• Héctor Gómez

El pecado de ser (negro) (El blues de Beale Street, 2018)



"Todo poeta es un optimista. Pero en el camino hacia ese optimismo tienes que alcanzar un cierto nivel de desesperanza para lidiar con todo lo que hay en tu vida. Si eres negro, bajito, feo, con los ojos saltones, y crees que puede que seas homosexual aunque no conozcas la palabra, y además tienes que mantener una familia porque tu padre se está muriendo...eso son demasiadas cosas".

James Baldwin (entrevista en The Guardian, 18 de junio de 1974)


En 1948, con tan solo 24 años, James Baldwin abandonó Estados Unidos con destino Europa. Su país, cargado de autoestima y vanidad tras el triunfo en la Segunda Guerra Mundial, se encaminaba hacia un nuevo boom económico que dejaría atrás para siempre el fantasma de la Depresión y el New Deal. Los jóvenes volvían a tomar las calles, las cafeterías, los teatros y los cines, y además ahora contaban con la novedad de un aparato que les llevaba directamente a sus salones imágenes procedentes de todo el mundo. Era una época de profética prosperidad, una burbuja de bienestar que colocaría para siempre a Estados Unidos como el primer referente cultural en todo el planeta. Pero este sistema, como todos los demás, tenía fallos, omisiones y defectos imperdonables.


El crecimiento, el bienestar y la libertad eran solo para blancos.


Los negros fueron expulsados del paraíso, pero sin necesidad de cometer más pecado que su propia existencia. En la América de Baldwin no había sitio para alguien como él: negro, pobre y -se daría cuenta más tarde- homosexual. El joven James sabía de primera mano cómo era que la policía te detuviera por la calle bajo cualquier pretexto. Cómo era no poder entrar en determinados bares o en determinados comercios. Cómo era tener un familiar o un amigo que había pasado por la cárcel. O haber estado uno mismo.


Así, a finales de los cuarenta, Baldwin dijo basta, y puso rumbo a París. Era un chico inteligente, que ya había escrito sus primeros conatos de novelas y obras de teatro. Aprendió francés y supo rodearse de los mejores intelectuales que iban a visitarle cuando viajaban a Europa, ya fuera en París o en la casa de la Riviera en la que vivió desde 1970 hasta 1987, cuando un cáncer de estómago le arrebató la vida a los 63 años. Fue precisamente en esa casa de Saint-Paul-de-Vence -con sus puertas siempre abiertas para quien quisiera acercarse a tener una charla o dar un paseo- donde Baldwin escribió su obra inconclusa Remember This House, que Raoul Peck llevó a la pantalla en 2016 en forma de un documental tan aclamado como necesario: I Am Not Your Negro.


Y también fue allí donde dio forma a su novela If Beale Street Could Talk (1974), donde de nuevo abordó la quintaesencia de su corpus literario y ensayístico: el significado y las connotaciones de ser negro en Estados Unidos. De ser un individuo negro y pertenecer a una familia negra. De vivir en un barrio negro. De ser, en definitiva, un proscrito dentro de tu propia casa, condenado a habitar los márgenes. Caldo de cultivo para la desgracia y la tragedia. O para la revolución. Baldwin fue amigo personal de Medgar Evers, de Malcolm X y del doctor Martin Luther King. Vivió de primera mano la lucha por los derechos civiles en su país, y también las contradicciones que toda lucha encierra. Y la sangre. También la sangre.


Porque Beale Street no es solo la calle de Memphis que da título a una canción de blues de la segunda década del siglo XX. Beale Street es un lugar metafórico que, como el Sur, está presente en muchos sitios a lo largo y ancho del globo. Hay una Beale Street en cada manzana de Harlem, esas que tan bien conocía el niño Baldwin y en las que medio siglo después viviría un joven llamado Barry Jenkins. Como ya hiciera en Moonlight (2016), Jenkins se sirve de las elipsis (incorporando ahora una narración dislocada) para detenerse en los momentos claves de la vida de sus personajes, casi una fotografía de los pequeños instantes decisivos que marcan para siempre la existencia de las personas. Y lo hace además con un cuidado especial en la ambientación sonora, con las canciones tristes de jazz o la emocionante partitura de Nicholas Britell que acompañan a las escenas bajo la lluvia o en el crepúsculo, metáfora de una historia que se tuerce demasiado pronto.



Tish (KiKi Layne) y Fonny (Stephan James) están enamorados el uno del otro. Han sido amigos desde la infancia, pero cuando la edad adulta empieza a despuntar su cercanía se torna en amor. Pasean de la mano por las calles del barrio, mostrando la exuberancia de su relación sin aparente reparo. Pero saben que para ellos la amenaza está a la vuelta de cada esquina, en cada mirada sospechosa del agente de policía blanco, en cada negativa de un propietario a alquilarles una casa. Solo hace falta un pequeño desliz (a veces, ni siquiera eso) para acabar unos cuantos años en la cárcel. Así se lo cuenta a Fonny su amigo Daniel, víctima de primera mano de lo que le puede pasar a un negro en una prisión controlada por blancos.


Por eso, cuando Fonny es acusado falsamente de violar a una mujer y encarcelado, todos saben que será luchar contra viento y marea. Y más cuando Tish descubre que está esperando un bebé. La lucha de Tish y su familia, en especial de su madre (espléndida Rashida Jones), para sacar a Fonny de prisión es una lucha perdida de antemano, porque juegan a un juego con las cartas marcadas en el que la banca siempre gana.


Se habla mucho últimamente de que Hollywood podría estar inflando artificiosamente la lista de actores, directores y películas "de negros" que optan a los premios más importantes y reciben el tratamiento mediático que antes les estaba vedado, para sumarse así a esta nueva ola de reivindicación que coincide con el altavoz que proporcionan las redes sociales y el clima de resistencia de las minorías que se respira en plena edad oscura de la administración Trump. Doble falta entonces, porque la compensación -que nunca es suficiente- conlleva el reconocimiento implícito de una falta previa. Y además, dentro de esta aparente vindicación del trabajo de los negros en la industria del cine se esconde también el fantasma de una sutil hipocresía. En una época plagada de actores, guionistas y directores negros llenos de talento como Barry Jenkins, Ryan Coogler, Ava DuVernay, Jordan Peele, Raoul Peck o Steve McQuee -por no citar a Spike Lee, en cierto modo padre espiritual de todos ellos-, la Academia premia con su máximo galardón a Green Book, película de un director blanco escrita por el hijo blanco de un chófer blanco de un pianista negro. Donde Green Book apuesta por la opción fácil, la de reconocer lo injusto de aquella situación y abogar por el entendimiento y la reconciliación, Beale Street nos espeta que lo vivido por la comunidad negra no tiene reparación posible.


Por esta razón no nos creemos para nada el abrazo interracial y la sonrisa de Mahershala Ali con la que se cierra Green Book, pero sí reconocemos como verosímil la escena final de El blues de Beale Street, en la que Tish y su hijo visitan a Fonny en la cárcel, después de que este se haya declarado culpable de forma forzosa de un crimen que no cometió, y que deja pendiente para todos una resolución final que James Baldwin también dejó en el aire, pero que, a la vista de la realidad, podemos intuir cómo va a terminar.

La luz contra la pantalla

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