• Abel Campillos

Cinco décadas de zombis (segunda parte)

*Para ver la primera parte del artículo Cinco décadas de zombis, haz clic aquí.


Ejército de los muertos (Army of the Dead, Zack Snyder, 2021) cuenta con el nombre de Zack Snyder en un total de hasta cinco créditos (director, productor, idea original, guionista y su debut como director de fotografía), así que por mucho que retorzamos la definición, es difícil no otorgarle a este film el título de «película de autor».


Durante dos horas y media, contemplamos una síntesis de todo lo que convierte a Snyder en un cineasta que despierta el mismo número de elogios desorbitados y resoplidos impacientes de hastío —que se lo pregunten a los directivos de Warner—. Por eso, si alguien podía decirle a Netflix que se iba a encargar 50 años después de intentar reinventar por enésima vez el género zombi era él, porque ya lo había hecho al principio de su carrera con sus zombis corredores, seres humanos desfigurados y con rabia en Amanecer de los muertos (Dawn of the Dead, 2004).


Pero si algo malo tiene ser el primero, el original, quien crea escuela, es que corres el riesgo de que, con el paso del tiempo, inevitablemente, algún alumno te aventaje. Y lo peor que tiene Army of the Dead es que existe Guerra Mundial Z (World War Z, Marc Foster, 2013), pero sobre todo Train to Busan (Busanhaeng, Yeon Sang-ho, 2016). Ambas aprovechan de manera más dramática la tensión física de la presencia de los nuevos zombies con capacidad para correr y cazar, desarrollando ideas como las avalanchas y la manada inevitable de combatir.


Por eso Army of the Dead, en vez de plantearse desde un paso adelante en una experiencia zombi, parece algo así como una firma final sobre un género que parece haberse quedado ya sin ideas demasiado nuevas.



La curiosidad o algún guion o productor despistado —con estas cosas nunca se sabe— ha hecho que encima Yeon Sang-ho, con su segunda película Peninsula (Train to Busan 2, 2020) y Zack Snyder hayan tenido la misma idea: en una ciudad llena de zombies hay un tesoro que debe ser rescatado. Mientras que en la película coreana se trata de un camión, la estadounidense esconde el tesoro tras una cámara acorazada en una Las Vegas repleta de billetes y unas bobinas a la izquierda que pueden pasar desapercibidas, etiquetadas con el famosísimo #SnyderCut, un pequeño detalle en forma como culto a su persona.



Con el macguffin colocado en su sitio y el público atraído, Snyder tampoco innova en exceso en el guion, y sigue una estructura que ha repetido a lo largo de otras películas escritas por él, primero un pequeño corto donde presenta a un personaje —en 300 (Zack Snyder, 2006) fue Leónidas— y aquí al primer zombi. Y después, unos títulos de crédito que como ya hizo en Watchmen (Zack Snyder, 2009) son lo mejor de la película, y justifican por sí solos o una entrada de cine o una suscripción mensual. Mientras van apareciendo nombres en la pantalla —hasta seis veces el apellido Snyder si contamos el crédito de productora de su mujer— vemos la evacuación de Las Vegas y la contención del virus a ritmo de Viva Las Vegas en versión de Richard Chees, y se suceden varias secuencias de apenas cuatro minutos en total en las que los protagonistas están siendo definidos perfectamente y con arcos de conversión enteros, mientras matan a los zombis con tanques, metralletas y sierras mecánicas a cámara lenta y cortes entrelazados de ellos sosteniendo cuadros de las personas que dejaron atrás, planos sin editar de un documental que se habría realizado en ese universo. Una condensación perfecta que explica todo lo que ya han sufrido sus personajes, los problemas que va a venir después y todo el peligro que los personajes van a aceptar yendo a por el tesoro.


La primera parte avanza sin ninguna innovación y con los tópicos y los argumentos de las películas de «reúne un equipo», personajes estrafalarios con sus traumas mejor o peor construidos y sus excusas para aceptar tal peligrosa entrega. Entre ellos, uno de los pocos personajes —denominado influencer— que tiene sentido en las películas recientes.



