• Revista Luciérnaga

El buen patrón (y los no tan buenos)


Con cada nueva edición de la gala de los Goya nos invade la sensación de que se ha perdido una buena oportunidad (otra más) de hacerlo mejor. Al final, uno tiene la sensación de que la ceremonia ha sido más aburrida que otros años, que los discursos han sido más plomizos o han tenido menos emoción que otras veces. No ayuda, además, que la Academia prescinda de la figura del presentador que, aunque nunca está exento de su cuota de odio y de crítica por parte de los ofendidos de turno, al menos sí contribuye a dotar una ceremonia ya de por sí aburrida como concepto (personas que salen a un escenario a agradecer a otras personas que solo ellos conocen) de cierta ligereza, de cierto riesgo.


Por otro lado, el presentador o presentadora hará chistes, con más o menos gracia, sobre las películas nominadas, y ayudará a que gran parte del público al menos las conozca. Pero ni eso. Los Goya 2022 fueron excesivamente solemnes (tenía sentido que lo fueran el año pasado, en la época más dura de los confinamientos), con una gravedad que se contagiaba desde el escenario hacia el patio de butacas, o quizá fuera al revés.


De nuevo, se pone de manifiesto la curiosa paradoja endémica al cine español, la que indica la enorme divergencia entre los datos de público en salas y el elenco de películas nominadas. Las películas más taquilleras no suelen estar presentes en ninguna categoría (que se lo digan a Santiago Segura), y las más premiadas suelen tener un paso tirando a discreto por los cines. Está por llegar el momento en el que el cine español se desprenda por completo de sus complejos, en ambos extremos, para que podamos reconocer el mérito de nuestro cine sin sentir vergüenza por las películas que atraen a más gente a las salas. Pero ese momento parece lejano.


En lo que respecta a los premios en sí, El buen patrón fue la indiscutible ganadora de la noche. No tanto por la proporción de galardones respecto a las categorías en las que competía (6 de 20), sino por acaparar las estatuillas más codiciadas: mejor película, mejor director, mejor guion y mejor actor principal. Además de la de mejor montaje y mejor banda sonora, que recayeron felizmente además en dos mujeres como Vanessa Marimbert y una emocionadísima Zeltia Montes. Sin embargo, el reconocimiento de la Academia a El buen patrón como mejor película encierra otra de esas paradojas tan habituales en estos tiempos líquidos. Porque el discurso de agradecimiento fue pronunciado por Jaume Roures, el poderoso empresario y productor que en 2012 se acogió a un ERE salvaje para despedir a buena parte de la plantilla de la edición en papel del diario Público, en una maniobra que hubiera hecho las delicias de Julio Blanco, el patrón sin escrúpulos (pero campechano) al que da vida Javier Bardem. Una pirueta del destino, cuanto menos, la del productor recogiendo un premio por una película que denuncia las prácticas que él mismo puso en práctica. Y, por si queda alguna duda, no está de más recordar aquello que pasó en 2012 de la mano de uno de sus damnificados: el periodista Pere Rusiñol:

Por si esta situación, cuanto menos contradictoria, no fuera suficiente, pocas horas después de la gala conocíamos el «Caso Valentina». Valentina fue reconocida como mejor película de animación (este año al menos había más de una candidata), y subió a recoger el Goya su directora Chelo Loureiro. Sin embargo, poco después se publicó un comunicado firmado por varios trabajadores de la película, en el que no solo se denunciaban impagos, sino que se afirma que Loureiro se habría arrogado el título de directora de la película sin haber ejercido como tal (sí como coguionista, productora y voz de uno de los personajes), y que habría modificado los créditos de forma fraudulenta y sin avisar al resto de participantes en el film, que se enteraron una vez Valentina estuvo estrenada.



















Estas dos polémicas, paralelas e independientes a la discusión artística sobre las propuestas. contribuyen a la desafección de cierto sector de la ciudadanía respecto a nuestro cine, y son caldo de cultivo para que se recurra una vez más a la carta de las subvenciones como argumento incontestable para criticar a todo un sector económico. De poco sirve intentar derribar mitos al respecto de las tan manidas subvenciones, y utilizar argumentos tan de sentido común como que hay muchas otras actividades igualmente subvencionadas, que la industria del cine soporta decenas de miles de puestos de trabajo o que las ayudas públicas al cine en nuestro país son irrisorias comparadas con las de otros países de nuestro entorno. Pero nada de eso es suficiente cuando ya se tiene la idea preconcebida de que el cine es un chiringuito donde impera el amiguismo y no la meritocracia, y donde no se debería poner dinero en proyectos que van a ser deficitarios. Si no supiéramos de lo que están hablando, se diría que hablan del mundo de la banca.