• rubigiraldezgonzal

Qué boca tan grande tienes


Todos nos acabamos enfrentando de alguna u otra forma, y más pronto que tarde, al miedo atávico de envejecer para terminar pereciendo. De ver cómo nuestro aspecto va tornándose de forma más triste y ajada, con nuestro cuerpo empezando a fallar en funciones totalmente básicas y convirtiéndose en una prisión arrugada y reumática. Desde luego el hecho de habernos enfrentado a una pandemia mundial ha sido el suceso global que nos ha obligado a enfrentarnos a nuestra misma mortalidad y el impasible paso del tiempo.


El cine de terror, como indudable ventana a nuestros miedos más allá de los ficticios, ha explotado esto. Pero sí que en años recientes hemos notado un mayor interés por parte de los escritores y cineastas. Usualmente, empleando a las figuras avejentadas entrecanas como un gimmick o nuevo monstruo más con ejemplos como La visita (The Visit, M. Night Shyamalan, 2015), It Follows (David Robert Mitchell, 2014), la serie Marianne (Samuel Bodin, 2019) o el inquietante pasaje con Mrs. Kersh en IT. Capítulo 2 (IT. Chapter Two, Andy Muschietti, 2019). En Hereditary (Ari Aster, 2018), Relic (Natalie Erika James, 2020), The Dark and The Wicked (Bryan Bertino, 2020), Tiempo (Old, M. Night Shyamalan, 2021) y, por supuesto la oscarizada El padre (The Father, Florian Zeller, 2021), sí que vemos planteamientos que profundizan en los terrores reales asociados a la senectud de formas más allá del mero espectáculo de terror de evasión.


Decir que con La abuela (2021) Paco Plaza busca sumarse a una posible “moda” en el género, es no tener bien clara su filmografía. Más allá de ver cómo convirtieron a Javier Botet en el monstruo más reconocible de nuestra historia cinematográfica reciente en la saga [•REC] con su “Niña” Medeiros o lo propio con la fugaz aportación de la “Hermana Muerte” de Verónica (2017), que parecía venir de una longeva saga previa a lo Expediente Warren. En su excelso salto del cine de terror (no nos olvidamos que su primera película estrenada fue OT, la película), la inmisericorde Quien a hierro mata (2019), todo gira en torno al ingreso en una residencia de la tercera edad de un reconocido patriarca del narcotráfico gallego debido a su declive físico y mental. Justamente, por su interés en mostrar un retrato de la senectud y estos espacios lo más fiel posible, el cineasta se dedicó a visitar varias residencias de ancianos. Esto le animó a realizar un proyecto largo tiempo postergado para el que ha contado con Carlos Vermut, nueva y rabiosa voz audiovisual patria, para guionizar esta propuesta.


Supongo que es premeditado, pero es imposible no sentir que La abuela conforma una duología con el debut tras las cámaras de Paco Plaza con el cortometraje Abuelitos (1999). Por supuesto, aquella pequeña gran pieza de claustrofóbica truculencia, muestra unas claras diferenciaciones con su propuesta, pero tienen un nexo de unión temático claro que en esta película puede verbalizarse de forma más cristalina. Ya en sus primeros cinco minutos, La abuela muestra sin tapujos al espectador las claves de su propuesta de historia de terror, en un alarde de clara oposición a una preocupante práctica del género en apostar a ciegas por postergar hasta el último momento revelaciones argumentales y giros de guion que no tienen por qué salvar un conjunto anodino, caótico o vacío. Esto no quiere decir que ya de entrada, La abuela esté exenta de toda sorpresa o emoción. Pero sí que es el aviso más honesto y menos engañoso de que no nos encontramos ante un sencillo tren de la bruja, lo más importante de la película no está tanto en la trama de fondo, que va tirando de hilos más siniestros e inesperados de su retorcida y oscura madeja con pequeños detalles y líneas de diálogo, como sí en su pareja protagonista. Aunque contemos con más personajes en el reparto, realmente la película la conforma y erige la inconmensurable dupla de Almudena Amor y Vera Valdez. Nieta y Abuela. De sueños y aspiraciones comunes en torno a la moda y la belleza del cuerpo. Separadas por la distancia y edad, siendo esta última la razón para que vuelvan a reencontrarse. Su relación, aparentemente idílica y sincera, empieza a mostrar recovecos más insondables y terribles a medida que Susana (Almudena Amor) se enfrenta a los cuidados de su abuela tras su reciente derrame cerebral.


