• Jaime Estrela

Entre tu cuerpo y el mío (Ema, 2019)


Valparaíso: una bailarina y un coreógrafo han cedido su hijo adoptivo a otra familia. No es necesario saber nada más sobre el argumento del viaje musical que nos propone Pablo Larraín. El realizador chileno se aleja de los contextos históricos que estaban marcando su filmografía para radiografiar la actualidad a ritmo de reguetón en una de las propuestas más singulares e inclasificables de las presentadas en la Mostra de Venecia de 2019.


En Ema es fácil sentirse escéptico ante lo que sucede, Larraín nos sumerge poco a poco en una serie de acontecimientos en los que no todo el mundo encontrará cómodo adentrase. Sin embargo como en los bajos de una canción de reguetón, los golpes rítmicos de efecto de su puesta en escena consiguen invadir al espectador y engancharle en una dinámica de la que es difícil salir. El director compone su relato intercalando escenas narrativas y potentes momentos musicales que podrían considerarse videoclips. No obstante son estos momentos en los que la película encuentra sus puntos álgidos, como en los buenos musicales (aunque Ema no lo es) la música es el elemento catalizador de las emociones de los personajes, y sin ellos la historia de Ema y las personas que le rodean no tendrían sentido.


A través de los bailes, el director realiza una reflexión sobre los cuerpos y los defiende como auténtico hogar del alma. Los cuerpos de la película son instrumentos sensoriales, punto de origen y de destino de las sensaciones. Por eso no es de extrañar que se filmen con delicadeza y precisión y que cada gesto pueda llegar a transmitir algo. Como acto primario con el cuerpo como protagonista tenemos el sexo, la propia Ema consciente de que su cuerpo es la herramienta más útil, hace del acto sexual un mero trámite para lograr sus objetivos. De forma muy inteligente Larraín hace de algo tan cercano como el sexo una manera de evidenciar la distancia personal entre los miembros de las familias actuales. De esta manera Larraín le concede otro grado importancia al sexo y se convierte, junto al baile en el motor narrativo de la cinta.


En Ema hay mucha tela que cortar y el director no solo carga en esta película contra las personas que forman parte de la sociedad sino también contra los pilares que la sustentan. Ema y sus amigas se dedican a quemar monumentos y otros elementos del mobiliario público por las noches, como muestra de inconformidad con la burocracia y las instituciones, que son el auténtico villano de la cinta.


Lo que parece un popurrí de elementos dispares se configura como una obra única en su especie, dotada de una organicidad en la que todo puede resultar tan extraño que nada llega a desentonar. Además en Ema podemos comprobar que Tarantino no es el único director que sabe crear grandes escenas con un lanzallamas.

La luz contra la pantalla

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