• Héctor Gómez

Héroes entre nosotros



Incapaces de dar sentido y explicación a muchos de los acontecimientos que tenían lugar en su reducido mundo, nuestros ancestros inventaron a los dioses. Pronto estos adquirieron una entidad propia, se instalaron en una esfera superior y pasaron al plano de lo sagrado, quedando los seres humanos supeditados a sus designios y sus mandatos. Y así fue durante siglos (y lo sigue siendo hoy en día en muchos sentidos), hasta que los avances científicos y la ampliación constante de las fronteras -físicas y mentales- hacía cada vez más innecesaria su presencia, al menos como entidades sobrenaturales y fuente de misterio y leyes universales.


A principios del siglo XX, el mundo empezaba a estar ya conectado prácticamente en su totalidad. La sociedad occidental, al menos, había pasado por sus grandes revoluciones económicas, industriales, sociales y psicológicas. Los fenómenos naturales tenían su explicación científica, y los dioses (o el Dios en singular) ocupaban el terreno de la tradición y el mandato cultural, y su mitología ya solo formaba parte de la leyenda transmitida generación tras generación. Así, la amenaza ya no era lo inexplicable, lo ignoto, lo desconocido. El rayo que cae del cielo e incendia una casa. El río que se desborda y anega los cultivos. La tierra que tiembla y se traga pueblos enteros. El mundo había conocido otro tipo de horrores, y no los provocaba la ira de la naturaleza o el deseo de venganza de un panteón de dioses caprichosos. El horror lo provocan los hombres. Hombres como nosotros, de carne y hueso.


Y si el enemigo no es invisible sino que viste nuestra propia piel, entonces la respuesta tiene que ser también similar. Así es como nace el héroe moderno, siempre a la medida del hombre (casi nunca de la mujer), producto de los horrores de un mundo que se consume a sí mismo y al planeta que habita. La amenaza puede ser muy diversa, pero el héroe tiene unos rasgos muy reconocibles. Dos piernas, dos brazos, una cabeza sobre los hombros. El héroe se modela a partir del superhombre nietzscheano, una sublimación de nuestra triste condición de mamíferos físicamente poco preparados para la supervivencia. Los poderes son la expresión de nuestros anhelos, de nuestro sueño imposible de volar, de ser invisibles, de viajar en el tiempo, de aplastar al otro con la fuerza de nuestros puños.


Porque toda sociedad necesita héroes, necesita protegerse del enemigo, del otro. Y de sí misma, de todo lo amenazante y contestatario. El héroe, por definición, vive en el límite de la legitimidad moral, asoma siempre el atisbo del totalitarismo en su forma de actuar, en su forma de impartir justicia (¿o era venganza?) sin más juicio que el de su propia superioridad y sin más ley que su fuerza sin parangón. El héroe con superpoderes alimenta nuestro deseo oculto de subyugar a quien no piensa o no actúa como nosotros, sin tener que pasar por el filtro de la razón o las constricciones sociales. Aplastar, derrotar y matar. Y ser reconocido y adorado por ello. El siglo XX está lleno de personas que intentaron alcanzar ese ideal, y llegaron demasiado lejos.


Pero, ¿por qué hacerse todas estas preguntas?. ¿Por qué no simplemente dejarse llevar por el espectáculo subyugante de un cuerpo ideal realizando proezas sobrehumanas?. Lo que nos gusta de los superhéroes es precisamente que pueden hacer lo que nosotros no podemos, lo que nos gustaría hacer. Vuelan porque no podemos volar. Se enfrentan con cien enemigos a la vez porque nosotros caeríamos noqueados con el primer puñetazo. Salvan el mundo porque nosotros moriríamos solo del susto. De ahí el éxito del héroe en la cultura popular, primero en las publicaciones seriadas impresas, después en la radio, la televisión y, finalmente, el cine. Pero la tendencia es convertir al héroe en otro producto de consumo, haciendo que los árboles de la espectacularidad y el alarde no dejen ver el bosque, lo interesante de entender su génesis y su condición.


