• Julian Gondra

Detrás de la escoba


Después del éxito arrollador que tuvo en el pasado Festival de Málaga, en el que se llevó 5 merecidos galardones incluyendo la Biznaga de Oro, Cinco lobitos (Alauda Ruiz de Azúa, 2022) llegó a los cines de nuestro país el pasado viernes 20 de mayo. Una historia sobre la maternidad desde el punto de vista de Amaia, una madre primeriza... y también una hija.


Voy a ir al grano. Hacía mucho tiempo que no me involucraba tanto en una historia que veía en la gran pantalla; las casi dos horas de metraje me sentía un personaje más, o mejor dicho, sentía que lo que estaba viendo estaba pasando realmente delante de mis propios ojos. No sé si la sentí tan cercana porque ocurre en el País Vasco y yo soy de allí, por el realismo y magnetismo de sus interpretaciones (mención especial para una grandísima Susi Sánchez, como casi siempre), o por el guion, en el que parecía que estaba oyendo hablar a mis propios familiares y amigos. El caso es que he sentido muy cerca el tema de la maternidad primeriza, algo que a priori me resultaba un tanto ajeno pero que, inevitablemente y tal y como la película hace ver, forma parte de la vida de cada uno de nosotros.


Es una película dura, triste; un poco incómoda a veces. Pero también hay varios momentos en los que me salieron carcajadas, o en los que no podía dejar de sonreír. En definitiva, si nos paramos a pensar (y sin querer sonar demasiado cursi), la vida también es así. Por eso siento que la historia de esta ópera prima es lo más parecido a la vida que he visto últimamente en el cine. En todos los sentidos. Y de la manera más real posible.


La directora, que también firma el guion, no esconde en ningún momento la fragilidad de sus personajes, sino todo lo contrario, hace uso de esos pequeños defectos (si se pueden llamar así) para ensalzar su honestidad, su humanidad y su verdad. Y se nota hasta en el más mínimo detalle. He visto reflejadas a personas que conozco en una mirada, en un gesto, en una pregunta absurda, en una pausa incómoda, en un querer decir algo y no hacerlo, en un carraspeo, en una tibia sonrisa... en cualquier pequeño detalle, vamos. Es algo que no me pasa habitualmente y he descubierto lo alucinante que es. Además, las conversaciones son

tan reales que parece que lo estés viviendo todo in situ.


No es una historia donde los personajes se digan "te quiero" constantemente, ni se den abrazos, ni muestren su apoyo. Ni lloren cuando tienen que llorar, ni rían cuando tienen que reír, ni digan lo que tienen que decir en cada momento. Es una historia donde los personajes actúan como personas humanas que podrían ser tu primo, tu vecina o el frutero. O tú mismo. Y eso es lo que, bajo mi punto de vista, hace grande este film.


En resumen, puede que el tema del que se habla no sea el más original del mundo y se haya desgranado varias veces en películas o series, pero ni de lejos me parece razón suficiente para perderse esta joya llena de ternura, amor y verdad. Porque todos somos Amaia. O Koldo. O Begoña. O Javi. Y yo os invito a que los conozcáis y os conozcáis.