• Héctor Gómez

El fin de la utopía mod (Quadrophenia, 1979)


En una de las primeras escenas de Quadrophenia (Franc Roddam, 1979), dos jóvenes mantienen una curiosa discusión en una casa de baños del centro de Londres. Uno de ellos, Kevin (Ray Winstone), comienza a cantar Be-Bop-A-Lula de Gene Vincent, a lo que el otro chico, Jimmy (Phil Daniels), responde que deje de cantar esas “mierdas anticuadas” y empieza a entonar el estribillo de You Really Got Me de The Kinks. Ambos jóvenes se van calentando por el fragor de sus respectivas canciones, utlizando ambas melodías como un ataque al enemigo. Cuando la situación sube de tono, Jimmy se asoma a la bañera de su rival para amenazarle, para descubrir que Kevin es ese amigo de la infancia al que le había perdido la pista. Los dos jóvenes comparten una historia y un pasado comunes, pero sin embargo están irremediablemente separados y enfrentados: Kevin es rocker y Jimmy es mod. Estamos en el verano de 1964, y en aquel entonces eso era motivo para iniciar una guerra.


Cuando se estrenó Quadrophenia, a finales de los 70, el movimiento mod hacía tiempo que había perdido vigencia. La historia de la segunda mitad del siglo XX se caracteriza, entre otras cosas, por una sucesión vertiginosa de modas, tendencias, estilos musicales y, en general, por todo aquello que se puede englobar dentro de la llamada cultura pop. A diferencia de lo que había sucedido hasta entonces, los estilos artísticos aparecen y desaparecen a tal velocidad que es muy complicado seguirles la pista antes de que sean sustituidos por algo más nuevo. En las décadas que siguieron al fin de la Segunda Guerra Mundial, los jóvenes en Europa y Estados Unidos ya no morían en trincheras en territorio enemigo. El crecimiento económico había traído consigo una nueva etapa vital, la adolescencia, cuyas batallas se libraban en el terreno de lo social y lo psicológico. La patria era ahora un tipo de música, una ropa determinada, un peinado concreto e incluso una droga a la que recurrir para evadirse del aburrido mundo cotidiano. Y los enemigos ya no eran extranjeros, sino tus propios vecinos, aquellos que se vestían diferente, se peinaban diferente y escuchaban a otros grupos.


Quizá esto suene algo exótico en nuestra época actual, en la que parece que la globalización ha ido imponiendo una especie de estandarización del gusto que se extiende a todos los rincones del planeta. Resulta complicado pensar en peleas y batallas campales por defender una música concreta. Porque donde antes el objetivo era diferenciarse, ahora parece que la meta es parecerse los unos a los otros lo máximo posible. Y por lo que respecta a la adhesión a ciertos grupos o tribus urbanas, todo queda reducido a una mera cuestión estética vaciada de contenido. El capitalismo se ha apropiado de los movimientos juveniles de los últimos cincuenta años para recuperarlos cada cierto tiempo en forma de eslóganes en camisetas vendidas en multinacionales. Rebeldía reducida a objeto de consumo y, por tanto, controlada por el sistema. La estética por encima de la ética.


Aunque es habitual encontrar esta película en todos los compendios de películas rock, no deja de ser cierto que Quadrophenia abarca muchos más temas que el meramente musical. Cuando The Who, con Pete Townshend al frente, decidieron adaptar al cine su disco de 1973, ya tenían la experiencia previa de Tommy (1975), una película que recurría a la fantasía y al delirio psicodélico como motores de su narrativa. Sin embargo, en Quadrophenia, el grupo británico tenía claro que esta vez quería una película realista, que contara una historia y unas situaciones con las que el público pudiera sentirse identificado. Así, se prescinde de la música interpretada y cantada por los propios actores (uno de los rasgos distintivos de las óperas rock y el cine musical) para que las canciones sirvan como trasfondo y refuerzo dramático de la evolución del personaje principal.



