• Revista Luciérnaga

Cinema Jove #36: Día 8


Stop-Zemlia (Kateryna Gornostai, 2021)


En la película se intuyen varias tramas de amor adolescente, alguna sobre la no correspondencia, sobre el anonimato, otra sobre la indecisión sexual y en alguna se sospecha la mala relación que existe en esa difícil edad con los padres.


La apuesta más original de Stop-Zemlia es que ninguna de esas tramas ni se termina de plantear ni mucho menos de resolver: son dos horas en las que seguimos a una clase de adolescentes ucranianos que, con sus propias características del lugar, consiguen reflejar el sentimiento universal de que en esa edad todo lo que parece fatalista y decisivo aún tiene solución y solo es el principio.


Durante todo el film somos testigos de un revuelto de sentimientos que se resuelven y se muestran de diferentes maneras cinematográficas sea quien sea el protagonista, poniendo no tanta atención a lo narrativo sino al ambiente, con iluminación, música o ensoñaciones ajenas a la narración. No es tan importante el punto final al que quiere llegar, no hay un beso final ni un objetivo que lograr, sino sentimientos que mostrar.


La capacidad para destacar estos estos sentimientos es ayudada por una decisión formal realmente preciosa, como es la de entrevistar a través de una especie de documental de talking heads a sus protagonistas, donde se desnudan sentimentalmente ante el espectador que ve la siguientes secuencias desde nuevas perspectivas, ángulos que el resto de personajes no tiene y a los que uno desea gritarles.


En esta especie de documental incrustado, al final de la película, cuando nada ha quedado resuelto, existe una de las roturas de cuarta pared más bonitas del cine: uno de los personajes le hace su propia pregunta a la directora, una pregunta que destroza todos los muros y arranca lágrimas.


En conclusión, Stop-Zemlia es un drama adolescente muy diferente con personajes imperfectos pero profundamente reales que llegan a los sentimientos del espectador, haya olvidado, recuerde con nostalgia o esté viviendo todo ese torbellino juvenil.


por Abel Campillos



Madly in Life (Ann Sirot y Raphael Balboni, 2020)


Noémie y Alex son una pareja de treintañeros que están intentando tener un hijo, pero que se replantearán su situación cuando la madre de él empiece a mostrar signos de demencia senil. A partir de este momento tendrán que decidir cómo afrontan su vida, integrando esta nueva situación en ella.


El primer largometraje de Raphael Balboni y Ann Sirot nos hace reflexionar sobre cómo debemos enfrentarnos a las adversidades que nos plantea la vida y cuál es la mejor manera de lidiar con una persona que está enferma.


Con un perfecto equilibrio entre la dulzura y la tristeza, y con toques de un humor ácido muy acertado, esta película nos pone frente a frente con una situación que más de uno ha vivido. La cotidianeidad que impregna cada situación, así como el uso de los espacios de la casa o de la consulta del médico, ayuda a que empatices totalmente con los personajes de la película y que te hagas las mismas preguntas que ellos. Además, el hecho de que Suzanne, la madre de Alex, se dedique al mundo del arte, impregna la película de una estética llamativa e interesante.


En definitiva, Madly in Life es una historia que te deja con un buen sabor de boca, pero que también plantea grandes cuestiones.


por Irene Subiela



All the Little Pretty Horses (Michalis Konstantatos, 2020)


Viendo el enorme éxito tanto de crítica como de público de la obra surcoreana Parásitos (Gisaengchung, Bong Joon Ho, 2019) y la universalidad de su punto de partida —ricos contra pobres— es normal que salgan películas que intentan seguir ese sendero.

El problema de All the Little Pretty Horses es que parece que los pocos cambios que se han hecho respecto a los personajes de Parásitos encima son erróneos y rompen por completo el sentido de la película. Apuesta por la vergüenza que sienten los protagonistas por ser pobres y aparentar, pero esto provoca que al final no haya moraleja por pequeña que sea, y empatizar o interesar es imposible con ninguno de los personajes. Ya da completamente igual lo que hagan o dejen de hacer en esa casa y carece de importancia cómo los habitantes reales y okupas tratan a los personajes aleatorios y sin mayor profundidad que van apareciendo.


Las dos horas aburridas avanzan con la promesa de un giro final evidente, que es frío y nada sorprendente y, lo que es peor, no afecta realmente a ninguno de los personajes, ni los ricos, ni los pobres.


La cámara se sitúa donde tiene que ponerse para cumplir la papeleta y sin destacar en nada.

Y bueno sí, de repente y sin ningún sentido aparece un pequeño caballo.


por Abel Campillos