• rubigiraldezgonzal

Beowulf o Gréndel


En los últimos años, dos jóvenes cineastas se han hecho notar con apenas un par de películas estrenadas en su haber, conquistando paladares cinematográficos por todo el mundo. Aunque parece que Ari Aster con su retorcido díptico del trauma familiar, el dolor y la culpa conformadas por Hereditary (2018) y Midsommar (2019), han sabido percibir más atención. Pero el nombre de Robert Eggers no se ha hecho notar menos, al punto de tratar en estas líneas sobre su salto a una gran producción tras haberse labrado su nombre con presupuestos que no afectaban para nada sus apasionantes propuestas de enfoques autocontenidas y experiencias inabarcables.


Su La bruja (THE VVITCH, Robert Eggers, 2015) no podía ser un debut más envidiable. Revisionada tras acercarse a cortometrajes previos como su revisión de Hansel y Gretel (2006) o su interpretación de la tragedia bíblica de Caín y Abel en Brothers (2014), se comprende mejor como en una primera película Robert Eggers sorprende con un dominio total de la narrativa escrita y visual. A base de las mismas leyendas de Nueva Inglaterra y tratados reales de brujería, la película que nos descubrió a Anya Taylor-Joy años antes de que Netflix la pusiese en boca de todos con Gambito de dama (The Queen's Gambit, 2020). La Bruja nos hace enfrentar al terror y horror de lo insondable e incomprensible con ese choque de la fe fanática puritana como iluminador faro de salvación en el terreno inexplorado por colonizar y convertir. A pesar de que esas tierras cuentan ya con sus propios habitantes, creencias y tradiciones. La película no dejaba tanto pie a la interpretación de sugerencia elevated horror como puede ser nuestra Akelarre (Pablo Agüero, 2020). La Bruja es todo un cuento oscuro sucesor de la herencia grimmniana. Y con El faro (The Lighthouse, 2019), Robert Eggers continuó haciendo gala de su gusto y dominio de la tradición escrita folclórica de Nueva Inglaterra, ligándolo a un perturbador suceso real acaecido en Gales en 1801 y contando con una atractiva pareja protagonista actoral como Willem Dafoe y Robert Pattinson. La película se sustenta en todo un duelo interpretativo en tierra de nadie, con la locura asociada a los misterios y secretos del mar y la luz primigenia del faro, palpable entre sonoras flatulencias y eructos etílicos de viejos lobos de mar. Y filmado con el gusto exquisito de una digna pieza de neoexpresionismo alemán.


A ojos del espectador crítico, estas dos primeras muestras del particular mundo creativo de Eggers, son para querer seguir alimentándolo. Pero el llegar a verle encarar una producción fuera de los límites del panorama indie en su tercer trabajo, sigue sorprendiéndome y para bien. Se agradece a Universal Pictures el haber ido a por todas financiando El hombre del norte (The Northman, Robert Eggers, 2022) en una época de tanta incertidumbre para el cine de multisala no ligada a las conocidas franquicias de acción o Universos Cinematográficos superheroicos. Tampoco voy a sumarme a esa inquina por esas películas para el descalabro en la taquilla de El hombre del norte pensando seriamente que de haberse estrenado en la época pre-COVID no correría mejor suerte financiera (por no hablar de que hay que tener en cuenta los sobrecostes millonarios por parones y dificultades del rodaje en plena pandemia). Y desconozco de dónde salió la mención directa de Conan el bárbaro, para empezar a hablar de esta película. Una comparativa que hace muy flaco favor a las expectativas generadas en torno al film que, aunque es cierto que ni su sinopsis ni material promocional pudo obviar que el esqueleto argumental es una clara revenge movie de corte nórdico. El hombre del norte se aleja totalmente de la acción y épica de evasión que pudiese desear Universal Pictures. De hecho, Robert Eggers, en entrevistas inminentes al estreno dio a conocer el hecho de que el estudio realizó un mayor trabajo en la sala de montaje al suyo para asegurarse los “fines comerciales”. Pero una vez vista, si bien podría imaginarme un claro recorte en alguno de los pasajes centrales, El hombre del norte sigue siendo todo lo que podría esperarse de una propuesta de Robert Eggers con más medios a su disposición.



