• Héctor Gómez

Bruno Ganz en tres recuerdos



I.


Era 1987, pero para mí era 1999. Un cine extraño, indescifrable para un adolescente en el que la curiosidad era todavía más grande que la comprensión (Cuando el niño era niño...). Imágenes en blanco y negro de un Berlín desolado, para mí una ciudad tan extraña que podría estar perfectamente en otro planeta. Un paisaje de descampados, de casas medio derruidas, de gentes que se apresuran a volver a sus casas o meterse en la estación de metro más próxima. Viviendas tristes para gente triste. Televisores de grandes antenas, teléfonos de baquelita, papeles pintados. Y humo, mucho humo, de personas que fuman sin parar.


Dos ángeles contemplan estas escenas cotidianas sin aparente interés. Miran a los seres humanos casi con extrañeza, como quien observa una granja de hormigas. Pero uno de ellos, Damiel, parece un poco más interesado que su compañero. Quiere dejar de verlo todo desde las alturas, quiere participar, quiere entender.


Quiere vivir.


De pronto, aparece Colombo y la película se vuelve de colores. Damiel ya no tiene alas pero parece feliz. Nick Cave dice que esta vez no va a hablar de una chica, pero un segundo después se arranca a cantar y, por supuesto, habla de una chica. El público parece ensimismado, mucho tiempo después entendería que probablemente a causa de las drogas sintéticas. La trapecista. La mujer a la que Damiel contemplaba balancearse en el circo es ahora corpórea. La eternidad se sacrifica por instantes como estos.




II.


Era 2004, y para mí era 2004. Ahora las películas se ven con una perspectiva diferente, y la alquimia de lo desconocido da paso a una visión más crítica. Adolf Hitler escupe al hablar mientras abronca a sus acólitos, paralizados ante el estallido de rabia del gran líder. Se paralizan ellos y nos paralizamos los que estamos al otro lado de la pantalla, apretando bien fuerte el reposabrazos de nuestra butaca porque estamos viendo el mayor error de nuestra historia como especie. La representación del Mal absoluto (¿pero cómo es posible encarnar al mismísimo Diablo, maldita sea?). Luego llegarían los memes y arrasarían con toda la mística.


El signo de los tiempos: el mundo se comprende, y se banaliza, a través de imágenes descontextualizadas.




III.


Es 2019, hace solo una semana. La casa de Jack se construye con las decenas de cadáveres que el psicópata ha ido acumulando durante años en una cámara refrigeradora. Su intención no es baladí, quiere reivindicar la destrucción y el mal como generadores de belleza. El asesinato como una de las Bellas Artes. Pero siempre, incluso para el cineasta más provocador, hay un precio a pagar, y este es el descenso a los infiernos.


Y ahí esta Verge para acompañarle.


Al principio de la película, solo oímos su voz sobre la pantalla en negro. Afirma que son muchos a los que ha acompañado en el viaje, y todos ellos siempre han sentido la necesidad de confesar, hasta de arrepentirse. Pero Jack no se arrepiente de nada, solo siente la curiosidad de saber qué hay tras el puente roto y la necesidad de intentar volver a la luz. Verge se despide de él deseándole buena suerte.


Y, sin saberlo, Bruno Ganz se despide de todos nosotros. A no ser, claro está, que Terrence Malick no haga una de las suyas y vuelva a dejarse a un actor olvidado en la sala de montaje. Si no es así, estaremos ante la última oportunidad de seguir añadiendo momentos inolvidables a nuestra insignificante cultura cinéfila, mucho más estrecha que los gigantes que, como él, hacen posible la alquimia.

La luz contra la pantalla

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