• Abel Campillos

Dos papas para dos Oscars (Los dos papas, 2019)


La Capilla Sixtina que se ve en la película es falsa. Quitémonos eso de encima para empezar. Los dos papas (The Two Popes, Fernando Meirelles, 2019) va a jugar durante toda la película al despiste, a hacernos creer que todo lo que vemos es la realidad.


Benedicto XVI (Anthony Hopkins) abdicó y Francisco I (Jonathan Pryce) se convirtió en papa. A eso, ni más ni menos, se refiere su “basado en hechos reales”. Ese es el primer recurso que utiliza en su trampantojo para que creamos en su realidad. Para hacer pasar lo ficticio como verdad, que el drama al que asistimos es telerrealidad, un Gran Hermano en el Vaticano.


La gramática visual simula que todo sucede en el momento, hasta el punto de que macetas y columnas ocupan primeros planos, como si el operario de la cámara debiese improvisar y moverse rápidamente para enfocar a uno de los dos papas. Prácticamente se puede sentir cómo maldice cuando debe volver a ajustar el enfoque porque aún le queda una última frase lapidaria al cardenal argentino. O hay dos cortes rápidos como si se tratase de un fallo del realizador y hay que volver a Anthony Hopkins para que con esa maestría que da tantos años en la cima, nos enseñe cómo debe sentarse un viejo y ciego papa arrepentido.


En este juego del falso directo hay fallos de continuidad hechos claramente a propósito, cómo que la realidad no se puede detener, pero debe ser editada. Los zooms temblorosos para mostrar la verdad de los actores recuerdan a la nueva ola de sitcom simulando documentales, incluso uno se queda con ganas de que Bergoglio mire a cámara después de que el papa sea incapaz de entender una de las bromas del argentino.


Y repito el “cómo” y pongo énfasis en las comparaciones, porque es una película con su planificación, su guion técnico y su montaje. De este juego visual los que salen ganadores son sin duda sus dos protagonistas, pues toda la película queda en un segundo plano ante Anthony Hopkins y Jonathan Pryce, y así lo ha reconocido la academia nominando a ambos a un Oscar. Los personajes, los actores y la interpretación por encima de cualquier otra consideración.


Todas estas decisiones de hacer pasar la realidad por ficción sirven para que uno tome inevitablemente partido por el bueno y futbolero de Bergoglio. Un repaso por la vida de ambos personajes que se convierte en un blanqueamiento de la vida y obra del papa argentino. Benedicto XVI y Francisco pasan todas las fases de una comedia romántica hasta terminar bailando ambos un tango mientras por el camino vamos conociendo el lado ecologista, anticapitalista y solidario de Francisco para, una vez demostrado la superestrella que es, ver entre bambalinas cómo se prepara para salir al balcón como una preciosa y perfecta Beyoncé antes de subirse al escenario.

La luz contra la pantalla

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