• Javier Valera

Inventar para sobrevivir



Muchas son las películas que se vienen a la mente cuando se habla de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto. Por lo tanto, cuando se estrena otra película ambientada en ese tiempo y espacio surge la duda de si va a resultar repetitiva o si va a aportar algo nuevo. La sorpresa llega con propuestas como El profesor de persa (Persian Lessons, 2020) película que se estrena este viernes dirigida por el cineasta Vadim Perelman.


Protagonizada por el argentino Nahuel Pérez Biscayart, el filme es bastante atrayente con su arranque: un preso judío finge ser persa para no ser ejecutado, debido a que un oficial del campo de concentración quiere aprender farsi. Durante más de dos horas el cineasta consigue que el espectador esté totalmente en tensión, porque Gilles (Nahuel Pérez Biscayart) no sabe nada de farsi, tan solo tiene un libro en ese idioma, y debe inventarse cuatro palabras al día para enseñárselas al sargento. Todo puede ir bien si nadie le descubre, y ahí está lo más sugerente de la película: ver hasta dónde está dispuesto alguien por sobrevivir en un lugar tan cruel donde la esperanza de quedar con vida es casi nula.


Las partes más destacadas de este filme, que no destaca tampoco por presentar una propuesta formal atractiva, ocurren cuando los dos personajes principales, el soldado judío y el oficial (interpretado por Lars Eidinger), están juntos: uno engañando y el otro creyéndose esas palabras que surgen de la inventiva del falso persa. Surge de esta forma un juego con el que se consigue una pequeña tranquilidad en medio de todo el miedo que vive el protagonista. Toda la película está estructurada, salvo algunas escenas con algo más de acción, en planos muy intimistas y oscuros, acordes con el desasosiego y pánico que viven los soldados en contraposición con la chulería, superioridad y agresividad de los oficiales y soldados.


Esa falsa amistad interesada (ambos tienen sus propios intereses: el preso quiere huir y sobrevivir, el otro quiere aprender el idioma para mudarse a Persia) que surge entre preso y oficial es lo mejor de una película correcta en su narrativa en la que, además, se evidencia algo inverosímil, aunque el propio filme ya se encarga de especificar que estamos ante una historia basada en hechos reales. No hay lugar para la queja, pues.


Una de las sorpresas del largometraje llega en su desenlace que, sin llegar a hacer spoiler, se puede decir que es lo menos creíble de todo el film, y al mismo tiempo la escena más bella de sus 127 minutos de metraje, de una película que posiblemente se olvide fácilmente pero de la que tampoco se puede hacer una crítica excesivamente negativa. Es muy correcta.


La luz contra la pantalla

Revista Luciérnaga   Cine, Series y más.

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