Vivimos en la era del superhéroe, nos hemos acostumbrado a su presencia ubicua en nuestro entorno. Están ahí cuando encendemos la televisión, cuando vamos a comprar ropa, cuando nos tomamos los cereales del desayuno. En la última década se ha llegado al paroxismo, con casi medio centenar de blockbusters en las pantallas de cine y la creación de auténticas mitologías y universos que cualquier día, si nos descuidamos, podrían acabar sustituyendo a las oficiales. Nuestros jóvenes no conocen el castigo a Sodoma y Gomorra, la travesía de Moisés por el desierto, el viaje de Odiseo en busca de una Ítaca siempre postergada o la epopeya de Gilgamesh. Pero saben perfectamente que Thanos provocó la desaparición de la mitad de la población del universo solo con el chasquido del Guantelete del Infinito. Los superhéroes están tan incorporados en nuestro mundo que los hemos considerado parte consustancial de él, y hemos olvidado cuál es su función y su razón de ser.


Shyamalan y el héroe de a pie

Qué difícil, y que maravillosamente estimulante, es intentar catalogar la filmografía de M. Night Shyamalan. En 25 años y trece películas (20 y once si exceptuamos sus casi desconocidos dos trabajos iniciales), el director nacido en India e instalado en Philadelphia ha explorado prácticamente todos los géneros (el terror, el fantástico, la ciencia-ficción, la aventura o el drama), aportando siempre un sello personal y distinguible, que va mucho más allá de la presencia innegociable del plot twist final en el que muchos se han quedado haciendo un alarde de injusto reduccionismo hacia su obra.


A lo largo de su carrera, sus películas han sido muy diferentes unas de otras, con una sola excepción. Quizá sin saberlo aún, en el año 2000 inauguraba su propia saga de superhéroes. Una saga cocida a fuego lento, fuera de los focos, los grandes presupuestos y las virguerías ante una pantalla verde. Una trilogía que lleva su propia firma, su visión personal sobre lo que significa ser héroe en el siglo XXI. El héroe de a pie, sin mallas, sin (casi) músculos y que puede ser el reflejo que nos devuelve el espejo de nuestro recibidor. Shyamalan ha demostrado en estos veinte años no solo un conocimiento enciclopédico de toda la mitología que se ha construido en torno a los superhéroes en el último siglo, sino sobre todo una capacidad y una clarividencia imponente a la hora de identificar las tipologías, los objetivos y el significado de lo que implica su existencia. Y lo ha hecho sin renunciar al entretenimiento y al disfrute puramente cinematográfico de su propuesta. La suya es una trilogía a contracorriente, casi subversiva en estos tiempos. Y por esa misma razón, deliciosamente atractiva.




David Dunn, el héroe reticente

Resulta muy curioso ver una película como El protegido (Unbreakable, 2000) en el momento presente, con la retina saturada con la infinidad de películas de superhéroes que hemos visto en los últimos años. Pero en aquél ya lejano año 2000 (cuántas cosas han cambiado desde entonces), nuestro único contacto con el cine de superhéroes había sido prácticamente gracias a las proezas camp y pretecnológicas del Superman de los años 70 y 80, a la visión tenebrosa y gótica de los Batman de Tim Burton o al delirio kitsch de las dos películas de Joel Schumacher sobre el murciélago de Gotham. Aún faltaban cinco años para que Christopher Nolan recuperara la dignidad cinematográfica y psicológica del Caballero Oscuro con Batman Begins (2005), y casi una década para que Iron Man (Jon Favreau, 2008) inaugurara oficialmente el Universo Cinematográfico de Marvel, que diez años después se convertiría en el patrón oro con el que medir el cine de superhéroes en todo el mundo.


Por el contrario, El protegido es una película de superhéroes atípica, morosa en su desarrollo y con un discurrir que debe más al drama psicológico que a los estilemas del cine de acción. No en vano, tiene el mérito de que su clímax sea cuando Bruce Willis levanta pesas en el garaje de su casa. Lo pensamos ahora y nos parece una locura.


