• Abel Campillos

Terror en analógico


Hemos desechado nuestros viejos Ipods, nuestros antiguos reproductores DVD y ni qué decir tiene que las cintas de casete son una anécdota del pasado que aún sobrevive en alguna que otra gasolinera. Junto al VHS de la boda de nuestros padres, los primeros móviles de concha que permitían breves filmaciones y la cámaras analógicas que acompañaban las excursiones familiares, en los cajones hay cientos de horas de material audiovisual que caerá en el olvido.


El género de terror, a través de las historias creepypasta que abundan en la red y el audiovisual con películas como The Ring (Ringu, Hideo Nakata, 1998), se ha encargado de crear en nuestro subconsciente un miedo a revivir ese material, a sacar a la luz algo que quizás no deba ser ni siquiera recordado. Este subgénero de terror ha encontrado un enlace con el denominado found footage, cuyo mayor exponente es El proyecto de la bruja de Blair (The Blair Witch Project, Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999).


De esta encrucijada de géneros nace Archivo 81 (Archive 81, Rebecca Sonnenshine, 2022) una serie original de Netflix que está despertando el interés de todos los amantes del género. Y es que al terminar cada uno de los capítulos uno se da cuenta que lleva 45 minutos sin respirar tranquilo. La serie producida James Wan, que ha vinculado su nombre al universo Warren, tiene como curioso punto de partida que está basada en un podcast, el cambio de plataforma obliga a que el material maldito pase de ser originariamente unas cintas de casete a unas de VHS.


Pero tras el primer capítulo, y una vez se entiende el juego que va a haber con esas cintas, la curiosidad por la producción emigra completamente a la trama. La premisa de la serie enfrenta al protagonista (Mamoudou Athie), un archivista y restaurador cinematográfico, a una extraña petición que consiste en restaurar las cintas sobre la investigación de un misterioso edificio que ardió por causas extrañas en 1994. A medida que la serie avanza, estas cintas no serán lo único que deba investigar, sino que irá apareciendo diferente material como una especie de True Crime que vemos construirse y resolverse en directo. Esto permite que la serie juegue con la multitemporalidad, lo que le permite situar las piezas de un puzle a fuego lento que vamos reconstruyendo a medida que el archivo se restaura y que aún así, a medida que las piezas encajan, todo se vuelve más siniestro.


Este juego de temporalidades crea además los momentos de más tensión y terror cuando las líneas interactúan entre ellas y lo que en una sucedió se traduce en consecuencias en otra. Por los archivos se pasean criaturas lovecraftianas, sectas, espiritismo, moho y un mal fantástico que lleva a sus límites a un protagonista que sufre fiebre de la cabaña, al más puro estilo Jack Torrance de la película El resplandor (The Shining, Stanley Kubrick, 1980).


Por suerte, y a diferencia de otros ejemplos y poniendo de los nervios a los más puristas, pese a ser un juego de metraje encontrado se salta las reglas de este y, aunque la protagonista va siempre con una cámara cinematográfica en la mano, la acción no se ve encajonada en los obligatorios movimientos de esta y los metrajes se convierten en una especia de flashback y no en el agobiante, pesado y mareante movimiento de la cámara.


Además destaca por el mimo en el guion, respondiendo a las habituales críticas de «¿por qué sigue grabando?», e intentando justificarlo haciendo que incluso la cámara cambie de mano o se encuentren otro tipo de formatos de archivo resolviendo de manera original y variada en puntos de vista un espacio pequeño en el que como bien dice la serie, «caben muchos otros mundos».


La primera temporada de Archivo 81 termina con un potentísimo y elegante cliffhanger que deja la puerta muy abierta a una segunda temporada que nos hará revisar a todos los fans las tarjetas SD de nuestro móvil para confirmar que no hemos despertado a ninguna entidad maligna.