• rubigiraldezgonzal

Trono de arena


Tras un gran desencuentro con gran parte del público con el remate de la nueva trilogía cinematográfica y la sonora decepción en taquilla del spin-off para gran pantalla Han Solo: Una historia de Star Wars (Solo: A Star Wars Story, Ron Howard, 2018), el manejo de la monumental franquicia del entretenimiento y la cultura pop que es Star Wars por parte de Disney no pudo ponerse más en entredicho. Pero la llegada del servicio de streaming exclusivo de la compañía del ratón Mickey justamente supuso un nuevo auge tanto para Star Wars como para la misma reciente plataforma gracias a The Mandalorian (2019- ). Una serie de este universo que en su primera temporada nos presentaba a personajes nuevos (aunque se basasen en algunos bien conocidos) y nos devolvía a la quintaesencia original de esta franquicia. Con una nueva revisión del manga El Lobo Solitario y su Cachorro de Kozure Ōkami, que mostraba ese gran gusto e interés de influencias western, space pulp y cine chanbara con el que George Lucas dio forma a la verdadera magia del blockbuster en 1977.


The Mandalorian fue un logro tanto conceptual (es el mejor punto de entrada a esta franquicia si quieres una toma de contacto antes de marcarte el giga maratón de las saga cinematográfica base) como sobre todo técnico. Llegando a mostrar un nuevo ingenio como es The Volume, con el cual una pantalla led de fondo puede proyectar imágenes CGI que logran una sensación de pura inmersión, habiendo filmado diferentes escenarios en el interior de un mismo set de rodaje. Una salvación para las producciones post Covid, pero también para alcanzar ese objetivo de Disney+ de llegar a ofrecer visionados que no tengan nada que envidiar a las grandes producciones fílmicas incluso si hablamos de series de televisión. Con su segunda temporada, The Mandalorian acabó perdiendo esa agradecida independencia y frescura en su Universo compartido, e incluso ha acabado siendo el punto de salida de unas cuantas de las futuras producciones de Star Wars en estos próximos años. Como es el caso de El libro de Boba Fett (The Book of Boba Fett, 2021- ), su primer spin-off directo. El cual me gustaría rescatar y llegar a revalorizar un poco más ya vista la esperada serie de Obi-Wan Kenobi (Deborah Chow, 2022). La cual ha acabado suponiendo el visionado más anodino posible de Star Wars.


Tanto la serie de Obi-Wan Kenobi como esta El libro de Boba Fett estaban concebidas en su verdadero origen como películas de la saga spin-off iniciada por Rogue One: Una historia de Star Wars (Rogue One: A Star Wars Story, Gareth Edwards, 2016). El ya mentado descalabro financiero de la película de orígenes del Han Solo encarnado por Alden Ehrenreich acabó paralizando estos proyectos hasta poder comprobar la viabilidad y éxito en su trasladación al formato televisivo con The Mandalorian. Josh Trank estuvo involucrado como director de esa fallida película de Boba Fett, pero el personaje tuvo que esperar hasta volver oficialmente al live action en la segunda temporada del cazarrecompensas espacial interpretado por Pedro Pascal. Con un episodio dirigido por Robert Rodriguez y planteado como un gran set piece de acción continua (que el director planificó desde un improvisado corto desde la piscina de su casa con sus propios hijos) que nos devolvía por la puerta grande a este tan valorado y querido personaje desde su escueta presencia de secundario de fondo en la trilogía original. La temporada ya terminaba con un teaser a modo de escena post créditos que anunciaba la serie propia de Boba Fett y la promesa de que sería una producción totalmente en manos de Robert Rodriguez.


La serie acabó estrenándose revelando que el trabajo direccional de Rodriguez no estaba tan presente como parecía en un inicio. Si bien es cierto que el conjunto general respira totalmente de su macarra autoría y filias personales como cineasta, hasta llegar a ciertos episodios de la discordia que van revelando grandes conflictos con la creación y planteamiento de la serie. La cual al final no acaba sintiéndose como una serie totalmente propia del personaje, sino más bien como una season comprimida encubierta del otro cazarrecompensas de aspecto mandaloriano de la Galaxia, de quien en su presentación en 2019 ya pudimos vislumbrar que era quien se había hecho con la personalidad y caracterización de rudo y seco pistolero que el fandom suele sacar a relucir y a defender por encima de lo visto realmente en las películas, con ese Boba Fett que aparece en los tantos comics o novelas que Disney ha sacado de continuidad para poder conformar su propio canon.


