• Héctor Gómez

Una bruja llamada Wanda


Toda la trama de Bruja Escarlata y Visión (WandaVision, Jack Schaeffer, 2021) se basa en un gran montaje. Situada justo a continuación de los sucesos acaecidos en Vengadores: Endgame (Avengers: Endgame, Anthony y Joe Russo, 2019), la serie narra cómo Wanda Maximoff construye una realidad alternativa en la que su pareja no ha sido asesinada por Thanos y ambos pueden llevar una vida idílica, formar una familia y ser, al fin, una pareja «normal». Es curioso cómo vuelve a repetirse la premisa, precisamente, de Endgame, en la que los supervivientes del chasquido de dedos que acabó con la mitad de la población del universo intentan con todas sus fuerzas revertir el pasado para evitar que esto suceda. En ambos casos encontramos la negación como combustible, la imposibilidad de seguir adelante asumiando la realidad. Si está en nuestros manos cambiar el pasado, ¿por qué no intentarlo?


Porque, a fin de cuentas, de eso va toda la narrativa superheroica. De mantener a toda costa el statu quo. Y da igual que el discurso de Thanos no fuera del todo errado (al menos en un sentido malthusiano): no podemos permitir que las nuevas reglas del juego las marque el otro. La verdadera libertad está en poder disponer de agenda propia, y esa será la hoja de ruta que habrá que seguir cueste lo que cueste. Todo el relato en torno a los superhéroes consiste en la lucha entre el bien y el mal, aunque esta solo sea un detalle cosmético que en realidad oculta una adhesión implícita e innegociable a una manera de entender el mundo que no acepta cuestionamientos.


Las tres primeras fases del Marvel Cinematic Universe acababan convergiendo en el superespectáculo que era Endgame, que ante todo era una celebración del triunfo de un discurso pretendidamente humanista —la unión de la humanidad contra la amenaza común del titán Thanos— pero que en realidad era decididamente occidental, capitalista y liberal. Es decir, que lo humano debe adscribirse a estos esquemas o por el contrario no tendrá cabida. O, como diría, Isabel Díaz Ayuso: socialismo o libertad.


Por eso, no es de extrañar que la primera gran serie de Disney+ surgida directamente del MCU, y destinada a formar parte del nuevo canon en el que se entrelazarán las siguientes entregas, haya sido Bruja Escarlata y Visión. Una serie que, vaya por delante, hace gala de innumerables virtudes, especialmente en lo que a propuesta narrativa se refiere, pero que acaba flaqueando en cuanto se va aproximando más a lo que se espera de un producto Marvel. El resultado final es magnífico, sí, pero uno acaba con la sensación de que lo mejor que se ha planteado es precisamente lo que se ha ido abandonando conforme avanzaban los episodios.



No faltará, seguramente, quien haya podido sentirse confundido tras el visionado de los primeros episodios de la serie. Y, al mismo tiempo, aliviado al comprobar por dónde transita a partir de su ecuador. Porque Bruja Escarlata y Visión es un producto extraño, un híbrido de géneros que sorprende por su audacia, pero que al mismo tiempo tiene el aspecto de haber sido diseñado en un laboratorio de mercadotecnia para incorporarle todos los elementos que puedan satisfacer a un público lo más amplio posible. En esto Disney y Marvel son insuperables (no hay más que ver los esfuerzos titánicos de su principal competidor, que necesita gastar decenas de millones de dólares en remontar una película como Liga de la justicia (Justice League, Zack Snyder, 2017) para salvarla de su propia autodestrucción), en ofrecer con aparente naturalidad una serie capaz de gustar tanto a los fanáticos del cómic como a aquellas espectadoras casuales que acaban en ella casi de rebote.


