suponer tal problema como para quedarse sin pasar por cines como le ocurrió a la también remarcable The Night House (David Bruckner, 2021). Pero lo cierto es que Antlers: Criatura oscura (Antlers, Scott Cooper, 2021), pasó sin pena ni gloria por salas, en un mes donde también el reinicio de Resident Evil o la Lamb de Valdimar Jóhannsson generaron una repercusión nimia. A la espera de que el final de trilogía del Spider-Man encarnado por Tom Holland con la reunión de conocidos rostros villanescos del trepamuros terminase de resucitar las salas de cine.


La inclusión de Antlers en la plataforma de Disney+ a modo de curioso y siniestro regalo de Reyes, bien hace merecer la existencia de estas líneas para ver si esta película logra un reconocimiento tardío como El Hombre Vacío. Aunque el debut en el género de terror de Scott Cooper no tenga el calado trascendental de la profunda pesadilla metafísica perpetrada por David Prior, es otra digna muestra de un cine de terror que no debe de perderse entre las apuestas de multisala y producciones a granel, ni tener que adscribirse al pomposo sello de Elevated Horror.



Antlers nos arroja sin compasión en un escenario reconocible donde podemos señalar a monstruos y amenazas que nada tienen que ver con la criatura que acabaremos temiendo. Una región de la Norteamérica rural en un claro ambiente post crisis, donde el Sueño Americano se ha descubierto como una agónica pesadilla que solo ha dejado desamparados en precariedad laboral y pobreza extrema, vidas destrozadas por el escape fácil y devastador de las drogas, el continuo desprecio hacia la misma Naturaleza, etc. El escenario y ambientación de Antlers clama por convertirla en la mejor representante fílmica actual del American Gothic. La Columbia Británica ofrece unos parajes boscosos y un ambiente neblinoso febril tan bello como desolador, la puesta en escena de Antlers genera por sí sola una atmósfera de cruel relato telúrico que termina de afianzar la propuesta argumental basada en el relato corto A Quiet Boy de Nick Antosca. Uno de los nombres jóvenes más relevantes del panorama audiovisual de terror actual. Antlers está algo lejos de los particulares y retorcidos universo que mostró en producciones televisivas como Channel Zero (2016-2018) o Nuevo Sabor a Cereza (Brand New Cherry Flavor, 2021), Scott Cooper busca caminar bastante sobre seguro al no querer salirse del todo del esquema de conocida Monster Movie de la que no reniega la película, que no por querer ser sencilla es simple. Su indagación en el monstruo llega a caer bastante en una alegoría burda de más, aunque efectiva del todo con el hilo argumental más rabioso de la propuesta que entronca con una preocupante situación real actual en un país donde la sanidad privada ofrece las optativas más desesperadas y destructivas.


Desaprovechando bastante el fondo de fábula oscura, donde sentimos la clara mano de Guillermo del Toro, que vuelve a ejercer de productor ejecutivo (recordemos que en esa labor nos descubrió a Andy Muschietti, encargado de la última adaptación de It y a punto de reformular el Universo Cinematográfico de DC con la cinta en solitario del velocista escarlata interpretado por Ezra Miller). Es una pena perdernos su irrepetible sensibilidad para con las criaturas, más cuando en recientes declaraciones reveló que le encantaría dirigir una nueva adaptación del Cementerio de animales de Stephen King, con la cual Antlers comparte una misma conocida entidad folclórica, que en esta película ve, si no su mejor representación en medio audiovisual, sí una en verdad memorable y sugestiva con una exquisita y perversa muestra de recreación artesanal como el que también cuentan los sanguinolentos y míseros restos de sus víctimas. Unos vistazos macabros, filmados con una mano impasible por Scott Copper, que se antojan incómodos de ver hasta para el espectador más curtido y totalmente alejados de visionados como Maligno (Malignant, James Wan, 2021) en ese tratamiento del body horror. Es una lástima que la labor visual y de diseño no esté acompañada del necesario y digno papel de la representación nativa americana en la historia. Y eso que la cinta inicia con un revelador texto indígena, pero a la hora de la verdad, Scott Cooper y los responsables se olvidan bastante de estas también víctimas (históricas) del País de las Barras y Estrellas. Solo quedando como recitadores impersonales de un texto expositivo casi sacado de la Wikipedia.


Triste quedarse con estos detalles que ensombrecen una propuesta tan digna y reivindicadora para el género en estos tiempos, porque Antlers funciona donde muchos fallan en su labor discursiva. Con ese desgarrador y oscuro trato del drama social y personal con su reparto reducido, entre el que nos encontramos a Keri Russell y Jesse Plemons como una desolada pareja de hermanos en medio de un postergado rencuentro amargo, que se permea en la sobriedad del conjunto. No come terreno de más a la apuesta de terror puro, ni queda como simple adorno para tratar de maquillar o elevar el conjunto. Repartiéndose los traumas generacionales y monstruos endémicos que no necesitan de garras y maldiciones para devorar lo más inocente y puro que aún sobrevive en el mundo.