• Abel Campillos

El lugar que nos construimos


En la breve presentación de la película a cargo de Rodrigo Cortés en el tour de preestrenos que hizo una semana antes de su estreno oficial, el director comentó que el contexto de la película lo llevábamos cada uno de casa.


Porque asumamos que si hay un periodo histórico ampliamente explorado por el cine es la Segunda Guerra Mundial y en especial todo lo que rodea al horror nazi. Un enemigo soñado por cualquier narrador, al no hacer falta motivación alguna para justificar sus deleznables actos. Solo es necesario ponerle al personaje una esvástica en el antebrazo, un fusil en la manos y una malvada sonrisa.


Por tanto, cuando el primer título se muestra en pantalla y nos sitúa la película en el gueto de Varsovia, uno ya sabe de que enemigos están huyendo los personajes y lo que es peor que es lo que pasará si una de esas balas de soldados sin rostro visible les llega alcanzar. Y es en esa aparente y en teoría “innecesaria” primera presentación, cuando la película muestra todo lo que será en las próximas dos horas con un maravilloso primer plano secuencia de 12 minutos, donde hay espacio para todas las emociones e incluso los pecados: la avaricia, el miedo, el humor, la blasfemia, la esperanza y la violencia suceden sin un corte en un camino apresurado al escenario donde aparentemente todo deberá quedar atrás cuando el telón se levante, empiece la función y la luces de bombillas precarias den paso a la mentira de la pantomima.


El amor en su lugar (Rodrigo Cortés, 2021) es una pequeña y real anécdota dentro de la Historia escrita en mayúsculas de la Segunda Guerra Mundial, una obra de teatro, con su libreto, sus actores judíos y su música en directo, y que se llegó a estrenar durante la ocupación alemana. En la anormalidad de esa situación, la película cuenta dos historias en paralelo, que se van entrecruzando y vinculando a través de un maravilloso montaje: una sobre las tablas, donde unos actores interpretan una boba comedia sobre la situación del propio gueto en el que viven, y otra detrás del telón donde esos mismos actores están tomando decisiones cruciales con repercusiones en su vida entre interludios y actos en que no les toca representar.


Esta dualidad entre el horror vital y una interpretación del arte como inevitable necesidad humana de seguir contando su propia realidad viene acompañada por recursos cinematográficos que llenan la pantalla de pronunciados contrastes de realidad e irrealidad. Al ya mencionado montaje, señalar la maestría del uso de la luz para construir los espacios. Una luz blanca en un vacío callejón a pocos metros de la muerte, una oscuridad en la prohibición detrás del telón, y esa artificialidad que suspende el horror entre canciones pegadizas y chistes que arrancan alguna risa del público, pero que no consiguen sacarles las manos para ese tan ansiado aplauso.


Además, en esta ocasión el director de Buried (2010), lejos de volverse a encajonar mueve la cámara hacia todas direcciones y por todos los pasillos haciendo que en un solo escenario de producción quepan todos los personajes del gueto (los rebeldes, la policía judía, el rabino, etc.) y todas las historias que sucedieron y que ya conocemos de otras historias, vidas enteras que se resuelven con planos a través de las caras de los espectadores que atienden a ese breve refugio del teatro. Y con la música de Víctor Reyes y del propio Rodrigo Cortés consiguen destacar y adquirir relevancia para captar el tono y crear, también con canciones y banda sonora, dos ambientes sonoros diferentes convirtiendo la obra y su contexto en una realidad perceptible con los sentidos más allá de la pantalla.

Si no fuese completamente imposible, uno aseguraría que sus creadores fueron testigos de la función, como productores entusiastas de una obra de Broadway, y que ahora con absoluta fidelidad han llevado a la pantalla. Pero sorprendentemente todo esto sale de unos apuntes y unos pentagramas que han sobrevivido al horror de su tiempo.