La gran ironía de todo esto es que, en pleno siglo XXI, el ideal de vida que la serie de Jac Schaeffer incorpora en su protagonista sea vivir en una sitcom. Pero no es en absoluto inocente, porque precisamente las comedias de situación han representado desde sus orígenes la plasmación del sueño americano: idílicas vidas de clase media en urbanizaciones de las afueras en las que cualquier tipo de problema era resuelto en la media hora que duraba el episodio, volviendo a recuperarse, intacto, el equilibrio que se había visto comprometido. Y todo ello aderezado de situaciones cómicas y risas enlatadas. El poder sugestivo de la sitcom ha influido mucho más de lo que podemos imaginar, hasta el punto de que Wanda Maximoff (Elizabeth Olsen) utiliza este escenario como modelo para convertir la triste localidad de Westview en el teatro de los sueños que ha ido depositando durante años su país de acogida.


En sus primeros episodios, Bruja Escarlata y Visión se presenta como una imitación de sitcoms clásicas estadounidenses como Te quiero, Lucy (I Love Lucy, 1951-57), Embrujada (Bewitched, Sol Saks, 1964-72) o La tribu de los Brady (The Brady Bunch, Sherwood Schwartz, 1969-74), y en siguientes entregas hará homenaje a otras como Padres forzosos (Full House, Jeff Franklin, 1987-95), Malcolm (Malcolm in the Middle, Linwood Boomer, Michael Glouberman, Gary Murphy, 2000-06) y hasta Modern Family (Stephen Levitan y Christopher Lloyd, 2009-20), en el episodio más sugerente por cuanto rompe la cuarta pared y pone ante las espectadoras la evidencia de los mecanismos de la ficción. Así, la serie se convierte, de paso, en un homenaje nada velado a las comedias de situación que marcaron a varias generaciones, y en la legitimación de estas en tanto representación de una forma de entender de la vida tan característica.



Pero, por supuesto, el conflicto radica en que, al igual que sucede en las sitcoms respecto a la realidad, la vida creada por la magia de Wanda no es sino una construcción. A medida que avanzan los episodios, vamos descubriendo que la «serie dentro de la serie» es un artificio creado por Wanda, cuyo duelo por la traumática muerte de su amado Visión (Paul Bettany) le ha llevado a querer refugiarse en esa Arcadia hecha a medida donde escapar por fin del dolor y tener la oportunidad de llevar la vida que nunca habían podido disfrutar. El problema surge cuando para poder mantener esta realidad paralela, Wanda tiene que «poseer» a los verdaderos habitantes de Westview, a los que ha convertido contra su voluntad en personajes de su propio espectáculo, condenándolos a ser figurantes de por vida en un mundo que no han elegido.


Así, durante un tiempo, y hasta la aparición de la bruja Agatha Harkness (Kathryn Hahn), Wanda será la villana del show (todo show de superhéroes necesita un villano), aunque sea de forma inconsciente y movida por algo tan humano como el dolor por la pérdida. Por ello, el desenlace de la serie tiene que pasar porque Wanda asuma de una vez que el amor de su vida está muerto, que sus hijos nunca llegaron a nacer y que no vale la pena sacrificar cientos de vidas para mantener una simulación. Esta revelación se ve acompañada, además, de la comprensión por parte de Wanda de sus verdaderos poderes, y la asunción definitiva de su identidad como Bruja Escarlata.


Por tanto, la deriva final de Bruja Escarlata y Visión acaba encajándola en la narrativa de anteriores y futuras entregas del MCU, ya sea en formato largometraje o serie, y cubriendo las expectativas iniciales de la mayoría de espectadoras. Sin embargo, lo más destacable de su propuesta estriba en sus episodios más alejados de los tropos de las historias de superhéroes, es decir, aquellos en los que se ponen de manifiesto los mecanismos que han hecho de las sitcoms el molde a partir del cual se ha forjado la manera de entender la ficción en el último medio siglo. Una ficción que propone un reordenamiento de la realidad en polos opuestos de lo bueno y lo malo, una dualidad tan exenta de matices que resulta incluso tentadora. Tanto que, si tuviéramos el poder para ello, viajaríamos al pasado para mantenerla intacta.