• Héctor Gómez

El hombre que ríe (Joker, 2019)

Actualizado: 11 de oct de 2019



Un niño se aburre en la ópera. Tras manifestar su hastío, su padre, millonario filántropo cuyo corazón es aun más grande que su fortuna, accede a abandonar el teatro junto a su mujer y su caprichoso vástago. A la salida, en un oscuro callejón, un atracador se excede y se lleva de un plumazo la cartera, el bolso y las vidas de Thomas Wayne y su esposa, ante la mirada atónita y horrorizada del pequeño Bruce.


Años más tarde, Bruce es un playboy millonario con una doble vida, porque por las noches se enfunda en un traje equipado con los gadgets más increíbles para combatir el crimen. Ha decidido que la mejor manera de hacer justicia y vengar la arbitraria muerte de sus padres es actuar allá donde la administración parece no poder (o no querer) intervenir. Bruce Wayne es Batman, el vigilante nocturno azote de la delincuencia. Batman utiliza la violencia, incluso llega a matar en alguna ocasión.


Batman es un héroe.


Arthur Fleck escupe sangre después de que un grupo de niñatos le diera una paliza en plena calle. Acude regularmente a una psiquiatra hasta que se cierra el grifo y la ayuda desaparece, y con ella la medicación. De vuelta a su casa destartalada, se encarga de cuidar de su madre enferma. La misma madre que, como Arthur descubrirá después, miraba hacia otro lado cuando uno de sus muchos novios abusaba del pequeño Arthur hasta casi desgarrarlo entero.


Arthur, el niño que nació (según la versión materna) para hacer feliz al resto del mundo, es un payaso sin gracia, un cómico wannabe incapaz de hacer reír. Pero ante todo, Arthur es un enfermo mental, humillado, despreciado e invisibilizado por la sociedad. Harto de su situación, comete un crimen. Primero casi de forma involuntaria, en defensa propia, al defenderse de tres yuppies que le estaban dando una (otra) paliza. Después, de forma premeditada, en directo y en el prime time televisivo ante millones de ojos atentos. Arthur, ahora ya Joker, utiliza la violencia.


Arthur es un villano.


El héroe frente al espejo

De entre las muchas virtudes de las que hace gala Joker (Todd Phillips, 2019), sin duda la más importante es poner de manifiesto, para que no se nos olvide, la ambigüedad del concepto del héroe. Phillips es perfectamente consciente de los mecanismos que la ficción utiliza para que el espectador empatice con el protagonista, y los hace suyos pero en este caso para aplicarlos al que tradicionalmente ha sido considerado el antagonista. Y ese juego de intercambio de identidades es el que nos apela directamente, el que nos coloca frente al espejo deformado de nuestras propias adscripciones y el que nos recuerda que nuestras convicciones son susceptibles de venirse abajo como un castillo de naipes.


Porque, ¿qué es un héroe sino una especie de superhombre nietzscheano que utiliza sus poderes, sean de la naturaleza que sean, para alcanzar y mantener un estatus de justicia social al que él mismo ha decidido sumarse? O, dicho de otra manera, ¿no es peligroso poner la seguridad de la humanidad en manos de alguien con la capacidad física de empujar los límites hasta donde considere? En el fondo, adoramos a nuestros héroes en la medida en la que representan nuestra capacidad ideal, y nunca alcanzada, de aplicar lo que nosotros entendemos por "justicia objetiva", ya sea acabar con una amenaza extraterrestre o limpiar la ciudad de delincuencia. En estos casos, pasamos por alto los medios que utilicen, porque el fin es más noble y, en el fondo, exige sacrificios. En sus manos, las personas (los "malos" también son personas, no hace falta recordarlo) también mueren por centenares, pero lo toleramos e incluso lo aplaudimos, porque aquellos a los que héroe destruye representan la otredad, el enemigo de la paz y la justicia, el mal en sí mismo.


Por ello, no es casual que muchos de los últimos productos del género se cuestionen el papel del héroe en la mitología de la posmodernidad. Alan Moore ya lo anticipaba en Watchmen con esa frase de ¿quién vigila a los vigilantes?, recordándonos lo necesario de una presencia sobrehumana en circunstancias de necesidad, pero lo incómodo que resultan en tiempos de paz. Lo mismo se podría decir de la trilogía heroica de M. Night Shyamalan, o de productos recientes como la serie The Boys. El héroe ya no es lo que era, porque nuestra sociedad (aunque por otro lado peligrosamente infantilizada) ya no cree con la misma ingenuidad en los mensajes maniqueístas.


