• Héctor Gómez

El miedo de los estudios y la fragilidad del hype


En los últimos días se han sucedido las noticias al respecto del retraso en la fecha prevista de estreno de los grandes títulos llamados a reactivar la taquilla tras el panorama desolador que está dejando tras de sí la pandemia de COVID-19. Pero, a estas alturas, cada vez tiene más sentido hacerse una pregunta que parecía absurda hace tan solo unos meses, pero que ahora podría empezar a tener visos de realidad: ¿habrá salas de cine para entonces?


La pregunta, como decimos, no es baladí. De hecho, esta misma semana conocimos la intención de un gigante de la exhibición como es Cineworld de cerrar temporalmente sus salas de cine en Reino Unido a partir del 8 de octubre, y hacer lo mismo con su cadena filial Regal Cinemas en Estados Unidos. Es un movimiento llamativo por el volumen de salas que cerrarán sus puertas, pero que sigue la tónica general de lo que está sucediendo en todo el mundo, incluyendo, por ejemplo, la clausura temporal de los Cines Paz en Madrid. Y es que el escenario se encuentra en una peligrosa situación de círculo vicioso, en el que los cines no disponen de una oferta atractiva para el gran público (el cine independiente no podrá nunca, por desgracia, reactivar por sí solo la industria), lo que hace que la gente no se acerque a las salas como hacía antes, también por el riesgo de contagio -por mucho que se insista, con razón, en que ir al cine es totalmente seguro desde el punto de vista sanitario-. Con este panorama, ante la falta de público, los grandes estudios no se atreven a lanzar sus grandes apuestas por miedo al fracaso en taquilla, y a perder un porcentaje importante de las grandes inversiones que han realizado.


En esta situación, ¿quién se atreverá a dar el paso y arriesgar para tratar de invertir la tendencia? Visto lo visto, los estudios no van a ser. Y es que, a pesar de la incertidumbre, de las restricciones, de las segundas olas de contagios y de las dificultades en general para consumir cultura fuera de las cuatro paredes de casa, los espectadores y espectadoras están poniendo de su parte. Como también las productoras, que siguen levantando rodajes pese a las medidas estrictas de seguridad. Y como también las salas de cine, que han abierto sus puertas y se han dedicado con denuedo a proporcionar un ambiente seguro e higiénico para ver una película. Pero todos estos estos esfuerzos no son suficientes si la otra parte de la ecuación no aporta su granito de arena. En el actual modelo de consumo, el circuito producción-distribución-exhibición no se sostiene sin grandes taquillazos. Y es ahí donde los estudios tienen que responder.


Superhéroes solo en la ficción

El pasado viernes debería haberse estrenado Wonder Woman 1984 (Patty Jenkins, 2020), pero a mediados de septiembre conocíamos que Warner Bros. había decidido retrasar su estreno hasta el 25 de diciembre de 2020, intentando al menos que sea la película de las próximas Navidades. En ese momento, ya se especulaba con que podría suceder lo mismo con sus otras grandes apuestas, incluída la esperadísima Dune (Denis Villeneuve, 2020), prevista para el 18 de diciembre. Pues bien, ayer mismo se hizo público -tras conocer el pasado fin de semana que New York y otras ciudades estadounidenses, así como grandes capitales europeas como Londres, París o Madrid, iban a cerrar colegios o restringir espacios públicos y horarios para el ocio- que Warner también retrasará el estreno de Dune hasta, por el momento, el 1 de octubre de 2021.


Por supuesto, estos movimientos de Warner Bros. afectan en cascada al resto de proyectos del estudio. The Batman (Matt Reeves, 2021) se retrasa del 1 de octubre de 2021 al 4 de marzo de 2022, The Flash (Andy Muschietti, 2022) pasa del 3 de junio de 2022 al 4 de noviembre, Shazam! Fury of the Gods (David F. Sandberg, 2023) se estrenará el 2 de junio de 2023, ocho meses después de su fecha inicial, mientras que Black Adam, dirigida por el español Jaume Collet-Serra y que se iba a estrenar el 22 de diciembre de 2021, se retrasa sin fecha. La única buena noticia desde Warner Bros. es el sorprendente adelanto de la cuarta entrega de The Matrix dirigida por Lana Wachowski, que se iba a estrenar en abril de 2022 pero verá la luz (si no pasa nada) el 22 de diciembre de 2021.



A estos movimientos de Warner hay que sumar el que hicieron hace poco Universal Pictures y MGM, que volvieron a retrasar No Time to Die (Cary Fukunaga, 2021), la 25ª entrega de James Bond (y la última de Daniel Craig como protagonista) hasta el 2 de abril de 2021. Con todo esto, la taquilla queda huérfana de blockbusters, lo que hace que una película como Tenet (Chistopher Nolan, 2020) se mantenga como el único resquicio de esperanza, alcanzando los 300 millones de dólares de recaudación en todo el mundo. Unas cifras, por cierto, muy inferiores a las de un año normal. Por cierto, precisamente Christopher Nolan, junto a otros directores de la talla de James Cameron, Clint Eastwood, Sofia Coppola, Steven Soderbergh, Martin Scorsese, Zack Snyder, M. Night Shyamalan o Edgar Wright, están liderando una iniciativa para "salvar las salas de cine", reclamando al Congreso inversiones que rescaten los espacios de exhibición para que el modelo siga siendo sostenible.


En definitiva, los estudios siguen confiando en que algo tan volátil e inestable como el hype sea suficiente para mantener eternamente la expectación del público ante sus películas. Pero el público no es un ente abstracto, son personas que tienen que lidiar con problemas muy importantes en su día a día, para las que la cultura es casi un lujo en muchos casos. Si el público arriesga unas decenas de euros para ir al cine (cantidad nada desdeñable en este clima tan incierto), ¿por qué no lo hacen los grandes y multimillonarios estudios? El círculo vicioso debe romperse en algún punto, y es injusto que lo rompan aquellos que tienen menos posibilidades. Si el miedo sigue dominando la forma de actuar de los grandes estudios, es su propio modelo el que está en peligro, porque las plataformas como Netflix o Amazon están ahí, creciendo y ganando los espectadores que pierden las salas. ¿Veremos en el futuro a estas plataformas adquiriendo salas de cine y proyectando allí películas producidas por ellas mismas? En este escenario es más que probable.

La luz contra la pantalla

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