• Revista Luciérnaga

El tiempo detenido (Érase una vez en Anatolia, 2011)



El film arranca con una larga escena en la que un hombre es escoltado en medio de la noche oscura que viste las estepas de Anatolia. Junto a él, un equipo de policías, al que acompañan un médico y un fiscal, que guiados por el mismo asesino buscan identificar el lugar en donde está enterrado el cuerpo de la víctima.


Nuri Bilge Ceylan decide cocinar esta historia a fuego lento. Amalgamar capas narrativas con una sutileza demasiado humana. Se desplaza entre las verborragias mundanas que tienen sus personajes (como debates sobre el yogur), hasta momentos casi místicos como una ofrenda de té en una estancia.


El film constituye una especie de estudio psicológico de los habitantes de Anatolia, en donde el paisaje también toma carácter de protagonista. Sus personajes no se mueven solo por su propia voluntad, sino que están condicionados por el medio y la situación que los rodea. La monotonía de las estepas y algunos cuadros costumbristas son el marco en el que se desarrollan sus luchas internas. Nada es mostrado de manera explícita. Existe una observación profunda del mundo y un predominio de la introspección.


Hay tantos recursos, y tan bien utilizados, que dotan de profundidad una historia bastante sencilla. Sin hacer uso de la música, como es costumbre en el trabajo del director turco la banda sonora se compone de sonido ambiente, de diálogos que pausadamente van y vienen, de detalles sonoros que se hacen notar y focalizan la atención en algo mínimo que sirve de distracción, en el ritmo para marcar un punto en el discurso visual.


Mientras la historia avanza, los personajes van desenterrando ideas, sentimientos de los cuales son presos. Si bien solo hay dos personas esposadas, nadie en ese grupo que navega las estepas es verdaderamente libre. Un doctor atrapado en una nostalgia asfixiante. Un fiscal al que la mujer de un amigo ha predicho su propia muerte. Un jefe de policía que escapa de su hogar encerrándose en la rutina del trabajo. Lo cotidiano de la humanidad representado en tomas largas donde la luz no abunda y que hacen que estos personajes escupan sus tormentos para tapar lo pesado y aburrido que se hace la espera.


Tan sutil como profunda, Érase una vez en Anatolia se centra en las consecuencias. El proteger a otros sin salir ilesos, quizás como un rebote de nuestra incapacidad para enfrentar lo punzante y doloroso que cargamos, simplemente solo para trasladar ese peso, armonizarlo y hacerlo soportable y funcional para nuestra existencia.


La mitad de la película pasa de noche y la mitad de día. La primera parte es casi una road movie cargada de misterio y expectación. Composiciones despiadadamente hermosas en donde la naturaleza late y se hace presente, donde por momentos trae terrores nocturnos en forma de muchas preguntas. La otra, en cambio, es más filosa y naturaliza el aplastamiento.


El tiempo y su manejo en las tomas, el montaje casi invisible y los detalles que sirven a modo de transición, hacen la experiencia demasiado real y cercana. La realidad puede ser tediosa, y esto resalta si no miramos a sus personajes con atención. El espectador va involucrándose paulatinamente en la narración, los diálogos ocasionales y el realista paso del tiempo permiten ponernos en la piel de los personajes y compartir con ellos las situaciones que viven.


La cámara es un testigo que ocasionalmente panea un poco sobre su eje para marcar una dirección, un sentido de movilidad. Acompaña y se queda en los detalles, sin menospreciar ningún momento. Parecería a simple vista un film policial, pero como dije el tiempo es clave, y en ese caso la historia más allá de continuar el hilo de la investigación, prefiere detenerse con los personajes y con suavidad ir quitándoles la cáscara.

La luz contra la pantalla

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