• Irene Subiela

Las trampas de la mente


Es difícil enfrentarnos a obras que traten enfermedades como la de Alzheimer. Principalmente, por lo dolora y cercana que es la enfermedad para algunas personas, pero también porque no sabemos realmente lo que ocurre en la mente de los que la sufren, cómo la viven y la experimentan.


Florian Zeller, consolidado dramaturgo francés, hace un acercamiento duro y real en El padre (The Father, 2020), su primer largometraje. La película es una adaptación al cine de una obra de teatro del propio director, y nos cuenta la historia de Anthony (Anthony Hopkins), un hombre de más de ochenta años que rehúsa cualquier intento que su hija Anne (Olivia Colman) hace por intentar ayudarle. Ella insiste en que no puede seguir viviendo solo, pero Anthony no cree que sea así, por lo que se pelea y ahuyenta a todas las cuidadoras que su hija contrata. La situación empeorará cuando Anne le dé la noticia de que debe irse a vivir a París y que, por lo tanto, no va a poder seguir visitándole tan a menudo, por lo que sí o sí debe aceptar la ayuda que le proporciona o se verá obligada a tomar medidas más drásticas. A partir de ese punto, Anthony se verá perdido en un laberinto de recuerdos, de los que no consigue distinguir cuáles son reales y cuáles no, siendo incapaz de seguir siendo dueño de su propia vida.


La película es muy interesante desde varias perspectivas: la primera es su planteamiento, ya que toda la película se vive desde la perspectiva del enfermo, lo que ayuda a conseguir una sensación de confusión y desasosiego similar a la vivida por Anthony. La historia se basa en la repetición de distintas escenas en la que cada vez cambian detalles diferentes, haciendo que el espectador, como Anthony, dude de lo que es real y lo que no.


Por otro lado, es fundamental el uso de los espacios en la película. Al tratarse de una adaptación teatral, se le da más relevancia a este elemento, llegando a convertir el apartamento en el que viven en un personaje más que evoluciona con Anthony. Empieza siendo un lugar luminoso y tranquilo, hasta ir convirtiéndose poco a poco en un espacio sombrío y desapacible. Recuerda en este sentido a la película Un dios salvaje (Carnage, Roman Polanski, 2011), que también se trata de una adaptación de una obra de teatro. Ambas adaptaciones conservan la importancia que se le da al espacio en el que ocurren los hechos, y por lo tanto lo convierten en un elemento vivo y de alta importancia.


La música también acompaña a la historia a la perfección. La mayor parte de la película transcurre sin música de fondo, pero en los momentos más tensos escuchamos siempre un violín sonando con la misma violencia que siente Anthony cuando la confusión le sacude.


Pero si hay un elemento que se debe destacar sobre cualquier otro son las interpretaciones. El trabajo de todos los actores es impecable, pero la labor de Anthony Hopkins es indescriptible. La energía que impregna a su personaje de Anthony es magistral, dotándolo de unos matices que convierten al personaje en el sustento de toda la película. Es una auténtica gozada disfrutar de su trabajo, en mi opinión una de las mejores y más conmovedoras interpretaciones que he visto en años.