• Héctor Gómez

En busca de una nueva mirada


Hace aproximadamente siete años, un paparazzi toma una fotografía de Scarlett Johansson cayendo de bruces contra el suelo. Muy pronto, la imagen se vuelve viral y se convierte en meme, y no tardan en sucederse, como es habitual, los pertinentes chops y montajes, a cada cual más ocurrente. Es el signo de los tiempos. Tanto es así, que al escribir este texto, en apenas tres líneas ya han aparecido las palabras “viral”, “meme” y “chop”, tres términos que podrían servir por sí solos para definir nuestra época, una época que tiene en su compleja y contradictoria relación con las imágenes el verdadero caballo de batalla a partir del que se definirá el futuro.


La anécdota a la que nos hemos referido al principio tiene, sin embargo, más lecturas. Más allá de dejar patente que cualquier imagen es susceptible de ser deconstruida y descontextualizada (el momento de la caída formaba parte del rodaje de la película sobre la que trata este artículo, y era, por tanto, voluntario), también pone de manifiesto una idea más perturbadora: ¿a quién pertenece el cuerpo de Scarlett Johansson? Una pregunta nada gratuita, porque en estos tiempos en los que las imágenes han sustituido definitivamente a los textos –incluso a la propia palabra– como la unidad básica de sentido, cuestionarse sobre la pertenencia del propio cuerpo parece necesario. Porque cuando es tan fácil manipular, trucar y difundir una fotografía y llenarla de nuevos e impredecibles significados, es más que nunca necesaria una reflexión sobre la propia mirada, sometida definitivamente a tensiones que borran para siempre la frontera de lo público y lo privado, de lo que queremos ocultar y de lo que queremos mostrar, todo ello mezclado en un batiburrillo heterogéneo de instantáneas en los que cada vez resulta más complicado bucear.



Y esto se acentúa mucho más en el caso de las celebrities. Scarlett Johansson, sin ir más lejos, se ha encontrado a lo largo de su carrera transitando en la delgada línea que deben recorrer las actrices dotadas de un físico privilegiado como el suyo. En un artículo anterior de esta web, ya hablábamos de cómo Johansson ha tenido que lidiar continuamente contra el encasillamiento de rubia explosiva en la que muchas otras cayeron –voluntaria o involuntariamente– antes que ella. Allí definíamos su carrera como “la erótica del talento”, o como el estatus de sex symbol parece anular cualquier otra consideración relacionada con las propias dotes interpretativas, y luchar contra los prejuicios y las demandas del público es una tarea titánica. Y es que pocas personas existen en el mundo que estén sometidas a tal escrutinio de todos los aspectos de sus vidas como las actrices de Hollywood. La fama, de hecho, parece que siempre conlleva un peaje que el auge de las redes sociales ha amplificado hasta límites casi insoportables. La propia Scarlett Johansson, no lo olvidemos, tuvo que sufrir (como ya le pasó a Jennifer Lawrence, por ejemplo) el acoso de personas que amenazaban con difundir fotos suyas desnuda. Esta invasión de la privacidad tiene una defensa legal y judicial indiscutible, pero la incidencia en otros aspectos es mucho más difícil de controlar.


En Scarlett Johansson confluye toda una serie de teorías sobre la mirada, y el deseo que se asocia a ella, que prácticamente podrían conformar un corpus teórico en sí mismo. La actriz neoyorquina, desde sus primeros pasos como intérprete precoz a finales de los 90, ha sido el punto de fuga en el que han confluido los ejes visuales de millones de hombres y mujeres en todo el mundo, analizando cada gesto, cada pose, cada vestido, cada paseo con un frappelatte en la mano por las calles de Manhattan. ¿Es posible entonces mantener la convicción de que se posee algún control sobre el propio cuerpo? No es extraño en absoluto que Scarlett aceptara el papel de Her (Spike Jonze, 2013), en la que interpreta a una inteligencia artificial carente de corporeidad, pero cuya voz ya genera una serie de reacciones y anhelos asociados a su imagen. Y quizá llegue el día en el que, como sucedía en El congreso (The Congress, Ari Folman, 2013), las actrices no necesiten ni siquiera intepretar, porque la tecnología permitirá disponer de imágenes virtuales de sí mismas que no envejecen y que las sustituyen para siempre en la pantalla, presa de los designios del productor de turno –y, por tanto, del público–. Al final, la verdadera distopía del futuro será poder discernir lo real del deep fake.


