• Revista Luciérnaga

En recuerdo de Douglas Trumbull


Cuando pensamos en personas imprescindibles en la historia del cine, nuestra mente siempre tiende a recordar nombres de actores, actrices, directores, quizá algún que otro guionista y un productor afamado, y como mucho un compositor de bandas sonoras inolvidables. Pero casi siempre olvidamos todos esos otros oficios «invisibles» sin los cuales sería imposible entender el cine tal y como lo conocemos.


Douglas Trumbull fue, como lo fueron a su manera Tex Avery, Ray Harryhausen o Saul Bass, uno de esos nombres desconocidos para el público general, pero que sin embargo crearon algunos elementos que quedarán siempre para la posteridad. ¿Qué sería, por ejemplo, del cine de ciencia-ficción sin el concepto visual de 2001: Una odisea del espacio (2001: A Space Odyssey, 1968)? ¿Sería Blade Runner (1982) el epítome de la estética cyberpunk sin su escenografía? ¿Podrían Stanley Kubrick o Ridley Scott haber completado sus obras maestras sin la colaboración de Trumbull? Seguro que no.


Los diseños de un visionario como Trumbull son imprescindibles a la hora de entender alguna de las mejores películas de la segunda mitad del siglo XX. Avances técnicos y audaces que perdurarán en nuestra memoria colectiva con el paso de las décadas, y que seguirán sirviendo de inspiración para los que vengan detrás. No se concibe una película como Encuentros en la tercera fase (Close Encounters of the Third Kind, Steven Spielberg, 1977) sin la nave espacial que diseñó Trumbull, y que sirvió de patrón para futuros encuentros alienígenas en la ficción. Como también le deben tantas cosas films como Star Trek: La película (Star Trek: The Motion Picture, Robert Wise, 1979) o incluso El árbol de la vida (The Tree of Life, Terrence Malick, 2011).


Trumbull fue un pionero en muchos sentidos, por mucho que sus trabajos más recordados nunca tengan que ver con las películas que él mismo dirigió. Sobre él pesa cierta aura de director maldito, por la poca repercusión que tuvieron en su momento cintas como Naves misteriosas (Silent Running, 1972) o Proyecto Brainstorm (Brainstorm, 1983), esta última marcada por la muerte trágica de Natalie Wood en pleno rodaje. Son películas que, sin embargo, han adquirido con el tiempo el estatus de clásicos de culto, films incomprendidos e imperfectos que a pesar de ello apuntaban ideas más que sugerentes. No obstante, aunque Douglas Trumbull no hubiera dirigido ninguna película, no dejaría de tener un espacio destacado en la historia del cine del siglo XX.