• Héctor Gómez

Yo, Cruella


En el texto que dedicamos en esta misma web a Joker (Todd Phillips, 2019), señalábamos que el hecho de intentar explicar el origen de la maldad del protagonista iba en detrimento del resultado final de la película, demasiado lastrada por explicitar —e incluso justificar—las razones que llevaron a Arthur Fleck a traspasar esa última línea antes de convertirse en villano oficial. Así, el retrato del Joker que habíamos visto en otras entregas —cuya maldad no tenía origen ni justificación y estaba por encima de todas las leyes de causa-efecto— quedaba esta vez opacado por la necesidad de explicar que el origen de la villanía está en la invisibilización de las personas que viven en los márgenes (físicos, psicológicos y económicos) de la sociedad, dando como resultado una película tan fallida como enormemente fascinante en cuanto a su capacidad de plantear discusiones tan pertinentes como el papel de la cultura de masas en la difusión y recepción de planteamientos filofascistas, por poner un ejemplo.


Empezar un texto sobre Cruella (Craig Gillespie, 2021) hablando de Joker no es casual, pues no son pocas las voces que han encontrado paralelismos entre ambos films, incluso desde el lanzamiento del tráiler de la primera. Si bien es cierto que es tentador encontrar estas similitudes, por cuanto ambas retratan el camino que siguen dos villanos carismáticos antes de acometer las fechorías por las que son conocidas por el gran público, también es verdad que las semejanzas podrían acabarse aquí, puesto que ambas películas tienen un planteamiento diferente y están definidas, en cuanto productos de consumo, con un target de público diferente.


No hay que olvidar, claro está, que Cruella se enmarca en la estrategia de Disney Studios de adaptar a cine de acción real las historias y personajes que forman parte de su catálogo de clásicos de animación. Sin embargo, en vista del resultado final, Cruella no tiene tanto que ver con películas como El libro de la selva (The Jungle Book, Jon Favreau, 2016), La bella y la bestia (Beauty and the Beast, Bill Condon, 2017) o Aladdin (Guy Ritchie, 2019) —que reproducen de una manera más o menos fiel el material de partida— como con otras como Maléfica (Maleficent, Robert Stomberg, 2014) y su secuela (por centrarse en la figura de una villana Disney como personaje principal) o Mulán (Mulan, Niki Caro, 2020), por su tratamiento más adulto de la historia, y su intención de abrirse a nichos algo menos acotados.


Y es que, ya sea por su cuidado diseño de producción y vestuario, por la audacidad de ciertos movimientos de cámara —ese espectacular plano secuencia imposible que va desde el cielo hasta el lavabo de los grandes almacenes donde Estella está limpiando— o por plantear ciertas decisiones felizmente sádicas, Cruella merece un espacio propio (y privilegiado) en esta serie de adaptaciones de Disney, donde en más de un caso se detecta cierta pereza a probar fórmulas que se alejen de lo estrictamente necesario para rentabilizar un producto que ya funciona por sí solo. Y seguramente tenga mucho que ver en este resultado final la presencia tras la cámara de Craig Gillespie, quien ya demostró en Yo, Tonya (I, Tonya, 2017) su capacidad de convertir lo que podría haber sido un biopic al uso en una película con mucho más mordiente de lo habitual. Incluso se podrían encontrar paralelismos, ahora sí, entre las protagonistas de ambas películas, Cruella y Tonya, ambas dirigidas por una determinación imparable para conseguir sus propósitos y con una relación, digamos, peculiar, con sus madres.



Pero por encima de todo, si hay algo que destaque en Cruella es el carisma de Emma Stone como su personaje principal y la impresionante villana que construye Emma Thompson. Parece como si ambas actrices fueran conscientes de que este tipo de películas siempre está, por definición, fuera del radar de los grandes premios, y hayan disfrutado sobremanera dando vida a unos personajes que, lejos de la caricatura fácil, están dotados de ciertos elementos distintivos que los hacen sumamente interesantes. No es casual que Cruella esté ambientada en el mundo de la moda y la alta costura, y se vale de los tópicos de este ambiente para trazar una relación de dominación entre la veterana consolidada y la joven y talentosa arribista, que ya se había explotado (a su manera) en películas que van desde El diablo viste de Prada (The Devil Wears Prada, David Frankel, 2006) hasta El hilo invisible (Phantom Thread, Paul Thomas Anderson, 2017). En este contexto, Gillespie sitúa al personaje de Estella/Cruella, una niña especial que siente que está llamada a grandes cosas y que descubrirá nuevos rasgos de su personalidad a medida se estreche la relación con la baronesa, su antagonista.


En un acertado artículo para El País, Jordi Costa señala lo queer como rasgo identitario de muchos de los villanos Disney de la última hornada, como es el caso de la propia Cruella. En la película se remarca mucho que la pequeña Estella había sido educada para «no llamar la atención», es decir, para no hacer patentes sus elementos diferenciadores, por poderosos e incómodos. Cruella, su alter ego, representa entonces la exaltación de la disidencia, y su lucha contra la baronesa se juega también en un terreno profesional, marcando distancia entre dos polos opuestos: el clasicismo, el buen gusto y el statu quo que esta representa, frente a la extravagancia, el exceso y la rebeldía de la recién llegada. En estas tensiones y luchas de ego se cimenta una película que hace olvidar por momentos su filiación, y a la que solo algunos guiños puntuales (aquí los dálmatas son villanos, mira por dónde) hacen recordar a la espectadora en qué universo se está moviendo. Por si fuera poco, el filme no escatima a la hora de adornar sus set pieces con algunas de las canciones más icónicas de los años sesenta y setenta, haciéndolas coincidir con el desarrollo vital de su protagonista. Por eso, era necesario que al momento de apogeo de la Cruella triunfadora le acompañaran las notas del Sympathy for the Devil de The Rolling Stones, que coronan a la película como la mejor película de acción real de Disney hasta la fecha.