• Héctor Gómez

Hacia el corazón de las tinieblas (Ad Astra, 2019)



La escena inicial de Ad Astra (James Gray, 2019), en la que el astronauta Roy McBride (Brad Pitt) se embarca en su misión afirmando que "no dejará que le afecten las emociones, no dependerá de ninguna persona y tomará exclusivamente decisiones pragmáticas", encuentra su rima en la escena que actúa como epílogo del film, actuando como reflejo invertido de lo que proponía aquella. Si al principio McBride apelaba a despojarse de todo sentimiento para que no interfiriese en el éxito de su misión, ahora abraza con regocijo la idea de sucumbir a las emociones, al calor humano, al amor. El camino de McBride es el del replanteamiento de una idea de masculinidad que, por pueril que pueda parecer, está presente en la inmensa mayoría de la producción cultural de la historia de la humanidad. Esa idea que equipara la sensibilidad con debilidad, esa retórica del los chicos no lloran, esa convicción de que el amor (expresado en cualquiera de sus posibilidades) es un lastre a la hora de conseguir el éxito, ese pragmatismo extremo que despoja al héroe (masculino) de cualquier atisbo de sentimentalismo, porque implícitamente está equiparando estos rasgos a lo femenino y, por tanto, a lo negativo y a lo indeseable.


No es casual que Ad Astra, que por otro lado apunta a fracaso en taquilla como ya le sucedió a Z, la ciudad perdida (2016), anterior filme de Gray, esté encontrando sus mayores defensores en varones de mediana edad que opinan que por fin hay una película en el cine mainstream que refleja este supuesto cambio de tendencia y de paradigma hacia un hombre más "sensible", el que puede combinar el rostro duro y endiabladamente perfecto de Brad Pitt con una expresión que deja intuir el maremágnum de sentimientos que se agolpan en su interior (y que tampoco pueden expresarse más allá de una lágrima furtiva, no vayamos a correr tanto). Así, el hecho de que James Gray nos esté diciendo, en 2019, que los tíos también pueden tener sentimientos y no ser seres con menos sensibilidad que una roca de granito, no deja de resultar un poco risible, pero a la vista de ciertas reacciones no parece tampoco baladí en cierto sentido.



Más allá de estas consideraciones, el verdadero problema de Ad Astra es similar al que ya existía en Z. Y es que James Gray, que demostró ser un director con pulso, intensidad y fuerza para contar historias más íntimas en películas como La noche es nuestra (2007) o Two Lovers (2008), parece patinar cuando eleva sus pretensiones a retratar historias más universales y ambiciosas, que implican además adscribirse a ciertos géneros que el director estadounidense parece todavía lejos de dominar. Tanto Z como Ad Astra narran el viaje de su protagonista hacia lo desconocido, en búsqueda de un destino incierto. Las dos películas comparten la obsesión por la existencia de un conocimiento que el ser humano no ha podido alcanzar por no haberse adentrado lo suficiente en lo ignoto, en el corazón de las tinieblas donde se guardan los secretos aún por descubrir. No es casual tampoco la referencia reconocida de Ad Astra a El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad (y, por extensión, a Apocalypse Now (1979) de Francis Ford Coppola), con el protagonista embarcado en un viaje exterior e interior para encontrar a un personaje al que las autoridades, o la sociedad, consideran como loco y peligroso. Solo que, en el caso de Ad Astra, el coronel Kurtz es el padre del héroe (Tommy Lee Jones), añadiendo el componente paterno-filial a la ecuación de tragedia griega que configura el desarrollo argumental del film.


James Gray se sirve del tropo del viaje como mecanismo para explicar la deriva interior de Roy McBride, que a medida que se acerca a su objetivo va asumiendo que su frialdad, su distancia y su incapacidad de transmitir afecto es producto del trauma del abandono de su padre, que prefirió buscar nuevas formas de vida inteligente en los confines del universo conocido a cuidar y querer a su retoño. El problema es que Gray se empeña en subrayar cada pensamiento del protagonista con una voice over que redunda lo que ya están mostrando las imágenes, y que por tanto mitiga el poder expresivo de estas, haciendo que la actuación minimalista de Brad Pitt quede empequeñecida por este recalcado innecesario.


Así, Ad Astra comparte con su predecesora ese aroma a proyecto tan lleno de ambición como de irregularidad, alimentando la figura de James Gray como director capaz de lo mejor y de lo no tan bueno. Aún así, la película está tan llena de hallazgos formales felices (la fotografía de Hoyte Van Hoytema es espectacular) y de decisiones controvertidas (la persecución lunar, los monos rabiosos), que resulta difícil sustraerse a la belleza de su imperfección.

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