• Héctor Gómez

Corre, Schofield, corre (1917, 2019)


En el texto que dedicamos hace unos meses al estreno en nuestro país de Largo viaje hacia la noche (Di qiu zui hou de ye wan, Bi Gan, 2018), nos deteníamos en el valor intrínseco del plano secuencia, a propósito del uso que Bi Gan hace de él durante la última hora de la película, una escena onírica que condensaba el espíritu de una película que apelaba más al insconsciente y a los sentimientos que a un análisis racional. Y es que el plano secuencia adquiere un valor especial cuando se imbrica de forma orgánica con el sentido de la narración, mucho más incluso que cuando se utiliza como alarde técnico. Porque este recurso siempre acarrea el riesgo de mitigar el poder de un valor inherente al hecho cinematográfico, que es su capacidad de fragmentar la mirada en múltiples puntos de vista que enriquecen el relato. Por el contrario, el plano secuencia obliga al espectador a ser vasallo del punto de vista de la cámara, que necesariamente ofrece un encuadre externo a la narración y nos priva, por tanto, de otras perspectivas.


Sin embargo, el plano secuencia brilla como pocas otras cosas cuando se convierte en la mejor manera de narrar una historia. Y este es, sin duda, el caso de 1917 (2019), la película en la que Sam Mendes confía todo el peso de la narración a un mecanismo invisible de edición que produce la sensación de asistir en tiempo real a una historia que se desarrolla ante nuestros ojos. Un planteamiento absolutamente justificado por el hecho de que el único punto dramático de 1917 sea la misión que tienen que llevar a cabo dos soldados del ejército británico en el apogeo de la Primera Guerra Mundial. Una misión que consiste en trasladar un mensaje a un batallón que está a punto de caer en una trampa alemana, antes de que sea demasiado tarde y produzca la muerte segura de más de 1600 soldados, entre los que se encuentra el hermano de uno de los protagonistas. Así, 1917 prescinde de toda línea argumental auxiliar para centrarse exclusivamente en la carrera contrarreloj de los cabos Blake (Dean-Charles Chapman) y Schofield (George MacKay), una misión casi suicida en la que deberán atravesar la Tierra de Nadie y la línea de retirada germana para llevar el mensaje que evitará una masacre.


Sam Mendes, a partir de las memorias de su abuelo –veterano de la Primera Guerra Mundial–, convierte esta anécdota en una aventura épica que no abandona en ningún momento a sus protagonistas para que la acción se perciba por parte de la audiencia como si se desarrollara ante su mirada, consiguiendo así una experiencia totalmente inmersiva que potencia la identificación con los personajes. La cámara de Roger Deakins recorre con ellos las trincheras, se mete con ellos en el barro y hasta parece esquivar las bombas y las balas, en un alarde prodigioso de planificación y producción que nos hace preguntarnos constantemente cómo es posible que pueda ser filmado.


En un género tan espinoso como el bélico, siempre susceptible de caer en interpretaciones y manipulaciones ideológicas, una película como 1917 consigue el incómodo reto de embellecer la guerra –esa noche donde las ruinas solo se iluminan con la luz de las bombas y el fuego, esa carrera desesperada por el borde de la trinchera a pecho descubierto­–, haciendo casi que pasemos por alto el horror y el sinsentido de un conflicto tan monstruoso como fue la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, Mendes consigue que admiremos el compromiso de sus protagonistas con la misión que les ha sido encomendada, que suframos con ellos y el corazón se nos encoja ante cada nueva dificultad. Y, para rematar, el encuentro final del único superviviente de la misión con el hermano de su compañero fallecido nos revela, de forma nada casual, el nombre de pila de aquel, que no es otro que William. O, como aclara él mismo a continuación, Will. Es decir, un nombre que también alude a la voluntad. La misma que ha demostrado durante las dos horas que nos ha dejado sin respiración, para finalmente descansar al pie de un árbol mientras, por primera vez, luce el sol en el cielo.

La luz contra la pantalla

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