Partiendo de la escena que todo el mundo quería ver explicada tras el irrisorio encontronazo con Han Solo en El Retorno del Jedi (Star Wars. Episode VI: Return of the Jedi, Richard Marquand, 1983) que le llevó a ser el almuerzo tardío de una criatura subterránea de las dunas de Tatooine, la serie arranca de una forma contundente pero también dubitativa, al presentar una narrativa a dos tiempos a base de flashbacks del pasado reciente del personaje, poniendo en conflicto las dos propuestas argumentales como son las de ese redescubrimiento consigo mismo junto a un poblado Tusken a lo Bailando con lobos (Dance with Wolves, Kevin Costner, 1990). Y que muestra cierta mística alejada de la ya tan conocida Fuerza y emocionantes secuencias de corte western clasicón que logran no hacer más enervante el no salir de los parajes desérticos del recurrente Tatooine (a lo que también ayuda el nuevo score de Ludwig Göransson, totalmente alejado de la esperable fanfarria “a lo Williams”). Por otro lado, la prometida trama en el presente con Fett poniéndose a cargo del trono usurpado de Jabba el Hutt, es la que muestra más flecos y desinterés, a pesar de que lógicamente es la que ofrece más contenido de acción y evasión. Pero tenemos un verdadero quebradero de cabeza que ya cojea en la indecisión argumental en torno a cómo quieren afrontar la propuesta de historia de liderazgo criminal, el cual termina hasta asociándose de forma totalmente confusa e innecesaria con la figura de un shogun (cogido con pinzas el poder defenderlo como decisión “lucasiana” de homenaje a Kurosawa y no para buscar enlazar y redirigir a la antología anime Visions).


Es una verdadera lástima el no corresponder al gran entusiasmo de Temuera Morrison de cumplir el sueño conjunto, suyo y de los fans, de dar vida al hijo de Django Fett. Al igual que la de Ming-Na Wen con dar continuidad a su Fennec Shaw (que ya se ha dejado ver en la serie animada de La remesa mala), con unos personajes veteranos totalmente vibrantes que se quedan muy por encima de su historia, la cual termina apuntando totalmente el foco a continuar la trama del Mandaloriano con un par de episodios que parecen no hablar muy bien del planteamiento del proyecto, que seguramente se realizó a trompicones y con más ojo puesto en ese otro personaje que en el que da título a la serie. Aún con todo, El libro de Boba Fett sigue funcionando desde un sentimiento de pura consonancia de espíritu juguetón por parte de Robert Rodriguez, quien realmente parece haber preparado la serie como si de unas tardes de juegos con sus sets de figuras Kenner se tratase. Se ha dado un gran trabajo de diseño de producción para llevar la maravilla de lo artesanal de Star Wars a momentos tan aplaudibles como ese enfrentamiento contra una criatura harryhauseniana animada como tal, o secuencias a lo Looney Tunes con droides saltarines. Rodriguez también se permite autohomenajes como el de tener una polémica (en redes sociales) banda de moteros juveniles ciborgs que espero que funcionen para que Disney se decida continuar su increíble adaptación cinematográfica de Alita: Ángel de combate (Alita: Battle Angel, Robert Rodríguez, 2019).


En este caos colosal que, pese a quien le pese, es de visionado obligatorio para cualquier espectador que quiera seguir con las futuras correrías de Mando y Grogu por esta conocida Galaxia, creo que es totalmente factible poder quedarnos con la función de pura y genuina evasión de la que hace más gala en sus siete episodios El libro de Boba Fett que Obi Wan Kenobi. Pero dejando bien claro que Disney parece no tener tanta buena mano en la conformación del calendario abotargado de futuros e inminentes estrenos y propuestas televisivas de esta IP en comparación a la de Marvel Studios. La cual, aun contando con eslabones débiles para la pequeña pantalla, cuentan con un buen amparo en el lucrativo y veterano recorrido cinematográfico de su Universo Audiovisual. Un engrasado dominio conceptual y mercadotécnico que parece aún no saber replicar esta conocida Galaxia de entretenimiento.