Pero, ¿qué pasaría si los "malos" fuéramos nosotros? ¿Qué pasa cuando esa misma violencia está dirigida contra aquellos que supuestamente enarbolan la bandera de la libertad y el bienestar? Películas como Joker son tan incómodas porque nos recuerdan que el mal, por mucho que la ficción se haya encargado de sostener durante tantos y tantos años para mayor gloria de la sociedad de consumo, no existe como una antítesis abstracta del bien, sino que tiene un origen, y puede que hasta un sentido. Perverso, sí, pero un sentido. La película de Phillips transita en ese límite de forma valiente, consciente de que camina sobre terreno minado, con la amenaza de la simplificación demagógica a la vuelta de cada esquina.


Porque tan cierto es que el mal surge en el seno de nuestra sociedad, producto de un sistema desigual, deshumanizado y despiadado, como también que eso no justifica per se las acciones violentas de quienes las llevan a cabo. Desde el lanzamiento de la película, no han sido pocos los que se han apresurado en señalar el peligro de que un producto mainstream como este acabe arrojando un mensaje de justificación, e incluso de glorificación, del acto criminal. Los últimos minutos de Joker son la fantasía lúbrica de cualquier antisistema, con una ciudad en llamas tomada por aquellos que han encontrado un líder espiritual en el payaso que ha desenmascarado la hipocresía de una sociedad que solo se preocupa por los suyos, mientras se desentiende de todos aquellos que malviven en las periferias, sean físicas, raciales, sexuales, o mentales. No obstante, aunque es muy tentador querer censurar una película como Joker por este mensaje "peligroso", no debe olvidarse que el objetivo siempre debería ser aproximarse a este tipo de manifestaciones a partir de su propia condición ficticia. Porque la ficción, casi siempre, es representación de una realidad existente, y no al revés. Y porque, en definitiva, los problemas que hacen que el mensaje de Joker sea tan incómodo (la desigualdad, la falta de empatía, la violencia sistémica contra los que habitan los márgenes) deberían abordarse en la vida real, y no atacando aquello que los refleja.




Con todo, y pese a su esfuerzo por incomodar y poner en cuestión nuestros propios mecanismos de empatía, el Joker construido por Joaquin Phoenix sale perdiendo, en nuestra opinión, respecto al que encarnara el malogrado Heath Ledger en El caballero oscuro (Christopher Nolan, 2008). A pesar de lo impresionante del trabajo actoral de Phoenix para meterse en la piel y el cuerpo contrahecho, consumido y maltratado de Arthur Fleck, el Joker de Ledger/Nolan presentaba un mayor calado en cuanto a su capacidad de impacto como villano por una sencilla razón. Mientras que Phillips presenta con denodada insistencia todas las perrerías sufridas por Fleck, que le conducen a asumir su nueva identidad como Joker, el personaje de El caballero oscuro carecía de toda explicación, de cualquier background que diera sentido a sus acciones. El Joker de Heath Ledger representaba el caos absoluto, la idea descorazonadora de que no todo puede explicarse en términos de causa-efecto. Por eso era tan impredecible y tan difícil de destruir, y por eso mismo el final de la película es tan poco satisfactorio para Batman (Christian Bale), que debe sacrificar su propia reputación para salvar su ciudad.


Así, frente a un mal sin rostro humano y sin explicación racional, el Joker de Phoenix/Phillips se traza con brocha gorda a partir de la repetición evidente de la idea de que es la sociedad quien crea sus propios villanos. Una idea, por otro lado, tan cierta como que la película de Phillips ha conseguido, al menos, suscitar un debate interesante y necesario, que cuestiona los límites de la ficción y el papel de esta en nuestra sociedad. Porque, tal vez, sentirse atacados e incomodados solo sea el primer paso para abrir los ojos y despertar, para deconstruir nuestros mitos y tratar de entender que lo terrible es tan humano como también lo es nuestra capacidad de combatirlo.

La luz contra la pantalla

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