• Héctor Gómez

Maradona (no es una persona cualquiera)


Dejemos claro, desde un principio, que esto no es un panegírico de Maradona. No seré yo quien se sume a las desmesuradas muestras de duelo por la muerte del exfutbolista argentino, a los hiperbólicos adjetivos en torno a su figura deportiva. "No me importa lo que hiciste en tu vida, me importa lo que hiciste en la mía", la frase de Roberto Fontanarrosa que ha servido como moneda corriente en estos días de duelo mundial por la muerte del astro, no me representa en absoluto. Y no es que yo sea ajeno al fútbol, todo lo contrario. Lo he seguido, y lo sigo haciendo, desde muy temprana edad, y no puedo negar la emoción y los escalofríos al recuperar una y otra vez aquella imagen del estadio azteca del verano del 86, cuando Argentina vengaría a su manera la masacre de las Malvinas, tomando una revancha en el campo que sirvió a toda una generación de argentinos para recuperar la fe y el orgullo de su pueblo. Ese momento en el que un "ahí la tiene Maradona", narrado por el gran Víctor Hugo Morales, precede una serie de acontecimientos que, no por haberlos visto miles de veces, dejan de sorprender en cada visionado. Ese deambular, como flotante, de Diego sobre el verde quemado de México, esas piernas de defensas ingleses, como saetas lanzadas desde una atalaya, intentando cortar su avance. Ese crescendo de la intensidad de la narración a medida que el diez encara portería. Esa última gambeta, se diría que casi innecesaria (podría haber definido antes y no haberse colocado el balón hacia su pierna mala, la derecha), para sortear al portero. Ese "ta, ta, ta, ta" que preludia el éxtasis, la jugada de todos los tiempos, el país entero alzando el puño. El barrilete cósmico que no se sabe de qué planeta vino. La redención de una nación entera herida en su orgullo y con una generación de jóvenes (la mayoría casi coetáneos del propio Maradona) desaparecida para siempre en aquel fatídico invierno austral de hace cuatro años. La condensación, en fin, de todo lo que significa la figura del Diego Armando Maradona futbolista, capaz de hacer el mejor gol de la historia apenas tres minutos después de inaugurar el marcador del partido con una trampa flagrante, un gol con la mano que avergonzaría a cualquiera que lo hiciera hoy, delatado por los cientos de ojos digitales que ven cada partido, pero que por aquel entonces solo dependía de la agudeza de un juez de línea que, vayan a saber ustedes por qué, pensó que el salto de aquel jugador de apenas metro sesenta había alcanzado para golpear el balón con la cabeza y batir a Peter Shilton. Algunos dirán que fue una parusía adelantada, el advenimiento del Mesías vestido con una camiseta azul y con las formas rechonchas de un futbolista que parecía cualquier cosa menos eso. No tardaron en llamar a ese momento "la mano de Dios", con la exageración propia de la retórica futbolística argentina, tan dada al histrionismo y a la pasión. En ese momento, Maradona ya había alcanzado para muchos la superación de su condición humana y se había convertido en otra cosa. Diego murió el 25 de noviembre de 2020, pero la eternidad ya la había alcanzado más de 34 años antes.



Si algo ha traído esta sociedad de la (sobre)información es, entre otras cosas, la imposibilidad de adoptar una postura de alegría o de duelo sin que esté sometida a un implacable juicio moral. Lo hemos visto varias veces en este año especialmente luctuoso, donde a los millones de víctimas anónimas de la COVID-19 se han sumado un buen puñado de personajes famosos, algunos de ellos especialmente queridos por un amplio sector de la población. Este 2020 arrancó con la noticia del accidente mortal de helicóptero que se llevó por delante la vida de Kobe Bryant, su hija Gianna y otras siete personas. Y apenas hace unas semanas fallecía por causas naturales Sean Connery, el primer James Bond del cine y el actor que moldeó las aspiraciones de toda una generación de hombres. Con la muerte de Maradona, hace apenas unos días, se ha recuperado la misma dinámica que en los casos anteriores, donde a la corriente mayoritaria de lloros, recuerdos emocionados y promesas de trascendencia, se oponen algunas voces valientes que no se inhiben en señalar los aspectos más oscuros de la vida de estos iconos mundiales. La acusación de violación contra Kobe Bryant en 2003 -que el propio jugador reconoció, aunque apuntando que pensaba en su momento que era una relación consentida y que se resolvió pagando una cantidad desorbitada a la víctima-, el famoso vídeo en el que, en una entrevista, Sean Connery afirma sin pudor la necesidad de golpear a las mujeres con la mano abierta si se ponen contestonas, o los innumerables puntos oscuros de la vida de Diego Armando Maradona relacionados con la violencia de género o el sexo con prostitutas menores de edad, son ejemplos que muchos (y sobre todo, muchas) han puesto sobre la mesa para incidir en lo injusto de ensalzar a figuras con circunstancias tan reprobables en su currículum personal. Eso sí, no faltan los que, para defenderse, enarbolan la tan manida separación del autor y su obra -como si eso fuera posible-, y la insistencia en que esos episodios turbios no empañan una carrera profesional que ha servido de inspiración y de ejemplo para millones de personas.