Pero es en el momento en el que los personajes se cuelan en Las Vegas cuando la película se vuelve el territorio de pleno goce para Zack Snyder, y sus obsesiones y todas las reglas que uno daba por seguro en el mundo de los zombis se queda detrás de esos contenedores que forman murallas, y la película se convierte en algo así como… ¿una revisión bíblica-western de los muertos vivientes?


Y la película es, sobre todo, divertidísima, entretenida, gore y emocionante. Pero si alguien espera encontrar la historia que no se había contado hasta ahora de monstruos y terror, como mucho encontrará la visión personal de esos tópicos de Snyder.



La primera patada al imaginario clásico sobre zombis empieza nada más entrar, cuando descubrimos que hay que entregarles un sacrificio a los reyes zombi para que el Dios Zombi les permita avanzar por su territorio. El Dios no solo vive en un hotel llamado Olimpo, sino que en los créditos al personaje se le llama Zeus (un saludo a los que aquello de que Clark Kent se lanzara de la nave con los brazos en cruz en el Hombre de acero (Man of Steel, Zack Snyder, 2003) les pareció demasiado evidente).


El sacrificio es entregado al Dios Z que, tras morderle, lo lanza a un bautizo en una piscina llena de sangre y es levantado, en forma de cruz, por los Z de bajo rango. Porque sí, los Z tienen rango: mientras que los mordidos por Zeus no solo pueden correr, sino que tienen inteligencia, el resto actúa como enjambre o rebaño dormido. Por lo que más que unos muertos vivientes que se vuelven a levantar, parecen unos vampiros primitivos u orcos modernos.


Que los zombi tengan rango casa con otra idea que se percibe en toda la obra de Snyder: el superhombre, muy vinculado a las ideas de Ayn Rand sobre el progreso de la sociedad y las barreras entre el bien y el mal (para saber más. se puede consultar este maravilloso artículo de Esther Miguel en xataka.com). Y es que el resto de personajes irán muriendo en el momento que muestren un egoísmo más allá del lógico, mientras se enfrentan a un justiciero zombi —por eso lleva capa y casco en la cabeza— que simplemente vivía en paz hasta que llegaron los protagonistas humanos a perturbar su reino y matar a su hijo nonato, un mesías puro que habría nacido más allá de la muerte, más allá de la resurección.


La lucha, por tanto, ya no es entre humanos y zombis, sino entre una concepción clásica entre nosotros y ellos (donde el humano ya no está arriba de la cadena alimentaria). Por eso da incluso la sensación de que no le interesan ni siquiera los personajes y están creados lo más arquetípicamente posible para ser enseguida reconocidos. Dave Bautista y los tres zombis protagonistas son los únicos que están a la altura actoralmente, sobre todo porque lo mejor de la acción son las peleas físicas, y si uno tiene en el reparto a Bautista debe haber una bomba, su llave de wrestling, aunque sea a un zombi. Porque el gore, las armas, el tigre zombi arrancando cabezas y los tiroteos a cámara lenta marca de la casa es sin duda lo mejor de la película.


Pero quizás, si hubiese cedido un poco y la dirección cinematográfica se la hubiese encargado a otro hubiese sido mejor, porque más allá de sus recursos típicos, la fotografía es excesivamente repetitiva, abusando todo el rato del desenfoque —incluso muestra un video en un móvil y está desenfocado—. Además de primeros planos muy cortos para las conversaciones. Lo que hace en algunos momentos que, incluso presupuestada con 90 millones, luzca como una película más en el inmenso catálogo de Netflix. (No sé hasta qué punto ha influido el tener que colocar digitalmente a Tig Notaro, que no se nota apenas excepto en los planos más generales).

En definitiva, lo mejor que tiene Army of the Dead es que es entretenida y si uno disfruta, como es mi caso, de la grandilocuencia de Snyder, disfrutará con la propuesta de acercamiento de los conceptos más clásicos del terror de acción, de sus personajes arquetípicos en contraste con sus planteamientos y su estética de un cine de serie B sobrefinanciado. Pero si espera un Dawn of the Dead, una nueva vuelta de tuerca, se encontrará una película que en ocasiones parece que lleva puesto el freno de mano.

No reinventa nada aunque sea mejor que la inmensa mayoría.