• Héctor Gómez

Réquiem por un hombre bueno


La casualidad ha querido que el estreno en España de El olvido que seremos (Fernando Trueba, 2020) coincida en el tiempo con las protestas que se están produciendo en Colombia desde finales del mes de abril, espoleadas por una reforma tributaria que afecta a las clases medias y bajas pero que se alimentan del descontento por una situación de precariedad política, económica y social que se extiende a lo largo de las últimas décadas. El polvorín colombiano es también el polvorín de toda América Latina, donde la corrupción, la inseguridad y la crisis permanente se dan la mano con la ignorancia y la tibieza de la comunidad internacional.


Es imposible hablar de la realidad colombiana del último medio siglo sin hacer referencia a la inestabilidad política, la violación sistemática de los derechos humanos y el narcotráfico, ya sea en 2021 o en las décadas de 1970 y 1980, en las que precisamente se sitúa la acción de El olvido que seremos. Sin embargo, Fernando Trueba parece querer arrojar una luz entre tantas tineblas, presentando la historia de un hombre cuya bondad y entereza contrastan con el complicado contexto en el que le tocó vivir.


Trueba nunca ha sido un director sujeto a modas, y su filmografía se ha caracterizado siempre por su radical independencia a la hora de elegir sus proyectos, sin más condicionante que su propio amor por la historia. En este caso —con la ayuda de su hermano David en el guion— adapta el libro de 2005 de Héctor Abad Faciolince, una biografía novelada del padre del autor, el médico y profesor universitario Héctor Abad Gómez, pionero en la investigación de la cura de enfermedades como el tifus o la polio y abanderado de la reivindicación de políticas sanitarias eficaces para mejorar las condiciones de vida de las personas más desfavorecidas.


El olvido que seremos recorre la biografía de Héctor Abad Gómez entre 1971 y 1987, el año en el que fue asesinado a manos de unos sicarios cuando atendía el funeral de un compañero caído apenas unas horas antes, en el complicado periodo de guerra entre gobierno, guerrilla y cárteles de narcotráfico. La película discurre entre un presente en blanco y negro —marcado por la tristeza del retiro forzado de Abad Gómez de la Universidad y por la tragedia de su muerte— y el contraste que supone el colorido pasado de la niñez del autor, cuyos recuerdos como único varón en una familia con cinco hermanas se presentan como la expresión de la familia ideal de clase alta, acomodada pero comprometida con los más pobres, y comandada por un patriarca que fundamenta su autoridad en el cariño, el amor y el respeto. La integridad del personaje de Héctor Abad Gómez (interpretado por el siempre magnífico Javier Cámara) raya incluso en lo inverosímil, pero es coherente con el planteamiento de un libro —y de una película— que reconoce su propia e inevitable parcialidad, porque está escrito desde el amor y la devoción de un hijo hacia su padre, convertido a su pesar en otro mártir caído en la lucha contra la injusticia.


Trueba tira de esforzado humanismo para perfilar al doctor Abad Gómez casi como un arquetipo de la bondad, como el mito aspiracional que todo hombre debería alcanzar. Pero, al mismo tiempo, deja patente la imposibilidad de dicha bondad en un mundo despiadado, puesto que la película va dejando, durante todo su metraje, señales de un destino tan terrible como inescapable. Así, se verbaliza en varias ocasiones la imposibilidad de cambiar las cosas en aquel país solo con las palabras y las buenas acciones, pero sin plantear alternativas posibles. La lucha del doctor Abad Gómez es la de aquel que sabe perdida la batalla de antemano, pero que sigue adelante con una mezcla de tozudez e ingenuidad. Su muerte, casi podemos decir que su sacrificio, no sirve para nada más que para vivir en las conciencias de aquellos a los que ayudó, y para convertirse en un símbolo. Y es precisamente de símbolos de lo que se alimentan todas las revoluciones.