Jimmy es un joven londinense de clase media-baja, que trabaja como chico de los recados en una empresa de publicidad. Su vida solo tiene sentido cuando sale de la oficina y se monta en su scooter tuneada con decenas de retrovisores para juntarse con sus amigos y desfasar los fines de semana al ritmo de la música de The Who y con el cerebro rebosante de anfetaminas. Jimmy es un mod de los pies a la cabeza, y como buen mod que se precie, una de las cosas que le define es precisamente aquello que odia, y en este caso son los rockers. Si los mods iban vestidos impecablemente con traje de tres botones, pantalones entallados, corbata y peinados de corte clásico, los rockers ensuciaban su pelo con gomina, vestían vaqueros y chaquetas de cuero y calzaban pesadas botas para arrancar sus choppers. Así, lo que podría parecer una mera cuestión estética se convierte en una seña de identidad y en razón suficiente para la rivalidad, el odio y la violencia.


Quadrophenia se sitúa precisamente en ese verano de 1964, cuando fueron frecuentes las peleas multitudinarias, especialmente las que tuvieron lugar en la localidad costera de Brighton y que han entrado a formar parte de la mitología de la juventud británica de las últimas décadas. La película tiene allí su escena más emblemática, la de la batalla campal sobre la arena de la playa en la que cientos de mods y rockers se abrían las cabezas con palos sin más detonante que pertenecer a grupos distintos. Y es que el verdadero valor de la película radica no tanto en su valor como registro de los temas musicales del momento, sino más bien en su mensaje pesimista respecto al fin de las utopías y el despertar a la triste realidad.


Resulta significativo, en este sentido, que mediada la película Jimmy justifique su adhesión al movimiento mod diciendo “soy mod porque no quiero ser como todos los demás”. Porque apenas unos minutos después, la cámara hace un paneo sobre los asistentes al fin de semana festivo en Brighton, y todos ellos llevan el mismo peinado, las mismas parkas y las mismas motos. Es decir, la propia imagen deja patente que ese intento de distinción no hace sino traducirse en una asimilación a un grupo, por mucho que se crea minoritario y diferente. La idea de ser diferente no tiene sentido cuando acabas siendo exactamente igual que las decenas de personas con las que te relacionas en tu día a día.


Por eso, el shock es todavía más fuerte para Jimmy cuando las circunstancias le llevan a alejarse más de su propio mundo. Tras la pelea en Brighton es llevado a juicio, donde asiste entusiasmado a la demostración de carisma que exhibe Ace Face (un por entonces semidesconocido Sting al que la película ayudó a lanzar su carrera junto con The Police), que representa el ideal estético y ético del movimiento mod. Pero apenas unos días después, toda la vida de Jimmy se derrumba. Es despedido del trabajo, sus padres descubren sus excesos con las drogas y le echan de casa, se gasta su único dinero en comprar anfetaminas, y la chica de la que está enamorado, Steph (Leslie Ash), es ahora novia de su mejor amigo Dave (Mark Wingett).


Por si fuera poco, en su intento de escapar de Londres y regresar a Brighton -convertido ahora en el terreno mítico donde vivió sus momentos más felices- tiene un accidente y destroza su querida scooter. Ya en Brighton, despojado de todo lo que le otorgaba identidad, la puntilla llega cuando descubre que su idolatrado Ace Face es un simple botones de un hotel de lujo, y que esa rebeldía que le había atribuido se contrapone al servilismo que despliega ante los ricos y poderosos. Cegado por la ira y la decepción, roba la moto de Ace Face y se encamina a los acantilados de Beachy Head mientras suena el Reign O'er Me the The Who. El último plano de la película es la moto cayendo al vacío y destrozándose contra el suelo, pero sin Jimmy, que se ha quedado en el borde cerrando así el largo flashback que es Quadrophenia, que se abría precisamente con el plano de Jimmy ante el horizonte y que solo al final descubrimos que pertenece en realidad al final de la historia.



El plano congelado de la moto deshecha representa de una forma evidente el final del sueño de Jimmy, que despierta a la realidad tras comprobar que todo en lo que creía no era más que una utopía. Así, Quadrophenia contrapone esa imagen nihilista, fresca y juvenil de todo su metraje con ese regusto amargo de su final, lanzando el mensaje de que toda fantasía de rebelión y distinción acaba encontrándose con un acantilado que anuncia un abismo al que nos encaminamos de forma irremediable.



La luz contra la pantalla

Revista Luciérnaga   Cine, Series y más.