• Héctor Gómez

El relato lo es todo (Chernobyl, 2019)



En una de las últimas escenas del episodio final de Chernobyl (Craig Mazin, HBO, 2019), el profesor Legasov (Jared Harris) recibe, en la sala en la que ha sido confinado después de su declaración en el juicio para depurar las responsabilidades del peor accidente nuclear de la historia de la humanidad, al director del KGB Charkov (Alan Williams). La conversación que mantienen recuerda mucho a alguna de las que abundan en la parte final de 1984 de George Orwell, en la que O’Brien explica a Winston Smith los motivos que llevan al Partido a querer detentar el poder a toda costa. Charkov, como O’Brien, utiliza la misma táctica que se usaba en la distopía orwelliana: dejar patente a su víctima que nada de lo que esta pueda hacer o decir va a tener la más mínima importancia o influencia, puesto que el sistema tiene la capacidad de manipular y controlar la información a su antojo, y los esfuerzos individuales pueden hacerse desaparecer apenas chasqueando los dedos.


Esa escena resume a la perfección la esencia de Chernobyl, la miniserie de HBO que nos lleva a los entresijos de la catástrofe de la primavera de 1986, en la que el accidente de la central nuclear soviética se cobró un número incontable de víctimas (las inmediatas y las que murieron años después, y siguen haciéndolo hoy, por culpa de las secuelas) y estuvo a punto de acabar con la vida en el planeta tal y como la conocemos. Pero Chernobyl, además de buscar la inmersión del espectador en aquellos fatídicos días gracias a la recreación milimétrica de todos los aspectos (desde las explicaciones científicas del accidente y sus consecuencias hasta la reconstrucción de cada detalle de la vida cotidiana en la URSS de mediados de los 80), es sobre todo un ejemplo perfecto de una de las máximas de cualquier sistema totalitario: la idea de que quien controla la información, controla el poder.


Chernobyl llega, precisamente, en un momento en el que el debate sobre el concepto del relato y la narración está más presente que nunca. Estos términos han abandonado para siempre el ámbito de la literatura y han permeado en el vocabulario que intenta explicar el funcionamiento de nuestra sociedad actual, en la que los hechos y las acciones reales pasan a un segundo plano para supeditarse a la forma en la que se construye el relato de las mismas. La verdadera guerra, por tanto, ya no es tanto por conquistar los puntos geográficamente estratégicos o por el acceso a los recursos, sino más bien por ganar la batalla del relato, de esa narración que pasa de los estamentos de poder a los ciudadanos a través de los medios de comunicación, y que supondrá la manera en la que la gente perciba la realidad, la recuerde, la asimile y finalmente la transmita generación tras generación.


Orwell ya imaginó en los años cuarenta, inspirado en el régimen totalitario de purgas y gulags de Stalin, la distopía política definitiva que es 1984. Una sociedad gobernada por mano férrea por un Partido que controla todos los aspectos de la vida, sean públicos o privados, y que está liderado por una figura casi mítica (el Gran Hermano) que actúa al mismo tiempo como padre protector y como Dios castigador e implacable. Una sociedad en la que no hay margen a la disidencia, porque el Partido controla con cámaras y micrófonos cada movimiento, cada letra escrita, cada respiración de sus ciudadanos. Un partido que utiliza el poder no como medio para alcanzar otros objetivos, sino como un fin en sí mismo.



