• Héctor Gómez

En peligro de extinción


En una de las escenas climáticas del inflado metraje de Jurassic World: Dominion (Colin Trevorrow, 2022), un grupo de cuatro velocirraptores adiestrados para cazar sin piedad objetivos concretos —posibilidad que se insinuaba ya en Jurassic World (Colin Trevorrow, 2015)— persiguen por el intrincado trazado urbanístico de Malta a Owen Grady (Chris Pratt) y Claire Dearing (Bryce Dallas Howard), que se habían infiltrado en una operación gubernamental para buscar el paradero de su hija putativa, Maisie (Isabella Sermon). Es precisamente esa persecución, resuelta en un frenético montaje paralelo, el punto álgido de interés de una producción que, pese a sus (predecibles) buenos resultados en taquilla, da la sensación de haberse realizado con la única intención de alcanzar el número tres como cierre obligado de una trilogía, casi como si fuera una superstición que los grandes estudios de Hollywood necesitan conseguir de cualquier manera.


Con todos sus defectos e irregularidades, Jurassic World cumplió con creces sus principales objetivos: resignificar para las nuevas generaciones el impacto social y cultural de la aún inalcanzada Jurassic Park (Steven Spielberg, 1993) y dotar a la película del inevitable mensaje de advertencia a la humanidad sobre las consecuencias de querer jugar a los dados con la naturaleza. Pues bien, tanto la secuela inmediata de aquella, Jurassic World: El reino caído (Jurassic World: Fallen Kingdom, J.A. Bayona, 2018) como la mencionada Jurassic World: Dominion, parecen obviar ese mensaje y vuelven a plantear por enésima vez una circunstancia en la que la capacidad de experimentación con el ADN de los dinosaurios está en manos privadas, con las previsibles consecuencias nefastas que ello acarrea.


En Dominion, por desgracia, no hay ningún tipo de margen de sorpresa, ninguna concesión a lo impredecible, ningún espacio para la magia que sí destilaba, como es habitual, el original de Spielberg. En lugar de eso, Trevorrow —posiblemente el director menos dotado visualmente de todos los que han pasado por la franquicia en sus tres décadas de existencia— tira de plantilla para crear un film que podría ser perfectamente un Fan art. Una película que mira exclusivamente hacia atrás en lugar de proyectarse hacia el futuro, traicionando por entero el espíritu de una saga que precisamente trata de plantear incógnitas sobre la relación entre el ser humano y el resto de especies en el planeta Tierra.


Dominion se desarrolla de una forma llamativamente pocha, confiándolo todo al poderío de unas set pieces que, exceptuando la mencionada persecución maltesa, tampoco llegan a impactar en demasía. Su principal activo, y lo que ha acabado por atraer al público masivamente a las salas, es su recuperación de los icónicos personajes de la primera entrega, los doctores Ellie Sattler (Laura Dern) y Alan Grant (Sam Neill), además de darle un papel más allá del simple cameo al carismático Ian Malcolm (Jeff Goldblum), por más que estos dos últimos den la sensación en todo momento de estar allí básicamente por el cheque.


Así, la reunión hacia el final de la película de los personajes principales de las dos trilogías apela a la nostalgia de los espectadores de cierta edad, pero también a esas nuevas generaciones criadas con el Avengers Assemble de Vengadores: Endgame (Anthony & Joe Russo, 2019) y los crossovers como forma de vida. Esa colaboración intergeneracional, sin embargo, no es suficiente para salvar una película hecha con desgana, en la que ni siquiera se ha intentado proponer un villano con un mínimo de enjundia (pobre Campbell Scott), sino que más bien se ha tirado del tópico de «científicos buenos vs. científicos malos», un maniqueísmo que puede resultar útil en estos tiempos de zozobra pero que resulta especialmente evidente, para mal, en este tipo de producciones.


Si bien es justo otorgarle a Dominion el mérito de intentar priorizar los efectos prácticos sobre el CGI indiscriminado, y de darle protagonismo a los dinosaurios originales en lugar de enzarzarse en la creación de híbridos cada vez más inverosímiles, lo cierto es que los aciertos que pueda tener la película no son suficientes para colocarla en un lugar privilegiado como cierre (momentáneo) de una franquicia que alteró para siempre el concepto de blockbuster. Es verdad que es ingrato comparar a Trevorrow con Spielberg, pero no sería de recibo pasar por alto el evidente desdén con el que se ha abordado la segunda trilogía, en clara cuesta abajo a partir de la primera entrega. Quizá sea que el tiempo de los dinosaurios ya pasó —en la realidad y en la ficción—, o simplemente que los nuevos tiempos demandan asumir unos riesgos que esta saga ha renunciado a tomar. Sea como sea, veremos si Jurassic World necesita conservarse en ámbar durante un tiempo para que alguien pueda resucitarla en el futuro y sacar provecho.