• Héctor Gómez

Esto (no) nos hará mejores


De todas las consecuencias que ha traído la pandemia mundial de COVID-19, si dejamos de lado las que se refieren a la ciencia, la política o la economía, seguramente las que tengan un mayor impacto a medio y largo plazo son las que tienen que ver con la psicología y con cómo queda afectada nuestra visión del mundo que nos rodea y de nosotros mismos. El shock inicial ante la aparición de un virus desconocido, el trauma global del primer confinamiento, el sentimiento de fatiga que produce una desescalada lenta, caótica y profundamente desigual y, sobre todo, la incertidumbre respecto a un futuro que se antoja impredecible, son elementos que van a configurar de forma indeleble nuestra mentalidad presente y futura.


Eso no quita, sin embargo, que debamos olvidarnos que volvemos a estar en el lado amable de la historia. Pese a las decenas de miles de muertos, las secuelas físicas, los trabajos destruidos y los sueños truncados, la pesadilla por esta epidemia parece que se va a extender por un lapso de aproximadamente dos años, una cantidad de tiempo que resulta irrisoria si la comparamos con el periodo de penuria al que tiene que enfrentarse la mayoría de la población mundial. Nosotros, los privilegiados, hemos maridado las noticias sobre muertos y hospitalizados con vídeos de gimnasia en YouTube, conciertos gratuitos online, clases de cocina o de guitarra y distintas versiones del Resistiré. Si algo ha demostrado esta pandemia es nuestra inaudita capacidad de disociación de lo terrible y lo banal, de seguir bailando el último éxito en TikTok mientras la sociedad se desmorona. Y hemos podido hacerlo precisamente gracias a nuestra red de seguridad, a la —a veces precaria— trama de privilegios que siempre damos por sentados, pero que se demuestran imprescindibles cuando vienen mal dadas. En un contexto como este, disponer de un techo para vivir, de unos supermercados que nunca tuvieron peligro de desabastecimiento, de una sanidad pública potente y de algunos resortes económicos que se han puesto en marcha ad hoc, son esos privilegios que nos han permitido seguir adelante con nuestras vidas, hacer más llevadera esta pandemia hablando con nuestros seres queridos por videollamada, encargando libros en Amazon o viendo la última serie de HBO o Netflix.


Permitidme, llegados a este punto, que confiese mi sentimiento de culpa. No esa culpa judeocristiana de no haber sufrido lo suficiente, de no haber enfermado y ni siquiera de haber tenido familiares afectados seriamente por la enfermedad. No he perdido mi trabajo, y he podido teletrabajar tranquilamente en los meses más duros. He podido leer, escribir, pasar ratos muertos delante del ordenador o de la televisión, hablar y quedar con mi familia y mis amigos. He podido incluso viajar y hacer planes casi como si siguiéramos en 2019. Pero en todo momento he intentado no perder la perspectiva de lo que estaba sucediendo, de la situación dramática que mucha gente (la mayoría) está viviendo ahí fuera. De ahí la culpa, ese sentimiento incómodo que se manifiesta al escuchar aquellos mensajes de «esto nos hará mejores» o «la pandemia nos servirá para darnos cuenta de lo realmente importante». Porque no es así, ni la pandemia nos ha hecho mejores ni ha servido para darnos cuenta de lo realmente importante. O, al menos, para hacer algo por cambiar las cosas, aunque sea mínimamente. El único objetivo parece ser volver a donde estábamos antes —la añorada antigua normalidad—, descuidando que ese antes era un mundo profundamente desigual e injusto, al que todos contribuimos desde la inacción, la ignorancia o ese sentimiento de fatalidad burguesa que nos impide hacer cosas porque «¿qué puedo hacer yo?».



Yo quería utilizar este texto para hablar de Inside (2021), el especial de ¿comedia? escrito, dirigido, montado e interpretado por Bo Burnham que se estrenó en Netflix el pasado mes de junio. Pero he empezado hablando de mi propia culpa porque me he sentido identificado con el punto de partida de Inside, en el que Burnham se pregunta si tiene cabida el humor en una situación como esta, si hacer chistes para un público acomodado mientras el resto del mundo se desmorona es ético o no lo es. Claro está, Burnham se lo pregunta de modo irónico, para a continuación responderse que claro que debe hacerlo, que hacer gracia en estos momentos es una obligación, casi una misión divina. Curar el mundo con la comedia es el título de la primera de las canciones de este inclasificable musical interior que es Inside. Pero es solo una de las capas que Burnham va trazando en una espiral que conduce hacia lugares cada vez más profundos e incómodos.


Bo Burnham es un tipo inteligente, y tremendamente talentoso. Inside está grabado sin ningún equipo técnico, solo él en su casa de invitados y un puñado de cámaras, focos, ordenadores e instrumentos musicales. Con estos elementos, Burnham consigue sorprender, con un despliegue de imaginación y puesta en escena encomiables, con un ramillete de canciones que hablan de la soledad y la frivolidad de nuestro mundo, pero especialmente hablan sobre un tema: él mismo. En este especial, Burnham no se corta a la hora de poner sobre la mesa cuestiones espinosas, que van desde los privilegios asociados a su condición de hombre blanco heterosexual hasta la enfermedad mental, en un viaje en el que la risa se congela por momentos hasta acabar en una mueca que llega a helar la sangre.


Inside no es un especial de comedia como los anteriores what. (2013) o Make Happy (2016). Aquí, la soledad obligada por el confinamiento es la excusa para iniciar un trayecto interior que tiene como objetivo evitar la autodestrucción. Burnham sabe que decir que la comedia puede curar al mundo no es más que un brindis al sol, pero quizá pueda hacer algo para curarle a él. Claro que Inside tiene sus momentos cómicos, especialmente aquellos en los que aparece reflejada con mucho sarcasmo la frivolidad de nuestro presente hipertecnológico e hiperexpuesto —White Woman's Instagram es seguramente la mejor canción sobre esta red social escrita nunca—, pero también encierra reflexiones descarnadas sobre nuestra sociedad consumista, capitalista y encaminada al colapso mientras la mayoría miramos embobados alguna pantalla. Pero si algo tiene Inside es mucho de autorreflexión por parte del propio Bo Burnham, sobre su propia condición de cómico, autor y figura pública, pero especialmente como persona que tiene que lidiar con la ansiedad, la depresión y los ataques de pánico. El especial va adquiriendo músculo metarreferencial conforme avanza su metraje, hasta acabar siendo casi un bucle infinito que se cierra en sí mismo, una especie de uróboros que devora al propio Burnham, y que se puede leer perfectamente como metáfora de su reclusión (física pero también mental). Inside, que empieza pareciendo un programa sobre cómo llevar el confinamiento haciendo un musical divertido, termina convertido en un ejercicio de autoayuda para exorcizar los demonios que llevan tiempo instalados en su vida. Bo Burnham es un artista que mira sin contemplaciones dentro de sí mismo, que se abre en canal ante todos nosotros, y que solo puede encontrar consuelo en esa vivisección pública. Así, Inside es el antídoto perfecto para todos estos mensajes autocomplacientes que han proliferado desde el inicio de esta etapa terrible, una llamada de atención para reflexionar seriamente sobre quiénes somos y sobre qué mundo queremos construir para el futuro. Esta vez, a ser posible, libres de culpa.