• Héctor Gómez

El cyborg que salió del vertedero (Alita: Ángel de combate, 2019)



Una de las preguntas más repetidas a lo largo de la última década en Hollywood (y formulada ya casi como un running joke) es cuándo estrenará James Cameron las seculas de Avatar (2009) que lleva preparando desde el éxito de la primera entrega. Las aventuras CGI de los Na'vi de Pandora supusieron una revolución en la por aquel entonces incipiente tecnología del 3D, y más allá de lo formulaico de su guion y lo retrógado de alguno de sus planteamientos, lo cierto es que Avatar posee un mérito innegable en el apartado visual que le otorga merecidamente un puesto importante en la historia del cine. Pero después de eso Cameron no se dejó llevar por las prisas y por la (aparente) necesidad de estrenar una trilogía cuanto antes, y ha decidido cocer a fuego lento las siguientes entregas de la saga, aún a riesgo de estrenarlas cuando ya casi nadie recuerde (o le interese lo más mínimo) su trama.


Por eso, aunque desde mediados de los 90 ha tenido en mente la posibilidad de adaptar para el cine el manga Alita, ángel de combate (GUNNM, Yukito Kishiro, 1990-95), ha ido postergando el proyecto hasta correr el peligro de quedar para siempre olvidado en un cajón. Pero el destino ha querido que un gran fan del manga original como es Robert Rodriguez haya pedido a Cameron dirigir la película, quedando el canadiense en las funciones de productor y el tejano como realizador del filme.


Con Alita: Ángel de combate (Robert Rodriguez, 2019) pasa como con Avatar, películas que abruman en el apartado técnico pero flojean en la factura general. El mérito de crear un personaje exclusivamente con CGI (a partir de los gestos de Rosa Salazar) y conseguir ese grado de verosimilitud (big eyes aparte) se apunta en el haber de la película. Como ya hiciera Peter Jackson y su equipo con el personaje de Gollum en El señor de los anillos: Las dos torres (The Lord of the Rings: The Two Towers, 2002), Alita parece adelantarse a su tiempo en lo que respecta a los personajes creados virtualmente y anticipa lo que parece ser ya una realidad: la desaparición definitiva de la definición de película de acción real, concepto que no tiene sentido cuando la mayoría de los planos del filme han sido creados de cero a partir de un software. Steven Spielberg (y quién mejor que él para señalar el camino) ya nos avisaba el año pasado con Ready Player One (2018) y nos anunciaba que el futuro puede estar plagado de imágenes virtuales y que el límite de lo que se puede mostrar en una pantalla lo marca solo la imaginación.


Pero más allá de consideraciones técnicas, Alita tiene la intención de crear una marca reconocible, de ser el nuevo blockbuster en los tiempos de la tiranía de Marvel-Disney. Rodriguez quiere competir con los gigantes en su mismo terreno, el de las trilogías y el órdago visual, pero flaquea en ofrecer un producto que convenza por la potencia de su historia o el carisma de sus personajes. Más allá del interés que pueda suscitar la protagonista, guerrera amnésica en la búsqueda de su propia identidad, y el de su “padre” espiritual, el científico-chapista con trauma interpretado por Christoph Waltz, lo cierto es que el resto de personajes adolecen de profundidad (a pesar de la presencia de Mahershala Ali o Jennifer Connelly) y, en algunos casos como el del love interest de Alita (Keean Johnson), rozan la vergüenza ajena.


Con todo, Alita: Ángel de combate juega sus bazas en la borrachera de efectos visuales y en la referencia más o menos velada a clásicos que van desde Blade Runner a Pinocho. Quiere que el motorball sea el nuevo quidditch, y aspira a que su público potencial sean los adolescentes que disfrutaron con Spy Kids pero a los que ya les están saliendo los primeros pelillos en las axilas. Su final abierto anticipa nuevas entregas, pero habrá que ver si llegan antes (o después o nunca) de que Cameron se saque de la manga su última carta azul.

La luz contra la pantalla

Revista Luciérnaga   Cine, Series y más.