Shyamalan venía de colocar su nombre en boca de todos cuando, un año antes, El sexto sentido (The Sixth Sense, 1999) recuperaba para la causa la etiqueta (por otro lado injusta y simplona) de "cine de terror adulto", además de producir una viralidad avant la lettre respecto a su comentadísimo giro final, anticipando en varios años la edad de oro del spoiler alert. En este sentido, El protegido parece casi una secuela de El sexto sentido, no solo por la presencia de un Bruce Willis taciturno y parco en palabras, en las antípodas del héroe de acción bravucón y deslenguado al que la saga Jungla de Cristal nos había acostumbrado, sino también por su desarrollo pausado y reflexivo, por la suavidad de sus movimientos de cámara y por lo extraño de sus encuadres para los cánones del cine de este tipo. Porque en realidad, no sabemos que la película tiene superhéroes hasta casi el final. Lo que hemos visto hasta el momento es el intento de David Dunn (Willis) por recuperar su vida después de ser el único superviviente de un accidente de tren en el que murieron casi doscientas personas. Dunn no entiende cómo ha sido posible sobrevivir a la catástrofe, y menos sin sufrir el más mínimo rasguño. Su extrañeza se mezcla con cierto sentimiento de culpa, de la culpa del superviviente. Como en El sexto sentido, su desidia vital se manifiesta en la fría relación con su esposa (Robin Wright) y en la distancia con su hijo (Spencer Treat Clark), abrumado por unas proezas físicas que ni siquiera su padre es capaz de asimilar.


En esta situación, la única persona que entiende y justifica lo extraño de la realidad de Dunn es Elijah Price (Samuel L. Jackson), especialista en cómics y condenado a una vida frágil por su enfermedad de Huesos de Cristal, con la posibilidad de una fractura múltiple siempre agazapada incluso tras un simple apretón de manos. Al enterarse de que Dunn ha sobrevivido al accidente de tren totalmente ileso, Price se obsesiona con la posibilidad de que Dunn tenga capacidades especiales, que no sea un hombre como los demás. Intenta incluso convencerle de ello, hacerle recordar que nunca ha estado enfermo, que nunca ha sufrido ninguna lesión (y la única que hay en su historial es una invención), que es evidente que es diferente al resto del mundo.


La posición de David Dunn, en un principio, es la del héroe reticente, el que se niega a reconocer su propia condición. Al que le abruma disponer de unas capacidades que no sabe cómo gestionar. ¿De qué sirve ser inmune al daño físico si ni siquiera es capaz de crear puentes de comunicación con su esposa? Lo más interesante de El protegido es la confrontación de los personajes de David Dunn y Elijah Price como extremos opuestos de la misma condición diferencial. Dunn puede ser héroe pero no quiere, carece de la voluntad y el convencimiento para ello, y no es hasta el mismísimo final (cuando se revela que Price ha provocado catástrofes con cientos de muertos, incluido el accidente de Dunn, en su intento de dar con "el elegido") cuando asume la posibilidad de utilizar su condición para hacer el bien, es decir, el punto de inflexión de todo superhéroe. Por su parte, Price quiere ser el héroe pero no puede, limitado por su condición médica a tener que conformarse con la pírrica victoria que supondría confirmar su teoría sobre la existencia de seres sobrehumanos. Uno irrompible (qué oportunidad perdida con la traducción del título original), el otro mil veces roto, Dunn y Price se necesitan mutuamente para dar forma al esquema básico sobre el que se cimienta toda la dialéctica del superhéroe: la dicotomía héroe-villano. Cuando David Dunn asume su condición heroica y actúa en consecuencia es también cuando nace oficialmente su némesis: Mr. Glass.




Kevin Wendell Crumb, el agente del caos

Cuando se estrenó Múltiple (Split, 2016), Shyamalan estaba en un momento complicado de su carrera. Las tres películas que había estrenado en esta década habían suscitado más división que consenso. Airbender: El último guerrero (The Last Airbender, 2010) y After Earth (2013) se vieron lastradas por su condición de rarezas dentro de unos géneros tremendamente codificados, pero en el fondo remarcan la osadía de Shyamalan a la hora de afrontar propuestas diferentes e inesperadas. Con La visita (The Visit, 2015) se sumaba a la moda del terror articulado en base al found footage para hablar del horror que se genera cuando lo cotidiano se convierte en amenaza, como ya había hecho con la infravalorada El incidente (The Happening, 2008).


Ninguna de estas cintas había tenido el impacto de sus trabajos de los albores del siglo XXI. Por eso, Múltiple se presentó un poco con el paso cambiado, cuando nadie esperaba que Shyamalan se hiciera referencia a sí mismo y a una película como El protegido. De hecho, esta vez el twist final no se produce hasta el ultimísimo plano de la película, cuando la aparición (el cameo, más bien) de Bruce Willis como David Dunn y las dos palabras que pronuncia –Mr. Glass, las mismas que cerraban El protegido– nos confirman que toda la película pertenece al mismo universo de su film anterior.