El poder por el poder, como elemento que se perpetúa a sí mismo en un ciclo que no tiene fin. El control de los ciudadanos a través del miedo, la imposibilidad de la sublevación. La pesadilla orwelliana tiene su espejo en la Unión Soviética de 1986, en la que la fusión descontrolada del uranio-235 del reactor 4 de Chernobyl destrozó, física y simbólicamente, todo un sistema de gobierno y pensamiento que desde ese momento languideció y se encaminó herido de muerte hasta su destrucción definitiva apenas un lustro después. A diferencia de lo que sucedía en 1984, en la URSS sí que hubieron explosiones en su línea de flotación que acabaron por hundir el sistema. Pequeñas, sí, pero existieron. Como el suicidio del profesor Legasov (escena que abre la serie), que reabrió la investigación sobre la verdad de Chernobyl y expuso la negligencia y la responsabilidad de un estado hasta entonces infalible. En 1984, sin embargo, la estrategia del Partido era tan perfecta que hasta el mayor de los disidentes acababa por amar, completa y sinceramente, aquello contra lo que había luchado toda la vida, y por eso mismo la novela de Orwell es la mayor obra de terror del siglo XX. Por el contrario, el accidente de Chernobyl fue una estocada casi definitiva contra el obsoleto sistema de la URSS, anquilosado todavía en los automatismos de una Guerra Fría que el capitalismo había sabido resolver de la manera más sencilla posible. Igual que en el frío, impersonal, burocrático y triste sistema comunista, el sistema capitalista también controla y manipula a sus ciudadanos, pero había descubierto que el liberalismo económico y la cultura del consumismo funcionaban como distracción perfecta para entretener a unos ciudadanos que ahora creían disfrutar de una sensación de libertad limitada y controlada por el sistema. No deja de ser curioso que, a excepción de poner el primer pie en la Luna, los soviéticos se adelantaran en todos los demás aspectos a los estadounidenses en los logros astronómicos, pero América ha pasado a la historia como la ganadora de la carrera espacial. De nuevo, la importancia del relato.


Esa Unión Soviética del poder absoluto del Comité Central del Partido Comunista, la Unión Soviética de los burócratas, del espionaje de puertas para adentro, de la continua sospecha y la inseguridad constante es la que se retrata en Chernobyl. La Unión Soviética que sacrificaba cualquier cosa (la seguridad de algo tan delicado como la energía nuclear entre ellas) en aras de la apariencia y la exaltación de los valores y las glorias de la patria. No era posible que en la Unión Soviética se produjera un accidente como el de Chernobyl, al menos a los ojos de las propias autoridades soviéticas. Era inconcebible reconocer que la catástrofe fuera consecuencia de la negligencia, la cabezonería, la opacidad y la falta de información de unos individuos cuyo único objetivo era medrar en busca de mejores puestos en el partido. Pero sin embargo, el apocalipsis se desató, y los esfuerzos por negarlo (primero) y ocultarlo (después) no hicieron sino empeorarlo.


La serie creada por Craig Mazin tiene como mérito principal no abusar del recurso visual de la exposición de la catástrofe. Por eso, las (pocas) escenas que muestran las consecuencias físicas en la piel y la carne de los que estuvieron en aquellos días terribles en Prypiat y sus alrededores son de las que no se olvidan nunca. Chernobyl opta, sin embargo, por indagar en el comportamiento humano en una situación límite, y por poner de manifiesto lo escandaloso de ciertos comportamientos que provocaron y agravaron lo que pudo ser el accidente que acabara con la vida de millones de persones durante siglos. Chernobyl es un muestrario terrible de la condición humana como generadora de catástrofes, por pura ignorancia o por puro egoísmo. Si hay algo que se le pueda reprochar es quizá su excesivo empeño por contraponer las posturas de los científicos (el protagonista Legasov y el personaje inventado de Ulana Khomyuk, interpretado por Emily Watson) frente a los políticos y burócratas del Partido, y hacer un énfasis demasiado insistente en el heroísmo y la integridad de los primeros frente a la ignominia de los segundos. Por eso, quizá el personaje más interesante sea el de Boris Shcherbina (Stellan Skarsgaard), por lo que tiene de puente entre ambos mundos y por la abrumadora interpretación del actor danés.


Chernobyl sobrecoge al utilizar a su favor que el espectador conoce la información de lo que allí sucedió y su alcance, mientras que los personajes se muestran absolutamente desprevenidos e inconscientes de aquello a lo que se enfrentaban. Por eso tiene tanto impacto una escena como la del puente del primer episodio, en el que los habitantes de Prypiat se congregan llenos de curiosidad para ver mejor el incendio de la central, e incluso los niños juguetean con las cenizas que caen del cielo como si fuera nieve a finales de abril, totalmente ajenos a que lo que en realidad estaba lloviendo era la mismísima muerte. Pero ante todo, Chernobyl nos recuerda que, en la guerra por controlar la información, la verdad siempre es la primera víctima.

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