• Héctor Gómez

El manual de la feel good movie (Green Book, 2018)



En estos tiempos en los que parece que cotiza al alza el retrato crudo e hiperrealista o, en el polo opuesto, la evasión fantástica y pirotécnica menos plausible, una película como Green Book (Peter Farrelly, 2018) da la impresión de navegar contracorriente. Hacía tiempo que Hollywood no colocaba una feel good movie de manual como esta entre las películas más reconocidas del año –cinco nominaciones a los Oscars sin ir más lejos, incluyendo Mejor Película, Guion Original, Actor Principal y de Reparto–, y aunque probablemente parta un peldaño por debajo en las quinielas no cabe duda de que su visibilidad y su éxito son casi un milagro en estos días.


Green Book no es una mala película, ni mucho menos. Ni siquiera es una película aburrida, que flojee en el guion o chirríe en su planteamiento y su factura. Todo lo contrario. Es un film que pasa con nota en casi todos los aspectos, y que incluso sobresale gracias a las actuaciones de Viggo Mortensen y Mahershala Ali. El problema está –y todo es opinable, cómo no– en conciliar su tono casi de fábula navideña con reunificación familiar incluida con la realidad que refleja y, especialmente, en compararla con otros títulos que aparecen en la mente a vuelapluma y que ofrecían una descripción más dura (y por tanto, entendemos, más cercana a la realidad) de aquellos tiempos ­–piénsese, por ejemplo, en Loving (Jeff Nichols, 2016)­–.


Porque sí, no nos engañemos. Entre 1936 y 1966 se editó en Estados Unidos el Green Book, una guía de hoteles, restaurantes y establecimientos en general en los que los negros podían entrar sin miedo a ser insultados o denigrados (en el mejor de los casos) o directamente atacados con violencia y total impunidad. La segregación racial en aquel país fue una realidad hasta casi anteayer, una más de las contradicciones cognitivas que nos hacen ver Estados Unidos como la nación garante de la libertad y los derechos civiles en todo el mundo. Lo que el verdadero Don Shirley tuvo que soportar (como tantos otros músicos, deportistas o gente de a pie) está muy por encima de lo tolerable por cualquier sociedad con un mínimo de sentido común, y todavía hoy sigue acarreando consecuencias en lo que respecta a la autoconsciencia de la posición de los negros en un contexto aparentemente más igualitario pero que se desmorona en cuanto uno acude a los datos de violencia policial, índice de encarcelamiento, acceso a la vivienda o educación.


Por eso, la sensación de que Green Book pasa de puntillas sobre el trasfondo del problema va en detrimento de su resultado final. Más preocupada por ofrecer una dosis de moralina basada en la idea de que todos tenemos algo que aprender incluso de aquellos que son diferentes a nosotros, la película es una buddy road movie sobre la amistad improbable entre un italoamericano más basto que la ropa interior de esparto y negro educado, estirado y con permanente rictus de estar oliendo a heces. A partir de ahí, lo esperado. Uno aparta sus preconcebidas ideas racistas y aprende a ser más refinado, y el otro descubre que hay vida más allá de su jaula de cristal y que debe afrontar sus problemas por sí mismo.


Así, Green Book, el primer drama de Peter Farrelly después de décadas haciendo comedias de trazo grueso y lenguaraz, discurre plácidamente por las interminables carreteras del Medio Oeste y el Sur de Estados Unidos, sin más sobresaltos ni molestias que cuando tenemos que aguantar que el tipo que va con nosotros en el BlaBlaCar sea menos lacónico de lo que nos gustaría. Y acaba como los mejores anuncios de turrones navideños, con el abrazo interracial y la sonrisa profident de quien ha recorrido un camino interior que nosotros, como espectadores, no hemos llegado a compartir con demasiado interés.

La luz contra la pantalla

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