Hasta ese momento, Múltiple era más bien una deconstrucción de los rasgos del Trastorno de Personalidad Múltiple, en esta ocasión con el caso extremo de Kevin Wendell Crumb (James McAvoy), cuya mente alberga un total de 24 personalidades diferentes, que van desde la rata de biblioteca al decorador de interiores afeminado, pasando por una mujer sofisticada y hasta un niño de nueve años. Pero la personalidad más extrema y peligrosa de todas ellas es La Bestia, un ser con cualidades físicas portentosas que desafían las leyes de la física, la biología y la psicología.


Crumb secuestra a tres chicas jóvenes en su intento de teatralizar la llegada de La Bestia, anticipada durante casi todo el metraje por el resto de personalidades como una especie de advenimiento de una figura mesiánica, llegada al mundo con un objetivo muy definido. Así, La Bestia se presenta explícitamente como la cumbre de la evolución del ser humano. Un hombre más fuerte, más rápido, más resistente y, en definitiva, mejor que todos los que hayan existido nunca. El mensaje de La Bestia es también, y ahí está la clave, el de reivindicar la cuota de poder de los oprimidos, de los marginados por el hecho de ser diferentes. Shyamalan aborda aquí uno de los aspectos más interesantes de la mitología heroica: la del héroe que adquiere su condición no por decisión propia, sino por una cuestión ajena a su voluntad. Ya sea por un accidente en un laboratorio, por recibir el mordisco de una araña radiactiva o por nacer con una mutación, hay héroes que lo son por imposición del destino. Todo el universo de los X-Men, por poner un ejemplo, gira en torno al difícil encaje de los mutantes en el mundo real, paradójicamente condenados al sufrimiento por su propia superioridad. En Múltiple, La Bestia se convierte en el profeta que guiará a los diferentes a gobernar el mundo. Porque, si dispones de una superioridad manifiesta respecto a tus semejantes, ¿qué te impide utilizarla?


Pero de nuevo Múltiple, como El protegido, no es una película de superhéroes al uso. En este caso ya prescinde de la forma de narrar de esta última, tan cercana al drama intimista. Múltiple se aproxima más a las formas del thriller de espacios cerrados y claustrofóbicos, donde el arco argumental principal es el intento de las tres chicas secuestradas de escapar antes de que La Bestia se manifieste. De ellas solo una, Casey (Anya Taylor-Joy), buscará no tanto huir por todos los medios como intentar entender el funcionamiento de la mente perturbada de Crumb, a cuya exposición fragmentada contribuye de forma impresionante el prodigio interpretativo de McAvoy, capaz de modificar su voz, sus gestos y hasta su propio físico en función de cada personalidad que representa.


El clímax final tiene mucho de referencia a arquetipos ya transitados en muchas ocasiones, pero al mismo tiempo sirve para poner el foco en otro de los lugares comunes de la narrativa superheroica: el del villano que presenta rasgos de piedad (Crumb perdona la vida a Casey cuando la tenía a su merced) y por ello escapa sin que el espectador tenga la sensación de completa injusticia. La revelación final de la conexión con El protegido refuerza la idea de que Shyamalan está tejiendo una mitología en torno a ciertos arquetipos que son particularmente interesantes a la hora de analizar la figura del héroe y de la lucha del bien contra el mal. Y, como buen aficionado a los cómics y a la cultura popular, Shyamalan también sabe que necesita una tercera película para completar el ciclo.




Elijah Price, la mente maestra

Glass (2019) ya no recurre a la finta de su predecesora y se adscribe abiertamente como cierre de la trilogía de Shyamalan sobre el superhéroe y por primera vez junta a los protagonistas de las películas anteriores en el mismo espacio. Es muy significativo que este espacio sea precisamente una institución mental en la que los tres están recluidos para someterse a una terapia conducida por la Dra. Staple (Sarah Paulson), cuyo objetivo principal es convencerles de que no son superhombres en ningún caso.


Según Staple, la extraordinaria resistencia de David Dunn y su capacidad de “sentir” los pecados de los demás son en realidad producto de una lesión cerebral tras el accidente de tren. Las proezas físicas de Crumb responden más a una serie de casualidades y defectos materiales que a una condición sobrehumana. Y la extraordinaria inteligencia –y el delirio de grandeza asociada a ella– de Elijah Price no es más que el resultado de un exceso de actividad del lóbulo frontal de su cerebro. Respuestas científicas a cuestiones que en principio se escapan a la razón. El deseo de la Dra. Staple es acotar las supuestas habilidades especiales de los tres a comportamientos y capacidades alcanzables por cualquier ser humano. En su esquema mental, los superhéroes no son más que personas como cualquier otra, a los que solo les diferencia el convencimiento de poseer una condición diferente. Es decir, el héroe como enfermedad mental, los superpoderes como trastornos psicológicos.