La mayor parte del terror de La abuela proviene de hecho de momentos totalmente reconocibles en el cuidado y malestares del personaje de Vera Valdez. Con el ejemplo más representativo en la preparación del desagradable puré, que se convierte en nuevo y perpetuo elemento para Pilar, que debe recibir a cucharadas de su nieta, como si volviese a ser un indefenso recién nacido pero con plena consciencia. Vistazos reales e incómodos que en los primeros compases del film se muestran de forma totalmente desgarradora. Pero donde películas como Relic seguían potenciando el componente de melodrama para “elevar” su propuesta, La abuela no reniega nunca de su naturaleza de película de terror. Y con su última producción, Paco Plaza termina de coronarse como un indiscutible maestro del terror de nuestro cine. Los años y oportunidades tras las cámaras se sienten desde el primer minuto. En La abuela, Paco demuestra un temple impoluto en el género para lo que quiere mostrar en pantalla, ofreciendo unos recursos visuales a la par de la apuesta narrativa en una apuesta que conecta con el terror de los años 60 y 70 más allá de la estética. Pero sobre todo, ofrece un alarde de total dominio del espacio con ese apartamento de barrio acomodado madrileño, anclado en el tiempo como su dueña, que no tardamos en vislumbrar como un fantasmagórico coto de caza para la insaciable presencia que empieza a acosar a Susana en cada recoveco. Paco Plaza vuelve a contar con un espacio real, como el edificio de la Rambla de Catalunya que convirtió junto a Jaume Balagueró en una meca para nuestro turismo de fantaterror fílmico, y se nota y agradece en contraposición con lo visto en la morada obrera madrileña de la protagonista de Verónica, construida en set para la ocasión. Qué ganas de una película más de Plaza que conforme su particular "trilogía del apartamento" de herencia polanskiana.


En una de esas decisiones que hacen historia si sale bien, al proyecto se unió, por petición de Paco Plaza, el cineasta revelación Carlos Vermut. Cuya contada filmografía ha presentado toda una vertiente cuasi inclasificable en la que se adscriben sus propuestas, que gusten o no, son sin duda de las producciones más valientes y fascinantes de nuestro cine reciente. Resulta que ambos mundos en vez de chocar, logran solaparse de forma magistral. Vermut imprime en el guion esa alma barroca, descarnada y única de nuestros universos new cañís que necesitaba la premisa de Plaza para brillar del todo. Cuando la acción se mueve del piso de Pilar, la película no se resiente para nada. Y es incluso en la escena en ese restaurante asiático de barrio “Made in Vermut”, donde asistimos a uno de los momentos más memorables y devastadores de la película, con un tan delicioso como retorcido punchline que defino como cómico, entendiendo el opresivo conjunto en el que está empacado. Son esos retorcidos y cercanos ecos al horror más real y costumbrista, los que inquietan más que la recta final del film, donde ya hacen acto de presencia unos mecanismos y lugares comunes más directos para esta pesadilla que se encamina directa los anales de nuestro fantaterror. La cual incluso conecta con una de las estampas más crueles vividas como consecuencia de la pandemia (que afectó directamente al rodaje del film, por lo que no creo que sea coincidencia), rematando un alegato en torno al cuidado de nuestros mayores, más que llegar a creer que estamos ante una película que busca demonizarles.