• Abel Campillos

Costumbrismo iraní en España


Todos lo saben (Asghar Farhadi, 2018) es una película protagonizada por Penélope Cruz y Javier Bardem, a los que le acompañan otros actores de renombre como Ricardo Darín o Inma Cuesta. Ante este reparto uno esperaría que la película estuviese dirigida por una primera espada del cine español, como un Almodóvar o un Amenábar. Pero esta dirigida por un director originario de Irán llamado Asghar Farhadi.


¿Qué lleva a un ganador de dos Oscar y un globo de oro iraní a rodar una película en España? Algunas críticas dicen que vino a comer y descansar después de haber sido galardonado, con polémica incluida contra Trump, con El viajante (Forushandeh, 2016). Y esta crítica es bastante habitual porque la película no ha acabado de gustar. Pero para mí es una de las mejores evidencias de una de las cosas de lo que el cine puede llegar a ser: un perfecto reflejo simulado de la realidad.


La premisa de la película, en un principio, es muy sencilla y hasta cierto punto clásica. Una familia dispersada alrededor del mundo vuelve a reunirse en su pueblo para la boda de la más pequeñas de las tres hermanas. Casi cuando el banquete está a punto de terminar la hija del personaje de Penélope Cruz es secuestrada.


Hasta el momento del secuestro, la película es puro costumbrismo, con una conversación en el bar, otra en la sastrería y una en la plaza mayor que consigue reconstruir toda la historia de la familia, con un sermón limosnero interrumpido entre risas y llantos la precaria situación del pueblo. A partir del rapto, la transformación de los personajes es tan radical y lógica que me hace enamorarme irremediablemente de la película. Todos los personajes hasta el momento estaban siendo unos completos hipócritas, pero detalle a detalle y réplica a réplica van deshaciéndose de la máscara con la que tapan sus verdaderos pensamientos. Cinematográficamente, esto está resuelto mediante un sencillo truco para la fotografía: la luz se va y los invitados externos a la familia encienden los flashes del móvil para que todo siga como si nada, pero nada será igual. Y Penélope Cruz demuestra el estatus que le ha consagrado como lo que es, una gran estrella del cine internacional. Y es que, en su conversación con Ricardo Darín, en la que le cuenta el secuestro mediante un gesto muy sutil pero que es de alabar -encima para un director que no habla la lengua de la película que está rodando-, muestra la incalculable tensión del personaje: cuando llega al pueblo aún le quedan ciertos dejes de acento argentino y usa el pretérito perfecto simple para referirse a los detalles del pasado, pero cuando le cuenta a su marido que han secuestrado a su hija, en un momento de máxima tensión, hace una mezcolanza de acento y se equivoca con la concordancia de los tiempos verbales, hasta pasarse al pretérito perfecto compuesto al que estamos más acostumbrados en España.


Porque la película de Asghar Farhadi son dos horas enteras de construcción de personajes, añadiéndoles en cada decisión, en cada nuevo dato que sabemos de ellos, una nueva capa de profundidad. Personajes que reconozco. Y que se van mostrando en pequeños detalles sin mostrarse arquetípicos. El anciano, el capataz de la familia quien vive sus últimos años, rechaza la ayuda de una de sus hijas y exige que venga la mayor con la que convive a cuidarla, y eso sucede mientras los amigos del novio le persiguen para cortarle la corbata y los adolescentes se separan tomando sus primeras copas y fumando sus primeros cigarrillos porque es lo que se hace en las bodas.


Pienso que las críticas han llegado cuando se ha juzgado la película como un thriller intrigante e interesante, y no solo como una mera excusa que buscaban todos los personajes para resarcirse de todos los errores acumulados en el pasado. La respuesta a la parte del thriller está en el propio título de la película. “Todos lo saben”, no hacía falta buscar más. De alguna manera u otra todos los personajes intuyen qué es lo que está pasando ahí, incluso hay un personaje, un policía retirado al que consultan, cuya única función en la trama es mirarlos sin querer decirles lo que todos saben. Si uno se centra en la película, en intentar encontrar pistas ocultas en cada giro o diálogo, puede descubrir todo muy rápido y entonces querrá que avance al ritmo de sus suposiciones y no recayendo en cómo cada personaje se anticipa con cada diálogo suyo, con el pensamiento que todos gritaríamos a la pantalla.


Mi fanatismo por esta película hace que verla conmigo signifique verme pararla cada cinco minutos mientras hago un comentario, como cuando esa señora que le mira mal mientras se…


Mi consejo es: mirad la película y olvidaos del thriller porque, al final, vosotros también lo sabréis.

La luz contra la pantalla

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