• Héctor Gómez

Aute en la montaña



Lo reconozco. Esta escena sería mucho mejor si estuviera presente Elizabeth Taylor. Ojalá hubiera sido así, pero mucho me temo que incluir a una de las mujeres más magnéticas de la historia sería faltar a la verdad, por mucho que la verdad sea un concepto tan esquivo y susceptible de ser modificado al evocar tan solo unas cuantas pinceladas. Una anécdota suelta por aquí, un chascarrillo inocente por allá, una descripción minuciosa como solo podría hacerlo alguien que hubiera sido testigo de primera mano (pero, ¿hay algo menos fiable que un testigo de primera mano?) y, voilà, la verdad ya está construida. O, al menos, mi verdad. La misma que Machado me reprocharía, mientras me invita a acompañarle a buscar la Verdad, la que se escribe con V mayúscula. “La tuya, guárdatela”, diría el poeta. Y, ¿quién soy yo para desobedecer a Machado?.


Por eso no voy a caer en la tentación de incluir a Elizabeth Taylor en esta historia. Una historia que, por otro lado, aun así será totalmente inventada. O no. Porque algo de verdad tendrá, aunque sea solo en cuanto a nombres y fechas. Lo más importante será cierto, ahí mi conciencia está tranquila, pero serán los detalles los que la convertirán en pura ficción. O más bien en pura evocación. Porque, al final, la realidad no es más que una masa amorfa y abstracta, cuyos contornos construimos rellenando con nuestra imaginación lo que nuestros sentidos no alcanzan a registrar. Y por eso, precisamente, necesitamos la ficción, las historias. Y, por supuesto, a alguien que las cuente. Luis Eduardo Aute era uno de ellos.


Pero Luis Eduardo Aute ya no está.



Pero Luis Eduardo Aute sí que estaba en Almería a principios de 1963. Más concretamente en el desierto de Tabernas, el escenario que los avispados productores de Hollywood habían convertido en su plató de rodaje predilecto para grabar las grandes superproducciones. La televisión ya estaba instalada en cada hogar de los suburbios de las ciudades de Estados Unidos, y el cine debía por tanto ofrecer algo que las pequeñas pantallas en blanco y negro todavía no podían ofrecer: paisajes que desbordaran el encuadre, colores vivos, multitudes en movimiento, culturas exóticas evocadas. Y, por supuesto, los ojos de Elizabeth Taylor (nunca fueron violetas, otro detalle construido) brillando en la oscuridad de la sala de cine como dos faros que alumbran la imaginación y despiertan el deseo.


Imaginemos a un Aute de diecinueve años. Un chico tímido, delgado y moreno, que todavía no llevaba el pelo largo que le caracterizaría años después. Ahora lleva un peinado más bien discreto, el flequillo cortado en recto y la barba, aún incipiente, perfectamente rasurada. Al principio no sabe muy bien cómo relacionarse con toda esa gente que va de un lado para otro con mucha prisa, como pequeñas hormigas que se dispersan caóticamente cuando se interrumpe el camino hacia el hormiguero. Casi por instinto, Aute busca la presencia de su tío en ese babel de voces, gritos y órdenes. Ese tío (del que no sé su nombre, y tampoco creo que esto sea importante en este relato, espero que me perdonen) formaba parte del equipo de casting de la producción de Cleopatra, la película que estuvo a punto de hundir al gigante 20th Century Fox, una película que ya estaba rodada en un noventa por ciento en ese momento, pero a la que le faltaban las escenas de batalla, los cientos de extras ataviados como soldados para mayor gloria de Roma. Por supuesto, en esas escenas ya no estaba Joseph L. Mankiewicz, ni Richard Burton ni Rex Harrison, ni por supuesto Elizabeth Taylor.


Aute estaba allí casi como un turista, invitado por un familiar que sabía del gusto de Luis Eduardo por el cine, y que pensó que ese chaval tendría curiosidad por ver cómo era el rodaje de una gran superproducción de Hollywood. Pero Aute tenía además algo de lo que carecían muchos jóvenes españoles de la época: una soltura remarcable con los idiomas, especialmente con el inglés y el francés (producto de su exquisita educación burguesa, en Manila primero y en Barcelona y Madrid después), y además chapurreaba algo de italiano. Por eso, ya en el segundo día de rodaje, le presentaron a Andrew Marton, uno de los directores de la segunda unidad. Marton era un tipo carismático, corpulento y atlético, un afable húngaro de sesenta años y metro ochenta que había sido un esquiador experto en las montañas de los Alpes. Me imagino en esa escena a Marton estrechando con fuerza la mano temblorosa del joven Aute, que apenas puede sostenerle la mirada durante unas décimas de segundo. Eso sí, le devuelve el saludo con un inglés perfecto, con un acento mucho más depurado que el del propio Marton, que aún arrastra el deje centroeuropeo en sus erres. Ese detalle le llama la atención, y le pregunta al tío de Aute (como queriendo buscar el permiso paterno) si el chaval podría echarle una mano durante el rodaje. Aute asiente, algo ruborizado ante la importancia de la tarea, por mucho que en los días siguientes se dé cuenta de que sus labores no van mucho más allá de servir unos cafés aquí y allá, de traducir algunos recados o de decirle a Mr. Marton que el equipo de grabación estaba preparado. Una mañana, en el cabo de Gata, un técnico de producción cae enfermo, y a Luis Eduardo le ponen un megáfono en la mano. Tiene que dirigirse a las huestes romanas que esperan órdenes en la falda de la montaña. Aute chilla las instrucciones en español y en inglés, y cuando lo hace siente que es lo más cerca que ha estado nunca de cumplir su sueño de ser cineasta. Y fantasea, por qué no, con que Elizabeth Taylor hubiera estado allí para verlo.


Sin embargo, esa fantasía dura apenas unos segundos. Aute casi se avergüenza de esos pensamientos, que cree tan megalómanos como la película en la que está participando. Él, tan discreto, tan tímido, tan intelectual, no disfruta en el fondo de este tipo de espectáculos grandilocuentes. Para Aute, el cine de verdad, el que realmente le estimulaba, se estaba haciendo en París, donde prácticamente se instalaría en los años siguientes, y donde seguiría haciendo trabajos de meritorio en películas de la nouvelle vague, en las que conocería a Godard y a Anna Karina (¿se enamoraría también de ella, como todos los demás?). Pero Aute nunca se resignó a centrarse en una sola cosa, su inquietud por probarlo todo era irrefrenable. Así llegó la pintura –su primer amor–, la poesía y, por supuesto, la música. Luis Eduardo Aute consiguió, con su voz y su guitarra, acompañar a varias generaciones. Mucho más, seguramente, de lo que aquel adolescente del megáfono en la cima de la montaña habría soñado nunca.



La luz contra la pantalla

Revista Luciérnaga   Cine, Series y más.