• Héctor Gómez

De paseo por el valle inquietante



Internet está tan lleno de imágenes, y se suceden a tal velocidad, que es casi imposible no saturarse. El problema viene cuando perdemos la capacidad de análisis y la perspectiva de lo que es importante y lo que no lo es en absoluto. Pero, ¿cómo sustraerse a esa debilidad cuando estamos expuestos, sin solución de continuidad, a terribles imágenes de guerras, violencia y catástrofes y a vídeos de gatitos que tocan el piano?


Vemos tantas imágenes a lo largo del día que acabamos por banalizar lo importante y a glorificar lo absurdo. Internet es un espacio inabarcable en el que la realidad nos llega sin ningún tipo de filtro, dejando a nuestro criterio el discernir si lo que estamos consumiendo merece siquiera un segundo de nuestro tiempo. Y este criterio, por desgracia, está cada vez más anestesiado, empachado por un torrente de imágenes que no somos capaces de digerir. Somos como el lobo del cuento de Caperucita (que, por cierto, algunos quisieron hacernos creer que se va a censurar en las bibliotecas), que después del festín se tiene que tumbar a dormir debajo de un árbol y se queda expuesto a que le llenen el estómago de piedras y acabe hundido en el fondo del río.


El pasado lunes fue un día terrible para la historia, la cultura y el arte. A última hora de la tarde todos vimos cómo ardía la cubierta de la catedral de Notre Dame, y temíamos que pudiera colapsar uno de los edificios más emblemáticos de nuestra civilización. No es nuestro objetivo hablar ahora de este suceso, ni siquiera de las reacciones polarizadas que tuvo como consecuencia, y que van desde el chiste y la mofa al postureo vergonzante sobre la destrucción de un patrimonio al que normalmente no se le hace ni puñetero caso.


Pero no, aquí no vamos a hablar de Notre Dame. Porque, como hemos empezado diciendo, no estamos libres de caer en el vórtice letal de las imágenes. Reconocemos nuestra propia debilidad de criterio, y por eso afirmamos que la foto más perturbadora del lunes no fue la de un monumento histórico de ocho siglos envuelto en llamas. No. La foto más perturbadora del lunes es esta:



Superado (con dificultad) el impacto inicial, intentamos racionalizar la situación. A ver, no todo el mundo sale bien en las fotos, hay encuadres que desfavorecen... y todas las excusas que se nos puedan venir a la cabeza. Incluso que puede que esté caracterizado para algún papel en una película. Como era de esperar, esta imagen de Mickey Rourke se viralizó en cuestión de minutos, y no faltaron las ocurrencias habituales de las que Twitter está plagado, incluidas las inevitables referencias a las figuras de museos de cera o a las celebrities de Muchachada Nui. Nada nuevo bajo el sol.


Pero lo verdaderamente perturbador de la foto es la sensación que nos deja ver la cara de Mickey Rourke. Ese escalofrío que sube por la espalda, esa alarma que se activa en nuestro cerebro, que se rebela ante lo que está viendo. Esa sensación de que hay algo ahí que no encaja, algo que no corresponde. Y es que Mickey Rourke ha entrado, por derecho propio y por la puerta grande, en el valle inquietante.



El valle inquietante (o uncanny valley en la terminología anglosajona) es un concepto que ya se utilizaba, en cierto sentido, a principios del siglo XX. Incluso Freud hizo referencia a una terminología parecida relacionada con el psicoanálisis y el concepto de "lo ominoso" o "lo siniestro". Pero la idea a la que nos queremos referir aquí es en realidad una hipótesis que se asocia al mundo de la robótica, y que fue acuñada en 1970 por el japonés Masahiro Mori. Vaya por delante que, como toda hipótesis, la existencia del valle inquietante debe ser demostrada, y hasta el momento no hay consenso sobre si se sostiene desde el punto de vista psicológico, y por lo tanto está sujeta a rectificaciones y reformulaciones. Pero es muy interesante reflexionar sobre el concepto y sobre su aplicación al enfrentarnos a imágenes como la que estamos comentando.


Según Mori, los seres humanos reaccionamos de una forma más positiva y empática hacia la apariencia de un robot cuando esta se aproxima a la apariencia humana. Pero solo hasta un cierto punto límite, a partir del cual nuestra reacción se vuelve hacia el rechazo y la repugnancia. Por tanto, el valle inquietante sería esa zona difusa de respuesta repulsiva ante un robot con apariencia y comportamientos casi humanos. Es decir, que empatizamos con lo que se parece a nosotros, pero rechazamos lo que se parece demasiado, porque se activaría un mecanismo en nuestro cerebro que repele lo que es similar pero al mismo tiempo no pertenece a nuestra especie.


Las explicaciones a este rechazo son variadas y complementarias, pero seguramente ninguna explique el fenómeno en toda su magnitud. Lo que sí se desprende, en definitiva, es que si percibimos una entidad como diferente a nosotros, se genera esa empatía porque se resaltan las características que compartimos con ella, pero cuando esa entidad es muy parecida físicamente a nosotros, lo que se resaltan son las diferencias, y por eso se produce el rechazo.


