• Revista Luciérnaga

Identidad, reflexión y lucha

Actualizado: jun 3


Pocos días después de la finalización de la 23ª edición de DocsBarcelona, proponemos una selección de cinco títulos que se han podido ver en el festival y que tienen como único nexo en común que están dirigidos por mujeres. Son cinco películas muy diferentes entre sí, que juegan con distintos formatos y lanzan propuestas argumentales muy diversas, pero que destacamos por su lucidez a la hora de plantear interrogantes sobre cómo funciona el mundo y las personas que formamos parte de él.


Faith (Valentina Pedicini, 2019)


La película ganadora de la sección Panorama –lo que la convierte, de facto, en el Mejor Documental a concurso en esta edición– propone una experiencia inmersiva e hipnótica en el corazón de los Guerreros de la Luz, un puñado de hombres y mujeres que entrenan cuerpo y mente para preparase ante el apocalipsis. Pero lo que nunca sabremos es contra qué se preparan en concreto, o cuáles son las motivaciones que les llevaron hasta allí. Lo que sí vemos son las dinámicas de jerarquía y dependencia que se establecen en cualquier secta, y que entroncan con las del patriarcado más rancio. Así, entre bailes techno, levantamiento de pesas y puñetazos al saco de arena, Faith nos aproxima, a través de un despojado blanco y negro, a un microcosmos alienado en su propio aislamiento, y donde la figura del maestro condensa todos los aspectos oscuros –el control, la dominación, la humillación– que a lo largo de la historia han dado lugar a los peores totalitarismos.



That Which Does Not Kill (Alexe Poukine, 2019)


Película inteligente y desafiante incluso en su propio título en inglés, Alexe Poukine elimina la segunda parte de la frase hecha (lo que no te mata, te hace más fuerte) para plantear que no caben medias tintas ante un suceso tan radicalmente dramático como es una violación. Lejos de los finales felices y las lecciones aprendidas, lo que hace Poukine es poner en boca de varias personas el testimonio real de Ada, una joven de 19 años que fue violada por un conocido y que no fue capaz de denunciar el suceso hasta casi una década después. De este modo, las palabras de Ada se entremezclan con las experiencias propias de la mayoría de participantes en la película, conformando así un collage poliédrico que aborda la cuestión de la culpa, la responsabilidad y el trauma de una forma directa y sin concesiones, mostrando la necesidad de desterrar de una vez el tabú de las violaciones y poniendo sobre la mesa un problema que nos afecta a todos y cada uno de nosotros, víctimas o no, y que debe ser discutido y afrontado sin prejuicios.



El viaje de Monalisa (Nicole Costa, 2020)


Una de las imágenes más potentes de la película de Nicole Costa es esa en la que la protagonista deambula por las calles de Nueva York con una trenza de varios metros de longitud, que arrastra por el suelo ante la mirada entre curiosa y atónita de todos aquellos que se cruzan con ella. Pero este paseo, desafiante y liberador a la vez, representa a la perfección la transición que supone el eje central de El viaje de Monalisa, un viaje que se puede entender en un sentido literal –desde un Chile en blanco y negro sumido en la dictadura militar a la capital del mundo, donde todos los outsiders encuentran cobijo–, pero también en un plano metafórico. Porque el verdadero viaje es el que convierte a Iván Ojeda en Iván Monalisa, culminando así la transformación definitiva del hombre en su personaje, en esa diva exquisita que es más real que la personalidad que le fue asignada al nacer. Nicole Costa, amiga personal de la protagonista, alterna imágenes de archivo con aquellas registradas durante el periodo de convivencia con Monalisa en Nueva York, en la que la protagonista no escatima en detalles oscuros respecto a su vida como trabajadora sexual y su adicción a todo tipo de drogas. Pero más que una película social, El viaje de Monalisa es el retrato de un personaje tan frágil como magnético, que nos recuerda la infinita capacidad del ser humano para hacer lo que sea necesario para encontrarse a sí mismo y brillar como una supernova.



Zona árida (Fernanda Pessoa, 2019)


Al principio de Zona árida, Fernanda Pessoa cuenta que se había propuesto no volver nunca a la soleada ciudad de Mesa (Arizona), el lugar donde pasó un año de su vida en un intercambio estudiantil. Sin embargo, la directora aparece a cada tanto, siempre de espaldas o demasiado lejos para que podamos ver su rostro, mientras rememora aquellos días y entrevista a las personas (familia de acogida, amigos del instituto) que formaron parte de aquella experiencia. Zona árida reflexiona sobre el choque cultural, sobre el despertar adolescente a las contradicciones de la vida. Pero, ante todo, la película es una bofetada con la mano abierta a un estilo de vida como el que tiene lugar en la ciudad “más conservadora de Estados Unidos”, un estilo de vida acrítico y ensimismado, donde sus habitantes no ven más allá de su ombligo y donde aflora la ignorancia y la falta de sensibilidad ante todo lo que se salga de los límites de sus barras y estrellas.

Hi, A.I. (Isabella Willinger, 2019)


A medio camino entre el relato científico y la distopía cyberpunk –esos planos del Tokio nocturno, con sus neones y la llovizna que remiten automáticamente a la estética Blade Runner­–, Hi, A.I. nos pone sobre aviso de algo que, por mucho que nos empeñemos en ignorar, es ya una evidencia imparable. La inteligencia artificial es algo que ha llegado para quedarse y, como suele suceder, el avance de la tecnología es mucho más rápido que nuestra capacidad para asimilarla desde un punto de vista social e incluso ético. Por eso, todavía nos choca ver a un robot dicharachero que acompaña a una anciana con inicio de alzheimer, y todavía más asistir a la relación entre un fornido texano y una androide hipersexualizada y diseñada para complacerle, por mucho que su relación –por lo que se muestra en el filme– se acerque más a un amor imposible que a una mera satisfacción física. Isabella Willinger propone un viaje incómodo hacia los límites del valle inquietante, fabula sobre un futuro muy cercano en el que la IA estará a la orden del día y, de paso, reflexiona sobre qué es lo que nos convierte en humanos, y sobre si algún día será posible que podamos prescindir de la interacción con alguien que siente y sufre como nosotros.



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