• Abel Campillos

Lo que no es nombrado no existe

Años antes de los superhéroes, los personajes que creaban secuelas, sagas y crossovers, eran los llamados Boogeyman: Michael Myers, Freddy Kruger, Chucky o incluso el propio xenomorfo de las películas de Alien. Cada uno de ellos con su modus operandi, su grupo favorito de tortura y sus mitos alrededor de ellos.

La nueva película de Candyman (Nia DaCosta, 2021) producida y coescrita por Jordan Peele, actualmente en cartelera, habla sobre otro de esos «hombres del saco», uno que nace en 1992.


Las características generales de las películas de Candyman serán las mismas que las de todos: una primera buena película de culto que se irá desinflando a medida que avancen las secuelas, oficiales o no, donde primará la violencia, el gore, los desnudos femeninos y los sustos a través del montaje.


La principal diferencia que hace de Candyman (Bernard Rose, 1992) una película diferente a la de sus compañeros de gremio, es que su protagonista no solo es negro, sino que no hace distinciones de raza en sus asesinatos. Esta cuestión va más allá del color de la piel y la división histórica racial es de un peso fundamental en su mitología, cómo se muestra en la versión más reciente. Hay una dualidad entre los asesinatos reales, la violencia intrínseca al ser humano y el mito de violencia y salvajismo que se atribuye maliciosamente —la nueva versión aclara la mitología— y pone el foco en la opresión del hombre blanco.



Candyman es un mito que se cuenta de padres a niños en los guetos de Chicago, y la trama habla de la propia conciencia y la necesidad humana de reverenciar sus mitos, sus leyendas urbanas, especialmente las horrorosas, de la capacidad humana de racionalizar los temores míticos, resolverlo todo con, por ejemplo, una historia de amor y unas normas lógicas con las que evitarlo y condenar al otro a ello diciendo cinco veces su nombre frente al espejo.


Solo había que prestar atención a la canción de Beyoncé Say My Name para darse cuenta de que lo que no es nombrado no existe, así que Candyman solo existe porque la gente sigue queriendo que exista. Durante las pasadas protestas raciales en Estados Unidos que tuvieron su semilla en la muerte de George Floyd, esa era una de las reivindicaciones, pero detrás de las cifras había personas.


La nueva versión de Candyman es heredera de esas reivindicaciones (no es de extrañar eso viendo que detrás está la mano de Jordan Peele), y Nia DaCosta consigue trasmitir esa atmósfera en la que los protagonistas sufren más que los propios asesinados, ya que despiertan y son conscientes de una horrible realidad sistemática que incluso les empuja a ser los malvados. Candyman tiene cabida en el mundo de Déjame salir (Get Out , Jordan Peele, 2017) o de Nosotros (Us, Jordan Peele, 2019), donde ya no es la suciedad y la miseria de los noventa la que oprime a sus protagonistas, sino una capa irónica y de condescendencia. Un «ya habéis llegado suficientemente lejos, no pidáis más».

La nueva versión de Candyman es una secuela directa de la película de 1992, una decisión que muchas otras franquicias en búsqueda de una nueva vida no se han atrevido a hacer. Y facilita las cosas a cualquiera que quiera acercarse a esta nueva versión contando lo necesario de la primera. Un detalle que canoniza la original como un clásico intocable e indiscutible.


El mayor problema de esta más que correcta nueva versión que intenta reactualizar la temática y la imagen, es que 29 años después no parece haber demasiado avance temático: la violencia racial, la gentrificación, el abandono médico, los suburbios, el uso de creencias perpetuadas para reducir a la gente o la compensación histórica con los afroamericanos, pero quizás esta es una cuestión social más allá de lo fílmico.

El problema es que acaba pesando en el interés de la película y hace que se convierta en repetitiva y poco original respecto a la versión de 1992, y ni siquiera la revisión del problema a través del arte moderno salva la sensación de estar viendo un remake encubierto. Pero más allá de una temática muy específica que quizás nos es más ajena y un guion un poco cojo que en ocasiones aburre, lo que salva por completo la película son las decisiones formales.


Nia DaCosta tiene la delicadeza de no basar toda la tensión y el temor en un montaje y una música más alta de lo normal y construye las secuencia a través de innovadores juegos con espejos que cuadran con la mitología propia y secuencias de asesinatos originales más allá del placer por el gore y el desnudo femenino, apostando por asesinatos en los que apenas se ve al perpetrador, influencia directa de la muy recomendable El hombre invisible (The Invisible Man, Leigh Whannell, 2020).


Es bastante raro en el cine actual y más en el comercial de grandes estudios, pero uno sale de la sala pensando que quizás treinta minutos más, una muerte más, o un clímax menos acelerado hubiese mejorado muchísimo la película. Eso sí, el film consigue transmitir el miedo real de Candyman, y cuando uno comenta la película ya en el coche, relajado, quitándose la mascarilla y sabedor de que no es más que imágenes en movimiento, se encuentra intentado no mirar al espejo retrovisor no sea que se le escape un quinto e infortunado «Candyman»...