• rubigiraldezgonzal

Hombre o bestia


Las calles de Guadalajara vieron nacer no solo a uno de los grandes directores de nuestro tiempo, sencillamente a una de las mentes creativas más prolíficas y singulares. Ya con su debut cinematográfico, Cronos (1993), quedó claro lo mucho que tenía que contar y plasmar Guillermo del Toro en imágenes. Con una fascinante reinvención del mito vampírico protagonizada por un Federico Luppi que ya venía a revelar la mirada más profunda y sincera con la figura del monstruo que el mexicano no ha dejado nunca de convertir en tema recurrente en todas sus creaciones. Y esta nueva adaptación del clásico literario de William Lindsay Gresham no es la excepción.


El callejón de las almas perdidas (Nightmare Alley, Guillermo del Toro, 2021) venía amparada tras la inusitada cosecha de estatuillas centrales de La forma del agua (The Shape of Water, 2017) en la 90º Edición de los premios Oscars. Lo cual dio vía libre al cineasta para hacer lo que quisiera junto a Fox Searchlight Pictures, dando la sensación de acabar con la mala racha de desconfianza de grandes estudios y productoras tras la terrible recepción en taquilla estadounidense de su tan reivindicable blockbuster Pacific Rim (2013). Lo cual terminó de soterrar muchos ansiados proyectos pendientes, como ese final de trilogía de Hellboy encarnado por Ron Perlman, lo cual generó ya de entrada un rechazo al salvaje reboot de Neil Marshall con David Harbour como nuestro “Chico” infernal, también defenestrado. O su adaptación de En Las Montañas de la Locura, que habría sido la película de género de terror más costosa de la historia, contando con la presencia de Tom Cruise (sudores fríos pensando en La Momia que inició y terminó con ese bonito sueño del Dark Universe), pero no con el beneplácito de los productores, los cuales solo financiarían el proyecto con una considerable bajada en la calificación por mantener el contenido gráfico y visceral del relato original de Lovecraft.


Pero de forma totalmente desastrosa, la compra de Fox por parte de Disney no ha llevado a más que decidir estrenar en suelo estadounidense esta Nightmare Alley el mismo mes que el ansiado evento multisala Spider-Man: No Way Home (Jon Watts, 2021). Traduciéndose en un batacazo monetario que parece difícil que lo salve la taquilla internacional en su desembarco tras la gélida acogida yanqui, seguramente quedando a la espera de sumar visionados cuando le toque integrarse al catálogo de Disney+ como otras propuestas más alejadas de los cánones del cine comercial actual. Porque Nightmare Alley es un increíble ejercicio fílmico de traslación del estilo y sabor del Hollywood clásico, pero con una puesta al día en lo visual y técnico apabullante. En total sintonía con los últimos trabajos cinematográficos del director, con sus exquisitos juegos de época en La Cumbre Escarlata (Crimson Peak, 2015) y la ya mentada La forma del agua.



Al ya conocedor de los gustos y referentes audiovisuales del mexicano, le podría llegar a extrañar que el director escogiese precisamente realizar una nueva adaptación de esta novela homónima ya visitada en el celuloide en 1947 por Edmund Goulding, en vez de hacer lo propio con La parada de los monstruos (Freaks, Tod Browning, 1932), indudable film fetiche para Guillermo del Toro y la formación de su pura sensibilidad por las figuras más deformadas, trágicas y detestadas. A poco más de iniciar su Nightmare Alley queda claro que no había esa necesidad, y que la historia escrita por Lindsay Gresham le permite realizar su sentido homenaje al mundo retorcido circense de Browning, que la versión de 1947 apenas pudo atreverse a mostrar, acogiendo más a los desamparados de la serie Carnivàle (Daniel Knauf, 2003), más que a los de la temporada Freak Show de American Horror Story. Con un apasionante y decadente microcosmos que va más allá de un vacío estético estilizado, un pedazo itinerante dejado de la mano de Dios donde van a parar estas almas pérdidas con la última incorporación del galán buscavidas, encarnado aquí por Bradley Cooper. El cual parte en esta adaptación coescrita por Del Toro y Kim Morgan de un potente prólogo que ya nos prepara para esa insondable odisea a los recovecos más oscuros y retorcidos del ser humano en un relato noir que ya en su primera adaptación, aún con la dulcificación del Código Hays en un ambiente de posguerra, lograba sobresalir de tantos lugares comunes de ese género.


Guillermo del Toro llega a pecar de ambicioso, adscribiéndose a unos cánones puramente clásicos a la hora de filmar su Nightmare Alley, que también busca retratar las dos partes que conforman la perversa historia de estrellato de Stanton Carlisle en su Pesadilla Americana. Pero si la adaptación de Edmund Goulding logró una notable homogeneidad, Del Toro no puede dejar más claro que donde más conecta con el interés de la audiencia es en su primera parte, en la feria regentada por Willem Dafoe. Y eso que claro que la película agradece y mucho la poderosa presencia de Cate Blanchett en un papel que se carcajea de forma sardónica y desgarradora del tropo de femme fatale fetichizada. El trabajo de escenografía destaca en las fastuosas salas de fiesta y demás espacios de la acomodada sociedad urbanita, en contraposición con la triste mugre de los estratos más bajos de la sociedad. Incluso el mexicano indaga más a fondo en las macabras consecuencias de las engañifas del celebrado vidente primerizo, jugueteando con un estilo de historieta de crimen y suspense de EC Cómics en consonancia con su adelantado y crudo desenlace. La apuesta narrativa que busca Del Toro es más completa, pero no logra ser todo lo redonda (a falta de ver ese corte del director que eleva el metraje a más de tres horas) y de empaque efectista que fue La forma del agua, haciendo difícil granjearse el entusiasmo del gran público. Una lástima cuando estamos ante la muestra más representativa del talento, veteranía y valor cinematográfico de Guillermo del Toro, con un acabado visual mimado y excelso (cuyo minucioso trabajo de fotografía era inicialmente para proyectarse en blanco y negro, notándose en los claros contrastes), unas nuevas impecables partituras de Alexandre Desplat y un gustoso trabajo actoral coral incluso con el personaje de Rooney Mara, que también estuvo limitado en la anterior versión fílmica.


No creo que podamos esperar cierta justicia en suelo estadounidense gracias a las nominaciones para la próxima edición de los Premios Oscars. Una dolorosa lástima para una muestra tan increíble de sentida oda al cine clásico desde la perspectiva y atrevimiento actuales, para un descarnado cuento moral libre de panfletismos baratos. Un profundo vistazo a la peor oscuridad humana que engendra los monstruos que realmente nos aterran y caminan entre nosotros en este carrusel más convulso y triste de lo debido.