• Héctor Gómez

Aprendizaje, comprensión, aceptación


Pese a que su título remite a la mitología griega, concretamente al mito de Ícaro (el hijo de Dédalo, diseñador del laberinto del Minotauro, que construye unas alas de cera y muere cuando estas se derriten por volar demasiado cerca del Sol), lo cierto es que la historia contenida en Ícaro (Icarus, Bryan Fogel, 2017) tiene más que ver con las distopías políticas de mediados del siglo XX, y particularmente con 1984 de George Orwell, a cuyas palabras literales recurre el documental en numerosas ocasiones para trazar un paralelismo entre la pesadilla orwelliana y la trama de corrupción, manipulación y mentiras protagonizada por el gobierno ruso respecto al tema del dopaje en el deporte.


Como todo buen documental deportivo que se precie, Ícaro no va tanto sobre deporte sino sobre las implicaciones políticas, sociales y culturales que conlleva la práctica deportiva, y más en un contexto como el del deporte olímpico donde los atletas representan a su país, y donde las batallas ritualizadas que tienen lugar en el campo de juego, la pista de atletismo, la piscina o el tatami van más allá de unas cuantas medallas.


Galardonado con el Oscar a Mejor Largometraje Documental en 2018, Ícaro se despliega en varias capas a medida que avanza su metraje. Lo que comienza siendo una investigación personal de su director, Bryan Fogel —ciclista amateur decidido a demostrar los fallos del sistema de detección del doping en las competiciones deportivas—, acaba convertido casi en un thriller político donde no falta ningún ingrediente, y donde el escándalo salpica a todas las instancias.


A diferencia de la ficción, donde el personal creativo puede planificar cada escena y cada secuencia del rodaje al milímetro, en el documental muchas veces sucede que el resultado final tiene poco o nada que ver con el planteamiento inicial, puesto que la realidad puede atropellar la idea de partida hasta convertirla en algo complementamente diferente. Y esto es lo que le sucede a Bryan Fogel, que en su intento de demostrar lo fácil que es burlar los controles antidopaje en las competiciones ciclistas —no en vano, la película comienza con el sangrante caso de Lance Armstrong, que confesó haberse dopado sistemáticamente en los siete Tour de France consecutivos que ganó entre 1999 y 2005 sin haber dado positivo, increíblemente, en ninguno de los cientos de controles que le hicieron— se topa con la figura del científico ruso Grigory Rodchenkov, un tipo parlanchín, ingenioso y excéntrico que acabará siendo la figura clave de una historia que irá adquiriendo tintes cada vez más dramáticos.



La emisión en diciembre de 2014 —en pleno rodaje de Ícaro— de un documental en la televisión alemana ARD en la que se destapaba la supuesta trama de falsificación de muestras de orina de los deportistas y la existencia, en definitiva, de todo un entramado de dopaje sistemático patrocinado por el gobierno ruso y del que Rodchenkov era partícipe, provoca un vuelco dramático de los acontecimientos. Rodchenkov, hasta el momento siempre despreocupado e irónico, empieza a temer las consecuencias que podría acarrearle esas revelaciones, y con la ayuda de Fogel consigue viajar a Estados Unidos para evitar los largos tentáculos de la Madre Patria. Es allí donde, finalmente, decide confesar a The New York Times que él era partícipe de un sistema de manipulación de muestras que afectaba a prácticamente la totalidad de los deportistas rusos en las últimas citas olímpicas, y del que estaban puntualmente informados tanto el ministro de Deportes como el mismísimo presidente Vladimir Putin. Una información que cae como una bomba en el seno de la Agencia Mundial Anti Dopaje (WADA) y el Comité Olímpico Internacional (COI), que decide apartar a los atletas rusos de la inminente cita olímpia en Rio de Janeiro 2016.


En ese punto, Ícaro ha pasado de ser un documental sobre dopaje en el deporte a algo mucho más profundo y siniestro, y es ahí precisamente donde utiliza la referencia a 1984 para reproducir los pasos que O'Brien, alto cargo del Partido que gobierna con férreo brazo en la novela de Orwell, explica a Winston Smith —el protagonista de la misma, el obrero que intenta escapar de la alienación provocada por un estado totalitario en continua vigilancia— describe como el proceso mediante el cual los ciudadanos de Oceanía acaban asumiendo los preceptos impulsados por el Gran Hermano, mediante la técnica del doblepensar. Así, el concepto que inventó Orwell, por el cual se espera que el sujeto acepte como verdadero lo que es claramente falso, o que acepte simultáneamente dos ideas mutuamente contradictorias como correctas, a menudo en contradicción con sus propios recuerdos o sentido de la realidad, se utiliza aquí para enlazarlo con la situación del propio Rodchenkov, que participó durante años en un sistema corrupto hasta la médula del que, sin embargo, el gobierno ruso se empeña en desmentir su existencia.


Aprendizaje, comprensión y aceptación. Son los tres pasos que sigue la mente para perfeccionar el arte del doblepensar, la frontera definitiva de manipulación y alienación que ponía en práctica el Gran Hermano en la novela de Orwell, que el escritor británico inventó como alegoría de la Unión Soviética bajo el gobierno de Stalin. En otro de los grandes productos audiovisuales de los últimos tiempos que se sitúan en la URSS, la miniserie de HBO Chernobyl (Craig Mazin, 2019), asistíamos también a una escena que podría haberse extraído literalmente de 1984, y que es precisamente la que cierra la serie. En ella, el director del KGB le dice al científico que ha destapado la negligencia del gobierno en el caso del peor accidente nuclear de la historia del planeta que su nombre será borrado para siempre, y que nada de lo que pueda hacer o decir tendrá la más mínima influencia en los acontecimientos futuros. La última victoria del totalitarismo es cuando —como sucedía en 1984— tiene la capacidad no solo de no asumir las consecuencias de sus errores, sino directamente borrarlos de la historia como si nunca hubieran existido.


En Ícaro, Vladimir Putin dice que ni siquiera recuerda el nombre del desertor que se inventó todo aquello sobre la trama de dopaje patrocinado por el estado, ese científico esquizofrénico y suicida que acusó sin pruebas de unos delitos muy graves. Sin embargo, las pruebas de la trama de dopaje están ahí —en el informe McLaren, una comisión independiente que halló trazas de manipulación en los frascos de orina de los deportistas rusos en los JJOO de Sochi en 2014—, por mucho que el gobierno ruso lo siga negando y Rodchenkov esté en paradero desconocido dentro del programa de protección de testigos del gobierno estadounidense.


El corolario con el que cierra Ícaro no puede ser más desolador: a pocos días de los Juegos Olímpico de Rio de Janeiro, el COI autorizaba la participación de la delegación rusa, aún en contra del criterio de la WADA, que encontraba indicios más que suficientes de dopaje sistemático desde hacía décadas. Pero estos son hechos que suceden y no suceden al mismo tiempo, escándalos que estallan delante de nuestras narices pero que quedan sin consecuencias, a mayor gloria del delicado y complejo mundo de las relaciones internacionales, que no nos dejan otra opción que rendirnos —como acababa haciendo Winston Smith— ante un sistema que siempre gana.


Aprendizaje, comprensión y aceptación.