• Héctor Gómez

En la frontera de lo humano (Border, 2018)

Actualizado: 21 de feb de 2019


Cuando en 2008 se estrenaba Déjame entrar (Lat den rätte komma in, Tomas Alfredsson), la película supuso un pequeño (pero merecido) fenómeno de culto que la ha convertido en uno de esos títulos imprescindibles para entender el cine sueco de la última década. Más allá del inevitable y fallido remake estadounidense del mismo título (Let Me In, Matt Reeves, 2010), lo más destacable de la historia era la actualización del mito del vampiro a través de la historia de una niña chupasangres que encuentra una inesperada amistad en un niño inadaptado y víctima del bullying. Pues bien, el autor de la novela en la que se inspiró Déjame entrar, John Ajvide Lindqvist, es también responsable del relato corto Gräns, en el que se ha basado Ali Abbasi para escribir y dirigir Border (2018), quizá la película más extraña, sugerente y perturbadora que se ha estrenado en los últimos tiempos.


Como ya sucediera en Déjame entrar, Border es una alegoría siniestra sobre la (in)adaptación a una sociedad aparentemente perfecta, y sobre cómo esa imagen de sobriedad, equilibrio y modernidad made in IKEA en realidad esconde sus propios monstruos, los figurados y los literales. Ya sea un vampiro obligado a asesinar para saciar su sed de sangre, ya sean los mismísimos trols, la conclusión que nos plantea Abbasi es igualmente directa, y nos recuerda que la mitología y el folclore suele tener siempre un sustrato real, que disfraza de cuentos y fábulas sucesos truculentos para que puedan ser digeridos por los niños y niñas. Empaquetar lo terrible en dosis controladas y edulcoradas, porque la verdad a veces puede ser insoportable.


Y es que no deja de ser curioso cómo la ficción nórdica, ya sea en cine, televisión o literatura, parece empeñada en mostrar esa cara oscura de las sociedades paradigmáticas del estado del bienestar. Detrás de esas actitudes afables, abiertas y de mirada de un azul prístino subyace un lumpen lleno de drogas, prostitución, tráfico de personas y cosas incluso peores. Si la película de Déjame entrar eliminaba de su metraje la subtrama relacionada con la pedofilia que sí aparecía en la novela, aquí Abbasi introduce la pornografía infantil como argumento colateral en Border, como para justificar ciertas ideas de venganza de uno de los protagonistas principales.


Porque Border no escatima a la hora de poner a prueba la capacidad de aguante del público, ya sea en el fuera de campo como en la mostración (deliberadamente constante y necesaria) del rostro “deforme” –según sus propias palabras– de Tina, la agente de aduanas con un olfato especial para el delito y la culpa. A Border no le faltan momentos de truculencia y nueva carne que harían aplaudir en su butaca al mismísimo David Cronenberg. La película parece empeñada en naturalizar la presencia de los trols entre nosotros, actualizando su mitología y apostando por su visibilización/invisibilización, porque están tan presentes como ignorados por el resto de la sociedad. Por eso, Tina, que es la única de su especie adaptada a la vida cotidiana entre los humanos –entendiendo adaptación por tener casa, trabajo y pareja, el ideal de la vida burguesa occidental– se ve obligada a decidir si acepta su recién descubierta condición gracias a Vore, catalizador de ese proceso catártico que Tina debe seguir o no.


Con un trabajo espectacular de Eva Melander y Eero Milonoff, un maquillaje que carga con gran parte del peso dramático y unos efectos visuales tan sencillos como perturbadores, Border juega a la hibridación de géneros con una facilidad que descoloca. Porque lo que parece ser una historia de amor entre inadaptados y un mensaje de “todo roto tiene su descosido” acaba deviniendo en una poderosa alegoría sobre el poder de lo oculto, de lo que se esconde y de lo que se ignora. Porque, en definitiva, quizá nosotros seamos los verdaderos monstruos.

La luz contra la pantalla

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