En un interesantísimo artículo publicado en El País, la periodista Begoña Gómez Urzáiz señalaba, con gran acierto, la enorme paradoja que supone que un buen puñado de políticos -incluídos el presidente del Gobierno y el vicepresidente segundo-, y destacadas personalidades de izquierdas, dedicaran mensajes a mayor gloria de Maradona, apenas unas horas después de publicar los tuits de rigor para conmemorar el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Es innegable que la izquierda se enfrenta a un conflicto de intereses en lo que respecta a Maradona, por lo que supone su figura como "mito del proletariado" -el niño nacido en Villa Fiorito, el barrio más pobre de Buenos Aires, que acaba convertido en héroe de todo un país- y su amistad con figuras como Fidel Castro o Hugo Chávez, en contraposición a su indefendible comportamiento en lo personal. Sin embargo, esta contradicción suele sortearse, la mayoría de veces, haciendo uso de la ambigua expresión "luces y sombras", como si esas sombras no representaran, una vez más, el abuso sistemático y sistémico contra la mitad de la población. Así, el conflicto entre la nostalgia y la responsabilidad, entre lo pasional y lo racional, se resuelve con brocha gorda, con frases generales que intentan escurrir el bulto para no entrar en consideraciones que, analizadas en profundidad, no hacen sino amenazar nuestro asentado sistema de valores.



Volviendo al principio de este texto, no seré yo quien defienda a Maradona, nada más lejos. De hecho, después de hacer el ejercicio de recuperar el documental Diego Maradona (Asif Kapadia, 2019) -que se ha reestrenado en salas de cine y en Filmin aprovechando la coyuntura de su muerte- me reconozco muy poco, por no decir nada, en esas imágenes de pasión desaforada y de idolatría por el astro argentino. La película se centra especialmente en la etapa del Pelusa en el SSC Napoli (1984-91), equipo italiano de palmarés exiguo, hazmerreír de sus poderosos vecinos del norte y objeto de burlas contra toda una ciudad (y una región, por extensión, como el sur de Italia) al respecto de la higiene y las supuestas costumbres bárbaras de sus habitantes. Maradona, en apenas un lustro, lleva a este equipo a la cumbre del fútbol italiano, ganando el inolvidable Scudetto de 1987 (un año después de coronarse como campeón del mundo con la selección argentina) y unos cuantos títulos más, y dejando en la ciudad una huella imborrable. Por el camino, el documental muestra también las estrechas relaciones del Diego con la camorra, su adicción a la cocaína y la espiral descendente que trajo como consecuencia.


Kapadia nunca ha sido un documentalista tanto como un montador, ya que sus películas se construyen a partir del ingente material de archivo que otros habían grabado. Tanto en Senna (2010) como en Amy (la chica detrás del nombre) (2015) y, por supuesto, en Diego Maradona, lo que le interesa a Kapadia es construir el relato clásico del camino del héroe, desde sus orígenes humildes hasta la gloria, para después registrar su descenso a los infiernos y dejar abierta la puerta a una posible redención. Una redención que no fue posible en el caso de Ayrton Senna (fallecido en un accidente en un entrenamiento del Gran Premio de San Marino en 1994) y Amy Winehouse (víctima de la "maldición de los 27" en 2011), que ya habían muerto en el momento de elaboración del documental, pero que en el caso de Maradona era todavía posible. De hecho, la película se cierra con la famosa entrevista en la televisión argentina de 2004, donde un Maradona obeso, hinchado por la medicación contra la depresión y el síndrome de abstinencia, rompe a llorar reconociendo cómo la droga ha acabado con su carrera y su vida. Sus lágrimas ya no son las de un superhombre, sino las de un ser humano consumido por sus propias adicciones. Kapadia culmina el documental alternando imágenes del Diego post-fútbol con aquellas de sus momentos de juventud y gloria, trazando un paralelismo entre lo que fue y lo que acabó siendo, contraponiendo dos Maradonas antagónicos, separados por una vida de excesos y decisiones cuestionables.


Reconozco que acudí al documental de Kapadia esperando respuestas a esa contradicción entre la persona y el mito, pero acabé con la sensación de estar lejos de encontrarlas, en parte porque Kapadia no está en absoluto interesado en ello, sino más bien en dibujar la curva evolutiva que va desde la gloria hasta el ocaso. No me reconozco en aquellos hombres (porque, asumámoslo, siempre son hombres) que gritan, lloran y festejan los triunfos y las derrotas de su equipo, que anteponen el fútbol a todo lo demás -"el fútbol es la más importante de las cosas menos importantes", como dijo Jorge Valdano-. Hombres adultos y curtidos que se dan empujones por poder tocar a su ídolo, que se abrazan sudorosos en una grada para corear cánticos de apoyo, en la expresión homoerótica más socialmente aceptada del patriarcado. No me reconozco, en definitiva, en aquellos a los que solo le importa lo que Maradona hizo en sus vidas en lugar de lo que hizo en la suya. Sin embargo, tengo que reconocer la importancia de la figura de Diego Armando Maradona en tanto nos obliga a enfrentarnos a nuestro propio reflejo y a asumir, e intentar cambiar, nuestras propias contradicciones. Maradona es capital para entender la cultura del espectáculo, aquella en la que el fútbol (espectáculo global por antonomasia) ha sustituido a la mitología para crear todo un sistema nuevo de conductas, afinidades y animadversiones. La épica y la retórica bélica se dan en el rectángulo de juego, convertido en nuevo escenario en el que los héroes y los villanos libran sus batallas. Y conviertiendo todo lo demás en cosas menos importantes.