• Héctor Gómez

El verano de Eva (La virgen de agosto, 2019)


En estos tiempos de hiperrealismo, infantilización y, en general, poco respeto por la inteligencia del espectador, cada película de Jonás Trueba nos recuerda que el cine es pura representación, que tiene la capacidad casi única de dar forma a los sentimientos, los deseos y las frustraciones a través de sus imágenes. Con Jonás Trueba uno siempre tiene la sensación de que nació en la época y el lugar equivocados, porque el suyo es un cine deliberadamente anacrónico y ajeno a las modas. Un cine que no oculta su amor irreductible por la nouvelle vague y el cine de autor europeo de los 60 y 70. Una adscripción que, en este contexto de cinismo y posmodernidad mal digerida, supone un encomiable ejercicio de resistencia.


La filmografía de Trueba, hasta el momento, ha ido oscilando entre el guiño romántico, nostálgico y cinéfilo a François Truffaut en Todas las canciones hablan de mí (2010) o Los ilusos (2013) y el homenaje a la ligereza y la luminosidad de Éric Rohmer de Los exiliados románticos (2015). Precisamente, La virgen de agosto (2019), su última película por el momento, podría considerarse como la secuela espiritual de Los exiliados románticos, o más bien su complemento. Si en esta los protagonistas emprendían un viaje por Europa para (re)encontrarse consigo mismos, La virgen de agosto propone lo contrario: iniciar esa búsqueda de sentido permaneciendo en el lugar en el que uno vive, y dejando que sea el azar de las pequeñas cosas extraordinarias el que dote de significado a una vida en constante cuestionamiento.


Eva (Itsaso Arana), a punto de cumplir 33 años, decide pasar el verano en Madrid antes de tomar una decisión (o no) sobre qué rumbo tomará su vida. Trueba juega con la idea de la ciudad vaciada, de la gran urbe cuyos habitantes desaparecen durante el mes de agosto en busca de la ansiada playa, y que se convierte en un escenario a medio camino entre lo idílico y lo onírico, un espacio casi irreal donde el tiempo se contabiliza de una forma diferente y hay lugar para que sucedan cosas impensables, que serían imposibles cuando la ciudad lleva su frenético ritmo habitual.

A partir de pequeños encuentros casuales, el verano de Eva transcurre a base de dejarse llevar por la falta de planificación. Itsaso Arana, también coguionista de la película, se vale de la sencillez y la naturalidad de su actuación para llenar la pantalla y dar sentido a cada plano y a cada escena. Es ella la protagonista absoluta de La virgen de agosto, el centro a partir del cual orbita toda la galería de personajes que chocan con ella de forma azarosa, y a los que dan vida los actores habituales del cine de Jonás Trueba (Vito Sanz, Francesco Carril, Isabelle Stoffel).


Esta aparente simplicidad, sin embargo, permite a Jonás Trueba abordar temas como la amistad, las (inciertas) perspectivas laborales, los reencuentros inesperados o incluso la maternidad. Trueba, mejor que nadie, sabe que el cine es el arte de la representación, y sus películas siempre han tenido ese aire ligeramente impostado (en los diálogos, en cierta tendencia a la profundidad con riesgo de convertirse en pedantería) que aleja a muchos espectadores, pero que al mismo tiempo nos recuerda con maestría que el cine tiene la capacidad de verbalizar a través de unos personajes nuestras angustias, nuestros miedos y nuestras esperanzas. La virgen de agosto nos saca por un momento de nuestra propia vida y nos convierte en Eva. Y, como ella, nos cuestionamos lo que queremos, lo que hacemos y hasta lo que somos.

La luz contra la pantalla

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