• Jaime Estrela

Tropezar con la misma piedra


Desde 1985, el legendario estudio de animación japonés Ghibli ha aportado a la historia del cine numerosas películas que ocupan un lugar relevante en el recuerdo de la mayoría de los cinéfilos. Es gracias a uno de sus fundadores, Hayao Miyazaki, a quien el estudio le debe la mayoría de sus obras maestras. Films del director como El viaje de Chihiro (Sen to Chihiro no kamikakushi, 2001) o La princesa Mononoke (Mononoke-hime, 1997) han marcado un antes y un después en la evolución de la animación.


Dentro de la compañía, el hijo de Hayao, Gorô, también ha tenido la oportunidad de aportar su propio sello personal con historias de un cariz distinto a las de su progenitor, pero en las que se nota la herencia de su estilo. A pesar de que el cabeza de Ghibli parecía estar retirado, el estudio llevaba años sin estrenar película, y desde la maravillosa El cuento de la princesa Kaguya (Kaguyahime no monogatari, Isao Takahata, 2013), parecía no explorar nuevas formas de narrar. Hasta ahora.


Basándose en una novela de Diana Wynne Jones, Hayao Miyazaki guioniza una novela que delega en su hijo para que la dirija. La cuestión es que, por primera vez en su historia, Ghibli apuesta por sumarse a la tendencia de la animación digital en tres dimensiones. A raíz de esto surgen dos cuestiones, lo que pretenden transmitir los Miyazaki en Earwig y la bruja (Âya to majo, 2020), y la forma en la que lo van a conseguir.



Earwig es una niña huérfana que parece muy feliz en el orfanato, pero llega un día en el que una bruja y un hombre siniestro la adoptan. A nivel de contenido, la película explora muchos temas comunes en la filmografía del estudio Ghibli. La curiosidad infantil, el poder de la inocencia o la lucha por la justicia, todo ello a través de una intrépida protagonista que bien encajaría en el marco de heroínas del estudio, que nos ha brindado personajes brillantes. El problema es que Earwig se antoja como una niña mimada, cuyo conflicto es tan simple que ni ella lo conoce y como ella no es consciente del drama de su pasado, la película no parece preocuparse por contar nada más allá de simples travesuras inconexas.

Todo esto está ubicado en un mundo en el que la magia y la música tienen la misma importancia, forman parte del mismo poder. Gorô Miyazaki abusa del elemento musical para subrayar el componente fantástico de la cinta hasta el punto de llegar a ser cansino y repetitivo. Lo que sumado con lo anterior, provoca que Earwig y la bruja derive en un mal videoclip que se apoya en un giro final de guion muy poco justificado y que siembra dudas sobre lo que los creadores pretenden plantear a la hora de realizar el film.


Además de que a nivel narrativo parezca más una broma de mal gusto que una película a las que los Miyazaki nos tienen acostumbrados. A nivel visual se aleja, a un nivel tan elevado, tanto de la animación tradicional como de la digital que merece por lo menos que la gente le dedique su curiosidad. Aunque se trate de este tipo de animación más moderno, poco tiene que ver con estilo imperante estadounidense. Los movimientos, las texturas y los colores, parecen beber directamente del anime japonés más canónico, el problema es que su traslado a las tres dimensiones parece eliminar la belleza de la artesanía que solía reinar en otras producciones de Ghibli. No es que en Earwig y la bruja no se hayan cuidado los detalles, sino que los han enfocado de tal manera que a nivel estético no funcionan nada en comparación con sus otras obras.


En definitiva, la última película del célebre estudio es un experimento (fallido) que por venir de quien viene podemos perdonar. Pero no podemos evitar alegrarnos al saber que Ghibli va a volver a la animación tradicional en sus próximas películas, por lo que de este modo esperemos que no vuelvan a tropezar con la misma piedra.