Under the Skin: mirada y deseo

Entonces, ¿por qué no entender una película como Under the Skin (2013) como una apuesta por una nueva mirada y una recuperación por parte de Scarlett Johansson de la soberanía sobre su propio cuerpo? La película de Jonathan Glazer, de hecho, se construye a partir de la subversión del cuento clásico de Caperucita Roja, siendo esta vez la protagonista femenina la que se convierte en una suerte de lobo feroz que seduce y engaña a sus víctimas hacia una trampa mortal. Y en esta nueva propuesta, la mirada y el deseo juegan un papel fundamental. La película ahonda en las dinámicas heteropatriarcales de la mujer como objeto de deseo, y en la impunidad del hombre a la hora de sentirse legitimado a actuar como sujeto deseador, por mucho que esta vez esa despreocupación tenga consecuencias fatales.



Pero, ante todo, Under the Skin está concebida a partir de la mirada del personaje sin nombre que interpreta Scarlett Johansson, una extraterrestre de la que nada sabremos, aparte de que parece estar a las órdenes de un extraño motorista (Jeremy McWilliams) y de que su menú del día se conforma de los hombres a los que seduce y atrae a una especie de oscuridad primigenia en la que quedan atrapados, confinados indefinidamente en un esmegma viscoso. La mirada de Scarlett Johansson es una mirada pura, virgen, la que adopta una criatura venida de otro planeta que encuentra curioso cualquier detalle, sea el movimiento de una hormiga o las reacciones de los hombres en el ritualizado juego de la seducción. Tal vez por eso el director haya optado por situar la película en los ambientes más anodinos de Glasgow, con sus edificios de ladrillo, su cielo gris y sus rutinas aburridas, utilizando un estilo de filmación más próximo al documental y prescindiendo de actores mínimamente conocidos para que el único estímulo visual del espectador (y de la protagonista del film) sea la contemplación de la humanidad más de andar por casa. El personaje principal se construye exteriormente a partir de la piel de sus víctimas, pero interiormente sigue un proceso de autodescubrimiento que Glazer plasma en las muchas escenas de la protagonista ante el espejo, con una mirada entre atónita y curiosa, en la que es inevitable no pensar en la propia Scarlett Johansson recuperando la consciencia sobre un cuerpo, el suyo, que continuamente está en riesgo de ser arrebatado por su constante exposición pública.


Under the Skin es una película atípica, un ejercicio de sci-fi desconcertante que empieza homenajeando al Stanley Kubrick de 2001: Una odisea del espacio (2001: A Space Odyssey, 1968) y que por el camino deja retazos de la abstracción sonora del David Lynch de Twin Peaks versión 2017, todo ello sostenido por la impresionante ambientación musical de Mica Levi, y que encuentra sus imágenes más sugerentes en aquellas que transcurren en ese limbo de un negro profundo en el que Scarlett Johansson lleva a cabo su labor de mantis. Quizá la extrañeza de su desarrollo y cierta falta de coherencia argumental expliquen, en parte, por qué una película como esta ha tardado siete años en ser estrenada en salas de cine, y por que Jonathan Glazer puede acabar arrastrado a la condición de director "maldito". Sin embargo, estos detalles carecen de importancia si analizamos la película desde el prisma de la adopción de una mirada vindicativa sobre el cuerpo propio, en donde Scarlett Johansson pasa de ser la que es mirada a la que mira, llegando al paroxismo cuando, una vez desgarrada su piel humana, la criatura de ónice y su rostro prestado se encuentran cara a cara, justo antes de que sus cenizas se unan con el universo para siempre.












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