Obviando ya la inevitable reminiscencia con las tragedias shakespearianas que tomaron directamente de base la leyenda que adapta El hombre del norte, la película sigue partiendo del deseo de venganza del príncipe interpretado por Alexander Skarsgård, forzado al exilio por el magnicidio que comete su tío (Claes Bang) para hacerse con las tierras de su padre (Ethan Hawke) y poseer incluso a su madre (Nicole Kidman). En sus años descubriendo la crueldad de la existencia fuera de sus tierras, Amleth acaba uniéndose a una manada de guerreros más bestias que hombres. Y es ya aquí donde queda claro que Eggers, junto a su coguionista, el novelista eslavo Sjón Sigurdsson, busca afrontar otra lectura discursiva sobre la masculinidad tóxica, como ya hiciera en El faro, pero aquí con la total claridad de emplear un icono más reconocible como la del vikingo — que vemos sin ningún tipo de idealizada estilización—, con todas esas tradiciones y ritos de hombres semidesnudos entregándose a deseos de guerra y muerte al calor de la hoguera, escudándose en leyendas, supersticiones y profecías potenciadas por sustancias alucinógenas y las recurrentes figuras chamánicas. El cineasta no busca para nada burlarse de todo esto, pero en su nueva muestra de traslación veraz y completa del folklore y guiños y elementos sociohistóricos sin cortapisas, es imposible que no nos lo parezca en según qué partes. Aunque en esta ocasión se haya contenido en momentos escatológicos, aun volviendo a contar con Willem Dafoe en el reparto.


A esto tiene lógicamente mucho que decir la presencia de los personajes encarnados por Anya Taylor-Joy y Nicole Kidman. Sobre todo esta última que se reserva quizás la mejor escena disruptiva de la película, que cabría esperar realmente verla interpretada por la protagonista de La bruja o quedase en el prometido cameo esotérico de Björk. Si bien Anya cuenta con su particular propia trama totalmente necesaria en la oscura y apesadumbrada saga propuesta por el cineasta.


Ya he dicho que El hombre del norte está lejos de apreciarse como una propuesta de acción pura de corte épico. En las antípodas de la defenestrada saga fílmica de las leyendas artúricas que Guy Ritchie trató de erigir a partir de Rey Arturo: La leyenda de Excalibur (King Arthur: Legend of the Sword, 2017). Pero el nuevo desafío tras las cámaras de Robert Eggers también pasa por saber llevar la historia a los necesarios puntos de salvajes enfrentamientos físicos y secuencias de acción. Los cuales se filman con una genuina mano seca e impasible desde ese vibrante falso plano secuencia del asalto berserker, un tenebroso duelo que parece sacado de uno de los populares videojuegos conocidos como Dark Souls, hasta llegar a un reconocible enfrentamiento final que termina de inflamar el tono operístico del conjunto. Pero por supuesto, Eggers sigue revelándose como un narrador fuera de tempos formulaicos. Aun no logrando pasar el visto bueno de que la película se dialogase íntegramente en nórdico antiguo, El hombre del norte no necesita eso para descubrir que sus mejores momentos están en cómo se encara la venganza de Amleth. La cual dista totalmente de mostrar cualquier atisbo del asociado honor y justicia de los relatos heroicos, quedando totalmente reflejado en el desarrollo de su particular azote a las tierras del nuevo caudillo interpretado por Claes Bang. Cayendo como una terrible y oscura maldición en la que Amleth pasa a convertirse en una inquietante e insondable figura más hermanada con el monstruoso Gréndel del poema épico Beowulf, que en el esperable héroe de estas historias. Puedo llegar a teorizar con que si de alguna parte del metraje original se ha recortado bastante de cara el corte finalmente estrenado, pueda ser en este retorcido meridiano de la historia, donde la película reverbera en mejor sintonía con el Eggers que conocimos a partir de La bruja. El cual seguramente querría haberse acercado mucho más a la salvaje experiencia metafísica del Valhalla Rising (2009) de Nicolas Winding Refn o la gustosa tenebrosidad visual expresionista que podemos ver en La tragedia de Macbeth (The Tragedy of Macbeth, Joel Coen, 2021). Pero su El hombre del horte quizás se quede mejor grabado a sangre y acero de pura ópera wagneriana de cara a unas eddas fílmicas para las cuales el éxito de taquilla significa menos que la justa permanencia en la memoria colectiva de los espectadores y en la misma historia del cine. A pesar de que esto juegue en contra de cara futuros proyectos de Robert Eggers, como esa perseguida nueva versión de Nosfertatu (Nosferatu – Eine Symphonie des Grauens, F.W. Murnau, 1922), la cual parece ya no ser prioritaria ni para el estudio ni para el realizador. Este, por lo menos, ya ha dejado bien claro que su pasión y buen hacer tras las cámaras no está limitado por los grandes medios y presupuestos.