Es muy fácil de entender si pensamos, por ejemplo, en los dibujos animados. Tradicionalmente los animadores y animadoras han jugado a representar animales antropomorfos, con expresiones y comportamientos puramente humanos. Y los propios humanos se han representado de una forma caricaturizada, resaltando los rasgos necesarios para su función dramática y expresiva. Es decir, la tecnología permite recrear de forma totalmente verosímil cada pelo de la rubia melena de Elsa de Arendelle, o cada fibra del jersey de Mr. Increíble, pero estos personajes siempre presentarán rasgos físicos que pertenecen a la convención de cómo se representa a una persona en los dibujos animados. Porque saben que, de no ser así, se corre el riesgo del rechazo de la audiencia. Y es que, aunque no lo sepamos, el valle inquietante siempre está ahí.



Retrocedamos en el tiempo hasta 1988. En esa fecha, una compañía incipiente y aún desconocida llamada Pixar lanzaba un cortometraje llamado Tin Toy. El argumento era muy sencillo: un soldadito de hojalata se las tenía que ingeniar para huir de un bebé con tendencia a destrozar sus juguetes. Si el corto ha pasado a la historia es porque se trataba de todo un alarde técnico para la época, un cortometraje de cinco minutos creado enteramente por ordenador. Faltaban aún siete años para que John Lasseter y compañía cambiaran las reglas del juego para siempre con Toy Story (1995), el primer largometraje generado completamente de forma digital, que abrió un camino que casi 25 años después parece no haber alcanzado su límite.


Pero lo verdaderamente interesante aquí es el personaje del bebé, cuyos movimientos y reacciones eran, hace tres décadas, todo un prodigio de destreza digital puesta al servicio del realismo. Sin embargo, la reacción que suscitó entonces (y también ahora) fue de rechazo, incluso de inquietud. Por primera vez, la industria del cine se topaba de bruces con el uncanny valley.


Un segundo ejemplo. Vayamos ahora hasta los primeros meses del cambio de milenio, cuando se lanzó la película Final fantasy: La fuerza interior (Final Fantasy: The Spirits Within, Hironobu Sakaguchi y Motonori Sakakibara, 2001), que pasa por ser el primer intento mainstream de largometraje de animación hiperrealista. De nuevo, la película fue un fracaso a pesar del carismático material del que partía -una de las franquicias de videojuegos más exitosas de todos los tiempos-, en gran parte debido a la presencia del valle inquietante. Personajes demasiado realistas sin llegar a parecer reales del todo. Mecanismo de defensa activado.



Y es que, a medida que la tecnología se ha ido perfeccionando, las posibilidades en el mundo de la animación llegan a ser potencialmente infinitas. Técnicas como la captura de movimientos permiten recrear las expresiones faciales de un actor y trasladarlas a un personaje que puede ser un animal, un ser de otro planeta, una criatura fantástica o, también, un ser humano. Y es en este último caso donde entramos de lleno en el las lindes del valle inquietante. Tenemos ejemplos muy interesantes, como Polar Express (The Polar Express, Robert Zemeckis, 2004), Beowulf (Robert Zemeckis, 2007) o Las aventuras de Tintín: El secreto del unicornio (The Adventures of Tintin, Steven Spielberg, 2011). Películas dirigidas, curiosamente, por dos de los personajes más importantes del cine familiar y de aventuras de los 80 y 90, pero que fracasaron estrepitosamente con estas propuestas. ¿Casualidad? No lo creo.


Y aún podemos ir más allá. La tecnología permite incluso rejuvenecer a los actores para presentar una versión más lozana de sí mismos. Recordemos, por ejemplo, al Jeff Bridges de TRON: Legacy (Tron, Joseph Kosinski, 2010) o al Kurt Russell de Guardianes de la galaxia Vol. 2 (Guardians of the Galaxy Vol. 2, James Gunn, 2017), tan realistas que, si no conociéramos a los actores originales, hasta podrían pasar por personas de verdad. Pero ahí está la clave, en que sí conocemos el material de partida, y por tanto su recreación nos parece artificial e inquietante. Y después está la última frontera, el horizonte de sucesos de lo bizarro, la posibilidad de resucitar digitalmente a actores y actrices ya fallecidos para que vivan en la película. Lo hemos visto principalmente en la saga Star Wars (lo de Bruce Lee no lo vamos a contar), con los cameos de Peter Cushing y Carrie Fisher actuando desde ultratumba.


Así pues, demostrado científicamente o no, parece claro que el valle inquietante existe. Que hay un mecanismo en nuestro cerebro que nos alerta de la presencia de algo parecido a nosotros pero que no somos nosotros. Sin embargo, Mickey Rourke ha ido un paso más allá. Ya no se trata de robots parecidos a los seres humanos sin serlo, sino de seres humanos que ya no lo parecen aunque sepamos que lo son. Quizá con esa foto se activa un miedo atávico a la pérdida de nuestra propia identidad, al terror de que existan seres ajenos a nosotros que nos están sustituyendo como si fuéramos vainas. Y lo peor de todo es que, si esto fuera verdad, nuestra única respuesta posible sería hacer memes.



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