• Carlos Cuesta i Martínez

Hasta que la mafia nos separe

Actualizado: mar 29


Pocas presentaciones son necesarias para hablar de Martin Scorsese, posiblemente el mayor nombre de la anterior generación de directores estadounidenses. A sus espaldas, con una filmografía de veinticinco largometrajes de ficción y un buen puñado de documentales y cortometrajes, nos ha brindado algunas de las mejores obras de la segunda mitad del siglo XX, como Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990), Toro salvaje (Raging Bull, 1980) o Taxi Driver (1976).


Las suyas son unas películas que rezuman violencia, tanto a gran escala mediante la representación del crimen organizado —en su haber tiene hasta cinco filmes de mafia, entre los que destaca su trilogía con Robert De Niro y Joe Pesci— como a nivel cotidiano. En el cine de Scorsese, la ferocidad de las «malas calles» se inocula hasta el mismísimo núcleo familiar —y viceversa— para establecer a sus personajes en un espacio narrativo en el que no se llega a permitir la convivencia.


Cuando vemos una película de Martin Scorsese, llama la atención su curiosa representación de los matrimonios y las relaciones amorosas estables, ya que en su mayoría se trata de uniones disfuncionales o con un elevado grado de carencias respecto a lo afectivo. No por ello debería sorprendernos que la infidelidad sea uno de los temas más presentes en la filmografía del director neoyorkino. Podemos encontrarla en Uno de los nuestros, Casino (1995), El lobo de Wall Street (The Wolf of Wall Street, 2013) o El irlandés (The Irishman, 2019).

Esta suele aparecer a través de la atracción de los personajes principales por otros caracteres eminentemente femeninos. Sería el caso de Henry Hill (Ray Liotta) en Uno de los nuestros. En cambio, en algunos casos los cuernos pueden llegar a ir más allá, provocando la ruptura de la pareja inicial del protagonista para la creación de una nueva relación como en El lobo de Wall Street o El irlandés.

Robert De Niro y Cathy Moriarty en Toro salvaje. Fuente: FILMGRAB.

Sin embargo, en la filmografía de Scorsese podemos encontrar con mayor asiduidad los primeros indicios de la violencia de género como son la agresión verbal o el maltrato psicológico. En su cine, los casados —mayoritariamente, la mitad masculina de la relación— gritan, amenazan y golpean el mobiliario del escenario para protagonizar secuencias dignas de pesadilla. Aunque podemos encontrar estos episodios en muchas de sus cintas, su brutalidad en Alicia ya no vive aquí (Alice Doesn’t Live Here Anymore, 1974), New York, New York (1977) y, especialmente, Toro salvaje los convierten en algunos de los momentos más duros de sus metrajes.


La agresión verbal se abre paso a la violencia física en el cine de Martin Scorsese. Jordan Belfort (Leonardo DiCaprio) da un puñetazo a la barriga de su mujer Naomi Lapaglia (Margot Robbie) cuando esta evita que se haga con su hija en El lobo de Wall Street, en el caso más atroz de violencia machista de sus veinticinco largometrajes.


Si nos preguntamos qué lleva a Scorsese a hacer esta representación tan agresiva de los matrimonios y las relaciones afectivas, podremos ver que no se trata de la desconfianza del director en el amor, ya que sí podemos encontrar relaciones amorosas en películas como La edad de la inocencia (The Age of Innocence, 1993). La razón podría ubicarse más bien en la violencia inherente de los universos narrativos que plantea, dominados por referentes masculinos que saben expresarse poco más que con su propia fuerza.