Es aquí donde interviene Mr. Glass, un Elijah Price internado en instituciones psiquiátricas y fuertemente sedado desde que lo detuvieran como culpable de tantas tragedias en el pasado. Su mente parece ya tan frágil como el cristal de sus huesos, pero sabemos que el villano siempre guarda un as en la manga y una cuchilla entre los pliegues de la ropa.


Si el objetivo de la Dra. Staple es convencerles de que no son especiales, el de Mr. Glass es todo lo contrario. Convencido de la condición heroica de Crumb y Dunn, urde un plan para escapar con el objetivo de demostrar a todo el mundo que los superhéroes existen. De nuevo Shyamalan recurre a los tropos del cómic, y lo hace de forma explícita y verbalizada por los propios personajes a lo largo de todo el metraje. Tropos como el de la exposición pública de los superpoderes para que el mundo sea testigo de su existencia, o como el de los progenitores como explicación a la condición del héroe. Así, descubrimos que el padre de Kevin Crumb murió en el accidente de tren al que David Dunn sobrevivió milagrosamente. Eso llevó a que Crumb creciera solo con su madre y que esta abusara psicológicamente de él, lo que condujo a su trastorno de personalidad y al nacimiento de La Bestia. El propio Mr. Glass lo expresa de forma clara y meridiana: “Esto no es una Edición Limitada, sino una Historia sobre los Orígenes”. Como en las mejores historias de superhéroes, todos los personajes están conectados de una u otra forma, lo que para el espectador (o el lector) contribuye a aumentar el sentimiento de épica en el devenir de cada uno de ellos.


Así, el final de Glass se conforma como el crossover definitivo del universo heroico de Shyamalan, con La Bestia y David Dunn luchando cuerpo a cuerpo para que Mr. Glass pueda demostrar que había tenido siempre razón. Su destino, sin embargo, es el de sucumbir –cual Dr. Frankenstein– ante el monstruo que él mismo ha creado, cuando La Bestia descubre la relación de Mr. Glass con el fallecimento de su padre. En una secuencia climática arrolladora (solventada de una forma orgánica y natural, sin necesidad de grandes efectos especiales), los tres protagonistas encuentran la muerte, con el único consuelo de saber que, en última instancia, sí eran especiales.


Pero en el cine de Shyamalan siempre hay espacio para una última sorpresa, y en este caso se revela que la verdadera intención de la Dra. Staple no era convencerles de que no eran superhéroes por una cuestión médica. En realidad, la doctora forma parte de una red organizada (otro clásico comiquero) que sabe que efectivamente existen las personas con capacidades especiales, pero se dedican a conseguir que renuncien a estas por las buenas o por la fuerza. De este modo, en el universo cinematográfico de M. Night Shyamalan los héroes sí existen de verdad, pero están amenazados. Amenazados por quienes consideran que es injusto que existan superhombres, que haya alguien que tenga la capacidad de hacer cosas que nadie más podría. Porque al final el superhéroe no es más que eso, una anomalía y una amenaza al statu quo, que debe ser eliminada. Del mismo modo que el superhéroe se alimenta de nuestra necesidad de creer que alguien con nuestro mismo aspecto puede enfrentarse a la barbarie, se encuentra con la paradoja del peligro de su propia existencia, por lo que supone de puesta en cuestión del equilibro natural de las cosas. Los héroes son tan necesarios como, al final, incómodos, porque igual que nos hacen soñar con grandes proezas, nos recuerdan que al final del día no somos más que pequeños seres diminutos y frágiles. Por eso Shyamalan se permite añadir una coda a su trilogía, y revela la intención última de Mr. Glass: hacer que el mundo vea y sea testigo de la presencia de seres extraordinarios. El triunfo final de la mente maestra, del villano trasmutado en héroe que sacrifica su propia vida en pos de la verdad, y que –como tantas veces en los cómics– se sale con la suya incluso después de morir.

La luz contra la pantalla

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