• Héctor Gómez

El fin de curso de Spider-Teen (Spider-Man: Lejos de casa, 2019)



Es de justicia reconocer que la propuesta de Disney y Marvel de erigirse en paradigma y modelo a seguir en lo que respecta al blockbuster de comienzos siglo XXI está cosechando unos resultados inmejorables. A pesar de sus muchas irregularidades en más de un caso, cada película del MCU se convierte sistemáticamente en un éxito de taquilla, y eso a pesar de que la táctica de Disney –la de atiborrar la parrilla de estrenos con una película cada pocos meses­– podría suponer cierto riesgo por aquello de saturar a los espectadores, pero de momento esto no se ha producido ni tiene visos de producirse en un futuro cercano.


Y es que Disney-Marvel parece haber dado con la fórmula mágica. Esa misma con la que sueñan encontrar sus rivales directos, todavía a años luz en lo que a réditos económicos se refiere. El MCU ha dado con la tecla adecuada a base de repetir un modelo de éxito con mínimas modificaciones, prescindiendo casi siempre del sello autoral de directores con estilo propio (el batacazo de DC con Zack Snyder es antológico) para poner al frente de sus proyectos a realizadores de un perfil más bajo que desempeñan su labor bajo el paraguas del estudio y, de forma nada desdeñable, de la larga sombra de Kevin Feige, auténtico cerebro tras el éxito del cine marvelita reciente.


Por si fuera poco, Marvel ha sabido trasladar a la pantalla las características peculiares de cada personaje, estableciendo así un tono diferente para cada una de sus franquicias. Así, Spider-Man: Homecoming (Jon Watts, 2017) ya destacaba por reflejar el espíritu desenfadado y algo naif del personaje de Peter Parker/Spider-Man, que no deja de ser un adolescente al que el gran poder y la gran responsabilidad le llega en el momento de mayor eclosión hormonal. Homecoming parecía, a ratos, una película de instituto que podría haber firmado perfectamente el mismísimo John Hughes, en las antípodas de la gravedad que se reservan otros títulos del MCU y que representó, por tanto, un soplo de aire fresco mientras los fans se preparaban para la Guerra del Infinito.



Spider-Man: Lejos de casa (Spider-Man: Far from Home, Jon Watts, 2019), el título final de la Fase 3 del MCU, repite punto por punto la fórmula que hizo triunfar a su predecesora: la trama de enredos y enamoramientos adolescentes, el chascarrillo continuo, el villano que surge de los márgenes del desarrollo capitalista y, ante todo, el carisma imponente de Tom Holland. Si Vengadores: Endgame (Anthony & Joe Russo, 2019) ­se atascaba en su primera parte en el relato pesaroso de los supervivientes al chasquido de Thanos y en su imposibilidad para sobrellevar el duelo y la pérdida, aquí la película solventa ese trauma con humor, marcando territorio desde la primerísima escena, en la que a través de un Power Point chapucero se recuerda a todos los caídos (y posteriormente recuperados) en la aniquilación de la mitad de la población del universo. Esa será la única concesión a la nostalgia que se permite Lejos de casa, porque de inmediato arranca el baile de las feromonas adolescentes, y el lapso (el tiempo que pasaron los caídos desde su desaparición hasta su regreso) sirve como excusa para alargar el periodo del instituto hasta una edad provecta, justificando así el road trip por Europa que actúa como hilo conductor de toda la trama.


Con una primera hora de película de desarrollo algo moroso y atiborrado de chistes y punchlines, el previsible giro argumental hacia la mitad del metraje (el amigo del héroe es en realidad el villano de la función), Lejos de casa confía todo a la carta de su pirotécnica segunda parte y al histrionismo de Jake Gyllenhaal como Mysterio. Por el camino, el sorprendente hallazgo de la idea de cómo la imagen lo es todo en la sociedad contemporánea, y la facilidad con que se puede manipular y convencer a las masas en este mundo de la generación Instagram, donde la pose, el selfie y las stories son las nuevas monedas de cambio. Mysterio, igual que Vulture (Michael Keaton) en Homecoming, es una de las víctimas colaterales del desarrollo tecnológico y capitalista. Si este limpiaba (literalmente) las ruinas que dejaban los superhéroes tras sus hazañas, aquel es la mente detrás de la tecnología que hizo rico y famoso a Tony Stark/Ironman (Robert Downey Jr.), y reclama para sí el reconocimiento que siente que le arrebataron.


De este modo, resulta sorprendente cómo una vez más el cine más mainstream es capaz de deslizar ideas en apariencia subversivas, para después combatirlas en la consabida lucha por regresar al statu quo. Este conato de rebeldía, el espíritu desenfadado y burlón de toda la película y ciertos hallazgos visuales (la escena en la que Mysterio tortura a Spider-Man a través de la realidad aumentada) son los puntos fuertes de Lejos de casa. Aun así, todos estos puntos fuertes (incluidos los hallazgos visuales), ya los presentaba –con mucha mayor naturalidad­– un film como Spider-Man: Un nuevo universo (Spider-Man: Into the Spider-Verse, 2018), la que es hasta hoy, y mientras no se demuestre lo contrario, la mejor película de Spider-Man.

La luz contra la pantalla

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