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Hollywood se dispara en el pie (otra vez)



Siempre pasa lo mismo, un año tras otro. La indignación por el resultado de los Oscars se pasa más rápido que unas vacaciones. Olvidamos que nunca son justos, que nunca se premian las mejores películas. Elucubramos con posibles intereses ocultos que dirigen los designios de estos galardones (los famosos lobbies que no está nada claro quiénes son ni qué quieren) y, lo que es más triste todavía, volvemos a ilusionarnos al año siguiente con la esperanza de que esta vez sí, de que este año la Academia se atreverá a dar el paso, a arriesgar, a apostar por la mejor película en lugar de por aquella que de puro simple contente a todo el mundo (exclúyase de esta definición a todas las minorías y, en general, a la gente con un poco de criterio). Que los Oscars, en definitiva, se sacudan por una vez esa etiqueta de conservadurismo y previsibilidad que les haga recuperar un poco de credibilidad en estos tiempos líquidos en los que la forma de hacer, entender y consumir el cine está cambiando para siempre.


Pero eso nunca pasa, por supuesto. Y este año tampoco ha sido la excepción. La 91ª edición de los Oscars pasará a la historia (todas pasan, para qué negarlo) como una de las más insulsas y raquíticas (la primera sin presentador y casi sin guion), y por un reparto de premios más que discutible.


Porque Green Book, ganadora del premio a Mejor Película, no lo es en absoluto. Ni siquiera en el supuesto de que no compitiera contra La favorita o Roma. Decíamos en esta revista que Green Book no es más que otro crowdpleaser destinado a ser olvidado más pronto que tarde. Una película correcta, sin más, que aborda el problema de la segregación y el racismo pero pasando de puntillas y ofreciendo una visión edulcorada y distorsionada del mismo. Ni siquiera merecería el premio a Mejor Guion Original. Lo único justo parece la segunda estatuilla en tres años para Mahershala Ali, con ese rictus elegante y contenido de un virtuoso pianista en el armario enfrentándose contra el (auto)rechazo del no es país para negros.


Roma, la epopeya cotidiana de una criada indígena en el México DF más burgués, era sin duda la mejor de las ocho películas a competición. Pero ya sea por el riesgo de premiar por primera vez con el máximo galardón a una película de habla no inglesa (español y mextec para más inri), por la tirria que algunos académicos le tienen a Netflix o por motivos que se nos escapan, el caso es que Alfonso Cuarón se tuvo que conformar (que no es poco, por otro lado) con el premio de consolación. Oscar a Mejor película de habla no inglesa (movimiento que deja, de rebote, sin premio a la maravillosa Cold War), Mejor Fotografía y Mejor Dirección.


Unos premios muy repartidos, pues ninguna película se llevó más de cuatro estatuillas. La más agraciada cuantitativamente fue Bohemian Rhapsody, con tres premios técnicos (Montaje, Sonido y Montaje de Sonido) y el más que cantado (ejem) para Rami Malek como Mejor Actor Protagonista. El otro hat trick de la noche fue para Black Panther, que se llevó para Wakanda los premios a Mejor Vestuario (por encima de La favorita, increíble), Mejor Banda Sonora y Mejor Diseño de Producción. El tiempo para que una película de superhéroes se lleve premios gordos parece todavía lejano.


Con todo esto, una película tan sugerente y desafiante como La favorita solo se llevó el de Mejor Actriz Principal para la gran Olivia Colman. El blues de Beale Street se adjudicó el de Mejor Actriz de Reparto para Regina King y también rascaron premio Spike Lee como Mejor Guion Adaptado por Infiltrado en el KKKlan, el maquillaje chanante de El vicio del poder y la canción original de Lady Gaga para Ha nacido una estrella. Incluso hubo premio para el First Man de Damien Chazelle (Mejores efectos visuales) en una categoría en la que competía contra Vengadores: Infinity War y Ready Player One. En fin, de locos.


La mejor noticia de la noche fue el más que merecido premio para Spider-Man: Un nuevo universo como Mejor Película de Animación. El film de Bob Persichetti, Peter Ramsey y Rodney Rothmam es, con toda seguridad, mejor que la mayoría de las ocho películas que competían como mejor título del año. Pero a día de hoy parece impensable que la Academia asuma ese nivel de riesgo. Aunque lo más probable es que en una semana se nos olvide y pensemos que el año que viene puede ser diferente.


Porque lo será, ¿verdad?

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